CAPÍTULO 15Lo que vuelve
Lo que vuelve
Reconstruir una relación no se parecía en nada a continuarla.
Durante las primeras semanas después de su regreso, Daniel y yo hablamos como dos personas que recordaban perfectamente la intimidad que habían tenido pero ya no estaban seguras de cuánto podían usarla.
Había momentos en que todo resultaba fácil: una broma, una historia del trabajo, un comentario sobre Packers, alguna observación absurda que solo tenía sentido porque durante años habíamos aprendido a hablar en una especie de idioma privado.
Después aparecía una pausa, una pregunta que antes habría sido automática y ahora necesitaba permiso, o una referencia a los meses perdidos que ninguno de los dos sabía cómo tocar sin cambiar el tono completo de la conversación. Daniel no intentó borrar esa incomodidad.
Eso me sorprendió. Yo había esperado que, tarde o temprano, intentara regresar al punto exacto en el que nos habíamos quedado, como si los diez meses fueran una interrupción desagradable que podía saltarse.
En cambio, parecía entender que no existía una forma limpia de volver a una relación después de haber desaparecido de ella.
Yo tampoco quería regresar exactamente a lo anterior.
Había una diferencia importante entre extrañarlo y confiar en él, y durante casi un año había tenido tiempo suficiente para descubrir que ambas cosas podían separarse.
Daniel podía seguir importándome sin que yo aceptara automáticamente cada explicación.
Podía disfrutar hablar con él y, al mismo tiempo, reconocer que existían partes de su vida que todavía no entendía.
Esa posición era menos cómoda que enamorarse o desconfiar. No permitía una narrativa sencilla.
Él no era un villano que hubiera reaparecido con una historia evidentemente falsa, pero tampoco era ya la persona cuyas ausencias yo completaba de inmediato con la explicación más favorable.
Quizá por eso empezamos de una manera extrañamente práctica.
Daniel preguntaba por cosas que se había perdido: un cliente nuevo, un viaje, un cambio en mi rutina, la razón por la que ya no trabajaba con una empresa que él recordaba perfectamente.
Yo respondía, a veces con detalle y otras apenas lo necesario.
Había meses completos de mi vida que no tenía ninguna necesidad de entregarle simplemente porque hubiera regresado.
Él parecía entenderlo y, cuando una respuesta terminaba antes de lo que esperaba, no insistía.
A cambio, yo empecé a hacer preguntas que antes quizá habría dejado pasar, no como interrogatorios sino como parte normal de conocer otra vez a alguien que había regresado con casi un año menos de contexto.
Una noche le pregunté si seguía en el mismo puesto.
Daniel respondió:
Más o menos.
Y yo le dije que eso no era un puesto. Se rio.
Explicó que habían cambiado proyectos, parte del equipo y algunas responsabilidades.
Le dije que seguía siendo impresionante su capacidad para utilizar palabras de trabajo que podían significar todo y nada al mismo tiempo.
Daniel contestó que ese era precisamente el propósito del lenguaje corporativo.
No se puso a la defensiva ni intentó fingir que la explicación era más precisa de lo que realmente era.
Ese detalle me desconcertaba con frecuencia: Daniel podía reconocer su propia vaguedad sin hacer ningún esfuerzo especial por corregirla.
No sabía si eso lo hacía más confiable o simplemente mejor administrando lo que quería contar.
Unas semanas después hablamos mientras estaba en Frankfurt.
Yo sabía del viaje desde el día anterior, así que cuando vi un fondo que no reconocía no pensé nada raro.
Había una pared clara, una lámpara demasiado moderna y una ventana enorme detrás de él.
En medio de la conversación alguien entró sin tocar. Escuché una voz masculina, Daniel respondió en alemán y desapareció del cuadro durante menos de un minuto.
Cuando volvió, le pregunté quién era.
Dijo que un colega.
Le pregunté si ahora compartía habitación con compañeros de trabajo y la expresión de horror que puso fue suficiente para hacerme reír.
Explicó que no estaba en su habitación sino en una pequeña sala de reuniones del hotel.
Solo entonces reparé en la mesa larga que quedaba fuera de cuadro y en una pantalla montada en la pared.
La explicación encajaba perfectamente.
Antes habría olvidado ese episodio en cuanto terminara la llamada.
Aquella vez lo recordé, no porque sospechara nada, sino porque había corregido una interpretación mía.
Durante unos segundos yo había construido una escena equivocada con información incompleta.
Daniel no había mentido; simplemente yo había supuesto que una habitación de hotel era su habitación.
Empecé a notar que eso ocurría con más frecuencia de la que quería admitir.
Él daba una parte de la información, yo completaba el resto y, más tarde, aparecía algún detalle que modificaba lo que había entendido.
A veces la corrección hacía la situación menos inquietante.
