CAPÍTULO 7Lo que faltaba
Lo que faltaba
Durante los meses que siguieron, Daniel dejó de parecer una excepción dentro de mi vida y empezó a formar parte de ella.
No hubo un momento preciso en que ocurriera.
Ninguna conversación que pudiera señalar después y decir: aquí cambió todo.
Simplemente llegó un punto en que sabía qué días tenía reuniones temprano, cuándo probablemente estaría manejando, qué clase de mensajes enviaba cuando estaba de mal humor y cuánto tardaría en llamarme después de un partido particularmente malo de los Packers.
Él conocía mis clientes por las quejas que yo repetía sobre ellos, sabía cuáles reuniones me ponían nerviosa y podía distinguir por un simple bien si realmente estaba bien o si necesitaba dejarme cinco minutos antes de volver a preguntar.
Habíamos hablado ya de nuestras familias, de cosas que queríamos hacer algún día y de otras que ninguno tenía intención de repetir.
En cualquier relación normal aquello habría parecido intimidad.
La distancia hacía que se sintiera a la vez más profunda y menos comprobable: podíamos hablar durante horas sobre cosas que nunca habríamos contado a alguien sentado enfrente y, sin embargo, seguir sin saber cómo era compartir una habitación durante un día entero.
Lo extraño era que esa distancia había dejado de parecerme temporal sin que se hubiera vuelto permanente.
Daniel y yo hablábamos de vernos como se habla de un viaje que definitivamente va a ocurrir, solo que todavía no.
Siempre había una razón lógica para no convertirlo en una fecha.
Mi trabajo. El suyo. Su recuperación. Después sus viajes.
Dinero no parecía ser el problema, o al menos él nunca lo mencionaba como tal.
La logística sí. Daniel podía pasar dos semanas casi sin moverse de Múnich y, de pronto, anunciar un miércoles que el viernes tenía que estar en otra ciudad.
Yo podía pasar un mes trabajando desde casa y después recibir una campaña nueva que me obligaba a reorganizar todo.
Mientras ninguno comprara un boleto, tampoco existía la posibilidad de cancelarlo.
—Lo haremos —me dijo una noche cuando le pregunté si aquello no empezaba a parecer ridículo.
—¿Cuándo?
—Algún día.
—Qué gran plan.
—Muy detallado.
—Me tranquiliza muchísimo.
—¿Quieres una hoja de cálculo?
—Contigo probablemente sí.
Daniel sonrió.
—Eso es lo menos romántico que has dicho en tu vida.
—No. Lo menos romántico es que sigamos sin saber en qué continente vamos a conocernos.
—Europa es más agradable.
—Estados Unidos tiene Lambeau.
—Ventaja injusta.
—Entonces ya sabes.
—No voy a conocerte por primera vez rodeado de setenta mil personas.
—¿Por qué no?
—Porque si me odias, necesito una salida limpia.
Me reí.
—¿Tú crees que yo te voy a odiar?
Daniel tardó un instante.
—No.
La seguridad de la respuesta me hizo sonreír.
—Qué humilde.
—Ya me amas. La evidencia es contundente.
—Tu muestra está sesgada.
—Sigue contando.
Ese era Daniel en los buenos días. Seguro sin ser arrogante, cariñoso sin resultar empalagoso, capaz de convertir casi cualquier conversación seria en algo que me hiciera reír antes de que pudiera decidir si quería discutir.
También podía escuchar. Eso importaba más.
Si yo tenía un problema real, dejaba las bromas.
No trataba de resolver todo. Preguntaba.
Recordaba. A veces me escribía horas después para saber si una llamada difícil había salido bien o si había tomado algo para el dolor de cabeza que mencioné de pasada.
Era fácil confiar en alguien que prestaba atención.
Tal vez por eso las cosas que no entendía parecían tan pequeñas.
Daniel seguía viajando por trabajo. Al principio yo no conocía siquiera el nombre de la empresa y, cuando finalmente apareció, lo hizo de una forma tan casual que me pareció absurdo no haberlo sabido antes.
Estábamos hablando por video mientras él preparaba café en una cocina que yo había visto varias veces y yo me quejaba de un cliente que insistía en usar datos viejos para justificar una campaña nueva.
Daniel dijo algo sobre personas que tomaban decisiones con información incorrecta y yo le respondí que era fácil criticar cuando su trabajo consistía únicamente en “cosas de autos”.
—BMW es un poco más complicado que “cosas de autos”.
Me quedé callada.
—¿BMW?
Daniel volteó hacia la pantalla.
—Sí.
—¿Trabajas en BMW?
—¿No te lo había dicho?
—No.
Frunció el ceño como si intentara revisar mentalmente meses de conversaciones.
—Creí que sí.
—Me dijiste que trabajabas con autos.
—Técnicamente eso es cierto.
—Daniel.
Se rió.
—Trabajo para BMW.
—¿Y llevamos cuánto hablando?
—El tiempo suficiente para que esto resulte, al parecer, vergonzoso.
—Un poco.
—Lo siento.
—¿Qué haces exactamente?
Ahí apareció la parte habitual. Proyectos. Coordinación. Operaciones. Proveedores. Procesos internos. Dependiendo de la semana, su descripción cambiaba porque, según él, también cambiaba lo que hacía. No tenía un puesto que pudiera resumirse con una palabra que significara algo para mí.
