CAPÍTULO 6Después
Después
Después del coma, Daniel volvió a mi vida de una forma extraña: no de golpe, sino por capas.
Primero regresó su voz. Después su sentido del humor.
Luego las llamadas largas, los partidos, las discusiones absurdas sobre cosas que no importaban y esa costumbre suya de recordar detalles de mi día que yo misma había olvidado.
Lo último en volver fue la normalidad, aunque durante mucho tiempo no estuve segura de qué significaba exactamente esa palabra.
Daniel seguía siendo Daniel, pero yo ya no era la misma persona que había recibido aquellos mensajes antes de que desapareciera.
Ahora sabía lo que se sentía esperar una actualización de un hospital.
Sabía lo rápido que una conversación normal podía convertirse en silencio y lo fácil que era llenar ese silencio con miedo.
Durante semanas me descubrí observando cosas que antes no habría notado: cuánto tardaba en responder, si sonaba cansado, si escribía más seco de lo habitual, si desaparecía durante una tarde sin decir nada.
No porque desconfiara de él. Al contrario.
Porque había aprendido que a veces una ausencia podía tener una explicación mucho peor que cualquier mentira.
Daniel se dio cuenta antes de que yo admitiera que estaba haciéndolo.
Una noche, mientras hablábamos por video, dejó de responderme a mitad de una historia y se quedó mirándome desde la pantalla.
Había recuperado algo de peso, aunque todavía se le veía más delgado que antes, y su pie seguía dándole problemas después de días especialmente largos.
Había vuelto a trabajar parcialmente desde casa y se quejaba de que todo el mundo le preguntaba cómo estaba como si esperaran un informe médico en lugar de una respuesta normal.
—¿Qué? —pregunté.
—Lo estás haciendo otra vez.
—¿Qué cosa?
—Revisando.
—No estoy revisando nada.
Daniel levantó una ceja.
—Hoy me preguntaste tres veces si estoy cansado.
—Porque tienes cara de cansado.
—Y ayer me preguntaste si tomé mis medicamentos.
—Porque eres irresponsable.
—Y esta mañana me preguntaste por qué no respondí durante cuarenta minutos.
—No pregunté por qué. Pregunté dónde estabas.
—Exacto.
Intenté defenderme, pero no tenía un argumento especialmente bueno. Daniel sonrió de esa forma que utilizaba cuando sabía que me había arrinconado sin necesidad de discutir.
—Crees que voy a desaparecer.
La frase me quitó las ganas de bromear.
—No.
—Lorraine.
—No pienso que vayas a desaparecer.
—Estás esperando que ocurra.
Me quedé callada. Daniel también. Lo odiaba cuando tenía razón sobre mí.
—No es lo mismo.
—Casi.
—Pasaste tres semanas en coma.
—Técnicamente fui muy constante. El mismo lugar todos los días.
Lo miré con incredulidad.
—¿Acabas de hacer un chiste sobre tu propio coma?
—¿Demasiado pronto?
—Siempre va a ser demasiado pronto.
—Bueno saberlo.
Sonrió, pero la sonrisa desapareció cuando vio que yo seguía seria.
—Estoy bien, Cenicienta.
—Ya sé.
—¿De verdad?
Esa pregunta se quedó conmigo mucho después de terminar la llamada.
Porque la respuesta era sí.
Y no.
Sabía que estaba despierto, que hablaba, que trabajaba y que su recuperación avanzaba.
Había visto el pie sin la venda, la cicatriz, los ejercicios de rehabilitación que detestaba y la expresión de aburrimiento cuando alguien le recordaba que debía descansar.
Había escuchado a su madre en una videollamada decir algo desde otra habitación y a Daniel responderle con un alemán demasiado rápido para que yo entendiera una sola palabra.
Gina seguía apareciendo ocasionalmente cuando el trabajo se complicaba.
Su mejor amigo había hecho una entrada breve en una llamada para burlarse de él por no seguir una recomendación médica.
