CAPÍTULO 5Tres semanas #2
Grabé uno y lo borré. Grabé otro y lo borré también porque sonaba demasiado dramático. El tercero duró menos de treinta segundos.
—Hola, idiota. Soy yo. No tienes permiso de hacer esto. Así que despierta y luego discutimos.
Después de enviarlo me sentí ridícula.
Gina respondió:
Me aseguraré de que lo escuche.
Nunca le pregunté si realmente ocurrió. Preferí creer que sí.
La primera semana terminó sin cambios importantes. Después vino la segunda. Para entonces había dejado de medir el tiempo por días y lo medía por mensajes de Gina.
Estable.
Sin cambios.
Los médicos tienen esperanza.
Su madre está ahí.
Redujeron algunos medicamentos. Las palabras se acumulaban sin producir el resultado que yo quería. A partir de cierto momento dejé de preguntarme cuándo despertaría y empecé a pensar en la posibilidad de que no lo hiciera. Eso fue lo que terminó de cambiar mi relación con Daniel.
Hasta entonces había sido posible mantener muchas cosas sin definir.
Éramos dos personas en países distintos que hablaban demasiado, se conocían demasiado bien y evitaban ciertas preguntas porque no había necesidad inmediata de responderlas.
¿Éramos una pareja? A veces parecía que sí.
¿Íbamos a encontrarnos algún día? Lo mencionábamos como posibilidad.
¿Estaba enamorada de él? Esa pregunta podía esperar.
Mientras Daniel estaba en coma, dejó de importar. No necesitaba saber qué éramos.
Necesitaba que despertara. Cerca de la tercera semana, Gina escribió temprano. Yo estaba preparando café cuando el teléfono vibró y vi su nombre. Ya sabía que cada mensaje podía cambiarme el día.
Despertó.
Me quedé quieta.
Leí la frase.
Después otra vez.
—¿Qué?
La respuesta llegó casi de inmediato.
Daniel está despierto.
Me senté en la primera silla que encontré.
—¿Está bien?
Está muy débil y confundido, pero está despierto.
—¿Habla?
Un poco.
—¿Sabe quién es?
Sí.
—¿Se acuerda de todo?
Todavía lo están evaluando. Aún no lo sé.
—¿Puedo hablar con él?
Hoy no. Se cansa muy rápido.
Y entonces lloré.
No como había imaginado que lloraría si llegaba una noticia así. No hubo dramatismo. Simplemente me quedé sentada frente a una taza de café que no había tocado mientras las lágrimas empezaban a caer y yo releía la misma frase. Daniel está despierto.
Dos días después me llamó.
No reconocí el número y contesté porque durante aquellas semanas había adquirido la costumbre de responder todo.
—¿Hola?
Hubo un silencio.
Después una respiración lenta.
—Cenicienta.
Me llevé una mano a la boca.
—Daniel.
—Hola.
Su voz sonaba distinta. Más baja, más lenta, gastada por algo que yo no podía imaginar. Pero debajo seguía estando él.
—No vuelvas a hacer eso.
Escuché una risa débil.
—No estaba en mis planes.
—Tres semanas, Daniel.
—Lo sé.
—Tres semanas.
—Lo siento.
La palabra me desarmó.
—No te disculpes.
—Suenas enojada.
—Estoy furiosa.
—Bien.
—¿Por qué “bien”?
—Significa que sigues siendo tú.
Notó que estaba llorando antes de que yo dijera nada.
—¿Estás llorando?
—No.
—Mentirosa.
—Estuviste en coma. No tienes derecho a llamarme mentirosa.
—Sigue funcionando.
Me reí, aunque me dolió hacerlo.
Después le pregunté qué había ocurrido y Daniel tardó un momento antes de responder.
—Medicamentos.
—Eso dijo Gina.
—Algo salió mal.
—¿Qué?
—No sé exactamente qué.
—¿Tomaste demasiado?
—No.
—¿Era nuevo?