—O sea que haces “cosas”.
—Cosas muy importantes.
—Con autos.
—A veces sin autos.
—Cada vez entiendo menos.
—Perfecto. Ahora conoces mi trabajo.
No insistí. Conocía suficiente del mundo corporativo para saber que muchos trabajos se volvían incomprensibles en cuanto alguien intentaba explicarlos sin usar la jerga de su propia empresa.
El nombre BMW, sin embargo, hizo algo curioso: volvió a Daniel más concreto.
Una compañía real. Oficinas reales. Plantas.
Viajes. Personas. De pronto sus historias sobre proveedores y reuniones tenían un marco al que podía agarrarme.
En alguna videollamada posterior escuché que alguien decía señor Ertel fuera de cámara. Daniel respondió en alemán sin pensarlo y después volvió conmigo.
—Te están buscando.
—Por desgracia.
—Por lo menos confirmaron tu apellido.
Daniel levantó una ceja.
—¿Tenías dudas?
—Nunca se sabe. Podrías ser Hans.
Se rió tanto que tuvo que taparse la cara.
—Nunca vas a dejar eso atrás.
—Jamás.
Lo que no existía era una presencia pública de Daniel que se pareciera a la cantidad de espacio que ocupaba en mi vida.
Eso lo descubrí por accidente, no porque decidiera investigarlo.
Una noche quise mandarle un video de los Packers desde una red social y busqué su nombre para etiquetarlo.
Aparecieron varios Ertel, algunos Daniel, ninguno que reconociera.
Le escribí preguntando cuál era su usuario.
En realidad no uso eso.
—¿No tienes?
No realmente.
—¿Cómo que no realmente?
Tengo cuentas. No publico.
—Eso es sospechoso en 2022.
Ni sano.
—No te emociones.
Las redes sociales son terribles. Trabajas en mercadotecnia. Deberías saberlo.
No podía discutir demasiado con eso.
—Mándame tu cuenta.
Daniel tardó.
¿Por qué?
—Para etiquetarte.
No lo hagas.
—¿Te da vergüenza que sepan que ves fútbol americano?
Sí. Protege mi reputación.
Después mandó un usuario que no contenía su nombre. La cuenta estaba prácticamente vacía. Una fotografía antigua de un paisaje, dos publicaciones que no mostraban su cara y poco más.
—¿Eso es todo?
Te lo dije. No lo uso.
—Tienes como seis seguidores.
Grupo selecto.
—Esto parece una cuenta falsa.
Entonces estoy haciendo un trabajo excelente de seguridad en internet.
Me reí y dejé el tema.
No había nada inherentemente raro en alguien que no publicara su vida.
Si acaso, después de trabajar todos los días con personas obsesionadas con métricas, contenido y exposición, la idea de alguien que no sintiera necesidad de documentarse me parecía casi refrescante.
Además, yo no necesitaba una red social para comprobar que Daniel existía.
Lo veía. Lo escuchaba. Había hablado con personas de su entorno.
Gina sabía quién era yo. Su mejor amigo había aparecido en llamadas.
Su madre gritaba cosas desde habitaciones cercanas.
Había demasiada vida alrededor de él como para que una cuenta vacía significara algo.
Pero aquella cuenta no se quedó mucho tiempo.
Semanas después intenté mandarle otra cosa y ya no estaba.
—¿Borraste Instagram?
Sí.
—¿Por qué?
Inútil.
—¿Así nada más?
Casi no lo usaba.
—Me parece sospechoso que alguien consiga vivir sin redes.
Te tengo a ti. De todos modos me mandas todo lo importante.
—Eso es tristemente cierto.
Servicio personal de noticias.
—Te voy a empezar a cobrar.
Pago con cariño.
—Moneda devaluada.
Grosera.
La conversación siguió y yo olvidé la cuenta.
Hubo muchas cosas así durante ese año. Datos que aparecían sin ceremonia y después se volvían parte del paisaje.
Daniel mencionó a un colega que yo nunca había escuchado antes y, un mes más tarde, reconocí su voz en una llamada.
Habló de una planta en la que había trabajado años atrás y semanas después envió una fotografía desde otra instalación que parecía prácticamente idéntica.
Mencionó un hotel en Frankfurt que odiaba y luego, meses más tarde, recordó cuál habitación tenía una ducha que jamás funcionaba correctamente.
Esos detalles construían credibilidad de una manera difícil de explicar.
Una mentira grande puede resultar convincente durante una conversación.
Mantener cientos de detalles pequeños coherentes durante meses es distinto.
Daniel parecía hacerlo sin esfuerzo.
No siempre.
Una noche me llamó mucho más tarde de lo habitual. Yo ya estaba en la cama leyendo y contesté porque su nombre apareció justo cuando iba a apagar la luz. La imagen estaba oscura. Daniel llevaba camisa, no la ropa cómoda que usaba normalmente a esa hora, y parecía estar en un coche.
—¿Dónde estás?
—Voy a casa.
—Pensé que ya estabas en casa.
Hubo una pausa pequeña.
—Lo estaba. Tuve que volver a salir.
—¿Por trabajo?
—Sí.
—¿A estas horas?
—Reunión de emergencia.
—¿Quién tiene reuniones de emergencia de noche?
Daniel sonrió apenas.
—Alemanes.
—Eso te lo inventaste.
—Probablemente.