Otras veces ocurría lo contrario. El problema era que no había una regla que me permitiera saber de antemano cuál de las dos cosas estaba pasando.
Empecé a preguntarme cuántas veces había ocurrido durante los años anteriores sin que yo lo notara.
Una relación sostenida durante tanto tiempo por conversaciones dependía demasiado del contexto.
Una frase podía parecer extraña si faltaba una pieza y completamente normal cuando esa pieza aparecía.
Los datos incompletos eran peligrosos, pero el contexto que uno inventaba para completarlos podía serlo todavía más.
Daniel volvió a usar Cenicienta con normalidad, aunque durante un tiempo lo hizo menos.
No sé si era consciente. Parecía medir la distancia entre nosotros de la misma manera que yo.
Algunas veces decía amor, otras simplemente Lorraine, y las primeras veces que volvió a llamarme princesa lo hizo casi como si esperara comprobar si la palabra seguía teniendo permiso.
Yo no se lo prohibí, pero tampoco respondí con la misma facilidad de antes.
Esa cautela fue desapareciendo gradualmente, no porque hubiera decidido perdonarlo sino porque la familiaridad tiene una capacidad incómoda para reconstruirse por sí sola.
Una noche yo todavía estaba trabajando cuando Daniel me dijo que estaba cansada.
Le respondí que su capacidad de análisis era brillante y que no necesitaba que me enviara a dormir.
Dijo que, por fortuna, no era mi jefe porque yo habría sido una empleada terrible.
Le aseguré que habría renunciado antes de que pudiera despedirme.
Daniel sonrió y dijo:
Ahí está.
Pregunté quién y contestó, casi sin pensarlo:
Mi Cenicienta.
La frase fue sencilla y, precisamente por eso, me afectó más de lo que esperaba.
Durante un instante entendí lo fácil que habría sido permitir que todo regresara a donde estaba.
Bastaba reírme, aceptar el apodo y tratar aquellos diez meses como una anomalía incómoda.
Daniel no necesitaba convencerme de confiar en él.
Nunca lo había hecho. Lo que sabía hacer era convertir la confianza en el lugar más cómodo de la conversación. Esa diferencia me pareció importante.
No respondí con nada romántico; solo le dije que seguía siendo arrogante. Él se rio y hablamos de otra cosa, pero la idea permaneció conmigo mucho después de terminar la llamada. Maggie me preguntó semanas después si habíamos vuelto.
La pregunta me tomó desprevenida porque no habíamos hablado de eso en ningún momento.
Le dije que no sabía. Ella soltó una risa incrédula y respondió que aquello sonaba peligrosamente parecido a nosotros.
Cuando preguntó si confiaba en Daniel, tardé antes de contestar.
Le dije que confiaba en algunas cosas. Maggie señaló que no era exactamente lo que había preguntado y tuve que admitir que era la única respuesta que tenía.
Confiaba en que Daniel era real.
Confiaba en su voz, en su cara, en las personas que había visto alrededor de él y en algunas historias que habían demostrado ser completamente ciertas.
También confiaba en que había sentido algo por mí durante años.
Incluso creía que parte de lo que me había contado sobre su desaparición debía ser verdad.
Lo que ya no sabía era si conocer muchas partes verdaderas de una persona equivalía necesariamente a conocerla completa.
Daniel empezó a contarme un poco más sobre los meses ausentes, aunque nunca lo hizo como una cronología.
La información aparecía de la misma forma en que casi todo aparecía con él: cuando una conversación rozaba el punto correcto.
Había estado enfermo durante una parte, aunque no tan gravemente como en otras ocasiones.
Después había necesitado recuperarse y, según dijo, despejarse, una expresión que dejó sin explicar.
Hubo problemas de trabajo, aunque no perdió el empleo.
Estuvo apartado de algunos proyectos.
También mencionó asuntos familiares que no quiso detallar y reconoció que durante una etapa había evitado hablar con casi todo el mundo.
—¿Casi todo el mundo? —pregunté.
Daniel asintió.
—Familia. Un amigo. A veces.
—¿Gina?
—Por cosas del trabajo.
Le dije que Gina tampoco parecía saber demasiado.
Daniel bajó la mirada un instante antes de responder que lo sabía.
Entonces hice la pregunta que realmente importaba: si sabía que yo podía escribirle a Gina. Dijo que sí.
Pregunté por qué nunca le había pedido que me dijera al menos que estaba vivo.
Daniel no intentó buscar una salida elegante.
—Porque si te hubiera enviado un mensaje a través de Gina, sabía que tendría que explicarte. Y no podía.
—Podías decir solamente “estoy vivo”.
—Sí.
—Eso no necesitaba explicación.
Hubo una pausa.
—Tienes razón.
Aquella respuesta me dolió más que muchas de las historias incompletas porque no contenía ningún misterio.