Había demasiadas cosas concretas alrededor de Daniel como para considerarlo una ficción.
Y, sin embargo, ahora sabía que podía desaparecer. Eso era diferente. Durante los meses siguientes, nada terrible ocurrió. Esa parte de la historia parece insignificante cuando la cuento ahora, pero no lo fue. La normalidad fue necesaria. Quizá por eso confié tanto en ella.
Daniel regresó al trabajo gradualmente. Primero reuniones desde casa.
Después algunas horas en oficina. Finalmente días completos que terminaban con mensajes quejándose de personas, tráfico y café.
Gina comenzó a aparecer menos porque Daniel ya no necesitaba que nadie hablara por él.
A veces la mencionaba de pasada: Gina había cambiado una reunión, Gina había salvado un documento, Gina había discutido con alguien de logística, Gina decía que estaba trabajando demasiado.
Una noche le dije que me parecía injusto saber tanto de una mujer con la que apenas había hablado.
—Te cae bien.
—No la conozco.
—Tú le caes bien.
—¿Cómo sabes?
—Me lo dijo.
—¿Qué le dijiste de mí?
Daniel sonrió.
—Todo.
—Eso suena amenazante.
—Mucho.
—¿Qué significa “todo”?
—Que eres difícil.
—Claro.
—Y que haces que me porte bien.
—Eso es mentira.
—Cierto. Nadie puede lograr eso.
Se rió y después añadió, con la misma naturalidad con la que comentaba cualquier otra cosa:
—Sabe que eres importante.
La frase me tomó desprevenida.
Daniel tenía esa capacidad. Podía pasar diez minutos haciendo bromas y después decir algo sencillo que me obligaba a detenerme.
—¿Eso le dijiste?
—Más o menos.
—¿Qué significa “más o menos”?
—Haces demasiadas preguntas.
—Y tú respondes muy pocas.
—Equilibrio.
En aquel momento me pareció una broma.
Años después recordaría esa palabra.
Equilibrio.
Daniel rara vez se negaba a contestar. Lo que hacía era responder lo suficiente para que la pregunta perdiera urgencia. No lo veía como algo sospechoso entonces.
Lo veía como parte de él.
También empezamos a hablar más del futuro, aunque nunca de una manera particularmente concreta.
No había planes, fechas ni vuelos comprados.
Eran comentarios que aparecían y desaparecían dentro de otras conversaciones.
Daniel decía que algún día tendría que comprobar si realmente hacía tanto frío en Wisconsin.
Yo le decía que probablemente moriría durante su primer invierno.
Él respondía que Alemania no era el Caribe.
Yo decía que no importaba, Pine Hollow era diferente.
—Solo quieres verme sufrir.
—Muchísimo.
—Lo sabía.
—Te llevaría a un partido.
Daniel dejó de sonreír.
—¿En Lambeau?
—Claro.
—No digas cosas de las que no puedas retractarte.
—¿Eso es una amenaza?
—Una promesa.
—Dramático.
—No tienes idea.
Hablábamos así.
Como si vernos fuera algo que ocurriría inevitablemente pero no necesitara todavía una fecha.
Era más fácil. Mientras una posibilidad no tenía fecha, tampoco podía cancelarse.
Había noches en que Daniel estaba especialmente cariñoso.
Otras en que apenas hablábamos. La diferencia dejó de preocuparme tanto a medida que pasaron los meses sin accidentes, hospitales ni silencios alarmantes.
Volví a aprender algo parecido a la confianza anterior, aunque ahora venía acompañada por una atención que no había tenido antes.
Empecé a notar sus ritmos. Los lunes respondía menos.
Durante ciertas semanas desaparecía varias horas por reuniones.
Había épocas en que viajaba más y otras en que parecía trabajar siempre desde el mismo escritorio. A veces usaba amor en cada conversación. Otras podían pasar varios días sin que apareciera. No pensé que eso significara nada. Las personas no hablaban siempre igual.
Yo tampoco.
Una tarde me escribió desde lo que parecía una sala de reuniones. Había una mesa larga, una botella de agua y parte de una pared de vidrio detrás. Daniel llevaba camisa y una expresión que indicaba que estaba escuchando a alguien que no le interesaba demasiado.
Sálvame.
—Estás trabajando.
Supuestamente.
—Compórtate.
No.
—¿No deberías estar poniendo atención?
Sé lo que van a decir.
—Eso dices de todos.
Porque la gente es predecible.
Me detuve.
—¿Yo también?
La respuesta tardó.
Tú más de lo que crees.
—Eso sonó amenazante.
Pides el café siempre de la misma manera, te quejas antes de cada reunión importante, dices que no estás nerviosa cuando sí lo estás y, cuando te enojas, escribes frases completas con puntuación.
Miré nuestros mensajes anteriores.
Daniel tenía razón.
—Eso último te lo inventaste.
Acabas de usar un punto.
Borré el punto final de mi siguiente respuesta antes de enviarla.
¿Ves?
Me reí. Daniel también parecía conocer mis silencios.
Si tardaba demasiado en contestar después de una conversación difícil, preguntaba si estaba molesta.
Si respondía demasiado rápido con un bien, sabía que no estaba bien.
Si dejaba de enviarle memes durante varios días, preguntaba qué cliente estaba arruinándome la vida.
En aquel momento me parecía cariño. Y probablemente lo era.
Eso es importante. No todo lo que después se volvió inquietante había empezado siendo oscuro.
Daniel podía ser atento sin tener una agenda secreta.
Podía conocerme porque llevaba meses escuchándome.
Podía recordar cosas porque le importaban.
Convertir cada gesto en evidencia habría sido tan injusto como ignorarlos todos.
Por eso, cuando apareció una pequeña contradicción varios meses después, la olvidé casi de inmediato.
Daniel me había dicho que tendría una semana complicada porque debía viajar por trabajo dentro de Alemania. No dio demasiados detalles. Yo tampoco los pedí. El martes me mandó una fotografía desde un hotel y dijo que acababa de llegar después de un día horrible.
—¿Dónde estás?
Cerca de Stuttgart.
—¿Otra vez autos?
Siempre autos.
—Qué vida tan emocionante.
¿Celosa?
—Muchísimo.
La conversación siguió un rato y después Daniel se despidió porque tenía una reunión temprano.
Al día siguiente hablamos poco.
El jueves, durante una llamada, Daniel mencionó algo sobre “volver mañana”.
—¿Volver a dónde?
Pareció distraído.
—En casa.
—Pensé que volvías el sábado.
Hubo una pausa.
—Cambió el horario.
—Ah.
Nada raro. Un cambio de agenda. La clase de cosa que ocurría constantemente en cualquier trabajo. Seguimos hablando.
Un rato después alguien dijo algo fuera de cámara. Era una voz de mujer. Daniel respondió en alemán.
—¿Gina? —pregunté.
Daniel miró hacia un lado.
—No.
—¿Quién?
—Personal del hotel.
—¿Entraron a tu habitación?
—No. Estoy abajo.
Miré el fondo. No alcanzaba a ver prácticamente nada.
—Ah.
Daniel sonrió.
—La detective Lorraine ha vuelto.
—Solo pregunté.
—Lo sé.
—Qué pesado.
—Me amas.
Esta vez respondí antes de pensarlo.
—Sí.
Daniel dejó de sonreír.
Yo también.
Durante meses habíamos jugado alrededor de aquellas palabras. Yo también te quiero. Me amas. Buenas noches, amor. Todo podía ser una broma o un apodo si alguno necesitaba fingir que lo era.
Aquella vez no.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada.
—No. Dilo otra vez.
Me sentí ridícula.
—No.
Daniel acercó un poco la cara a la cámara.
—Cenicienta.
—Lo escuchaste.
—Quiero escucharlo otra vez.
—Qué insoportable.
—Lorraine.
Respiré.
—Sí. Te quiero.
Daniel se quedó callado.
Después sonrió, pero de una forma distinta a sus sonrisas habituales.
—Bien.
—¿Bien? ¿Eso es todo?
—No.
—Pues parece.
—Yo también te amo.
Así fue.
Sin música.
Sin discurso. Sin una fecha que ninguno de los dos hubiera planeado recordar.
Solo una videollamada desde un hotel, una voz de fondo que dejó de importarme y dos personas admitiendo algo que llevaban meses evitando nombrar.
Más tarde me pareció gracioso que hubiera ocurrido precisamente durante una conversación en la que yo estaba preguntando dónde estaba. En ese momento no pensé en ello.
Después de esa noche la relación cambió sin cambiar demasiado.
No empezamos a exigir más explicaciones ni a poner etiquetas formales.
Daniel seguía estando en Alemania. Yo seguía en Wisconsin.
Continuábamos con nuestras vidas y, al mismo tiempo, había una certeza nueva debajo de todo. Nos queríamos.
Eso volvía algunas cosas más fáciles. Y otras mucho más difíciles.
Cuando Daniel desaparecía unas horas, yo tenía más derecho a preguntar.
Cuando estaba distante, lo notaba más. Cuando viajaba, quería saber cuándo llegaría.
Daniel, por su parte, empezó a incluirme con mayor naturalidad en sus días.
Fotografías desde aeropuertos. Mensajes antes de reuniones.
Una llamada rápida desde un taxi. Una imagen de su cena.
Detalles que no tenían valor por separado pero que, juntos, me daban la sensación de acompañarlo.
También aparecieron periodos en los que no hacía nada de eso.
Podían pasar días en que solo recibía mensajes breves. Una mañana especialmente extraña, Daniel respondió a algo que yo había dicho la noche anterior con un simple:
Está bien.
Nada más.
Esperé.
—¿Estás bien?
Sí. Ocupado.
—¿Seguro?
Sí. Hablamos después.
No era la forma habitual en que Daniel hablaba conmigo, pero tampoco era imposible. Había tenido días malos antes. Horas después regresó con un mensaje completamente normal.
Lo siento. Día horrible. ¿Cómo estuvo tu reunión, Cenicienta?
Y ahí estaba otra vez. La misma persona que recordaba mi reunión. La misma forma de llamarme. La misma manera de hacer que las horas anteriores dejaran de importar. Yo solo veía a un hombre cansado. A veces cariñoso.
A veces distraído.
A veces distante.
Normal.
Pasaron meses sin que Daniel fuera hospitalizado, desapareciera durante semanas o tuviéramos que hablar a través de Gina.
Su pie terminó de sanar. Volvió a conducir.
Retomó viajes. Nosotros jugábamos menos que antes porque nuestras conversaciones ya no necesitaban una misión de fondo para existir, aunque de vez en cuando regresábamos al juego donde nos habíamos conocido.
Una noche mi personaje tomó otra vez una dirección equivocada.
Daniel empezó a reírse.
—No digas nada.
—No he dicho nada.
—Lo estás pensando.
—Vas por el camino equivocado.
—Te odio.
—No, no lo sabes.
—Desgraciadamente.
Daniel acercó su personaje al mío.
—Entonces deja de seguirme.
Reconocí mi propia frase.
—Eso lo dije yo.
—Lo sé.
—Consigue tu propio material.
—Nunca.
Seguimos jugando.
En aquel momento, si alguien me hubiera pedido describir nuestra relación, habría dicho que era complicada solo por la distancia. Nada más. El resto parecía sorprendentemente sencillo. Daniel tenía una vida, yo tenía otra y habíamos encontrado una manera de ocupar un espacio considerable en ambas.
No sabía todavía que estaba aprendiendo a medirlo por patrones. El Daniel cariñoso.
El Daniel cansado.
El Daniel de trabajo. El Daniel de los viajes. El que recordaba todo. El que de pronto respondía con una sola palabra. Para mí seguían siendo estados de ánimo de la misma persona.