—No.
—Entonces ¿qué pasó?
Daniel respiró despacio.
—Mi amigo cree que fue una interacción. Los médicos todavía no están seguros.
—¿Entre medicamentos?
—Sí.
—¿Y estabas con él cuando pasó?
—Sí.
—Tu amigo médico.
—Qué suerte la mía.
Quise preguntarle todo. Qué había tomado.
Quién lo había recetado. Qué combinación podía provocar algo así.
Si existía riesgo de que volviera a ocurrir.
Si su amigo había visto exactamente el momento en que perdió el conocimiento.
Pero Daniel sonaba exhausto y cada respuesta parecía costarle más que la anterior.
—¿Te acuerdas de algo? —pregunté.
—Algo.
—¿Antes?
—Un poco.
—¿Después?
—Nada.
Dudé antes de la siguiente pregunta.
—¿De mí?
Hubo una pausa muy breve.
—Siempre.
Cerré los ojos.
—Eso fue manipulación emocional.
—Muy débil. Necesito ventajas.
Me reí.
Eso era exactamente lo que él quería, y funcionó.
Hablamos apenas unos minutos más. Daniel me explicó que la recuperación sería larga, no solo por las semanas inconsciente, sino porque su cuerpo todavía venía recuperándose del accidente del pie. Habían hablado de rehabilitación y todavía no sabía exactamente cómo sería.
—¿Ahí?
—Todavía no estoy seguro.
—¿Cuánto tiempo?
—Semanas, probablemente.
—¿Voy a poder hablar contigo?
—Por supuesto.
Lo dijo con tanta seguridad que yo le creí.
La realidad resultó bastante menos sencilla.
Daniel pasó un periodo corto fuera del hospital antes de comenzar un programa de rehabilitación que, según él, estaba lejos de su rutina habitual.
Nunca entendí del todo si era una clínica especializada, un centro de recuperación o una combinación de tratamiento físico y seguimiento médico.
Él lo llamaba simplemente rehabilitación.
Al principio no le di importancia a la falta de detalles.
Acababa de despertar de un coma y yo no estaba dispuesta a convertir cada conversación en un interrogatorio. Según Daniel, el internet era malo.
Muy malo. Los primeros días recibía al menos un mensaje diario. Después empezaron a pasar dos días. A veces tres. En ocasiones cuatro o cinco.
El internet aquí es pésimo.
Día largo. Terapia.
Agotado.
Te extraño.
Los mensajes eran suficientes para saber que seguía ahí, pero no suficientes para sentir que realmente hablábamos. Yo respondía enseguida y la respuesta podía llegar horas después o al día siguiente. A veces no llegaba.
Una noche conseguimos hablar por voz durante menos de diez minutos antes de que la llamada se cortara tres veces.
—Este lugar odia la tecnología.
—Conveniente.
Daniel guardó silencio.
—¿Crees que estoy mintiendo?
La pregunta me sorprendió.
—No.
—Sonó como si lo creyeras.
—Estoy cansada de hablar contigo a pedazos.
—Lo sé.
—Desapareciste tres semanas.
—Lorraine.
—Ya sé que no fue tu culpa.
—Entonces no me castigues por eso.
Me arrepentí de inmediato.
—No estoy intentando castigarte.
—Está bien.
—Solo… te extraño.
La tensión se deshizo un poco.
—Yo también te extraño, Cenicienta.
La llamada volvió a cortarse poco después.
No conseguimos otra llamada larga durante casi dos semanas.
Los mensajes continuaron, pero eran irregulares y muchas veces secos, casi funcionales. Buenos días. Terapia ahora. Duerme. Hablamos mañana. Otros días aparecía el Daniel que yo conocía: una broma, un amor, alguna queja absurda sobre la comida, una fotografía borrosa.
La alternancia no me pareció extraña. Daniel estaba recuperándose. Había pasado semanas inconsciente. Hacía terapia. Estaba lejos. El internet era malo. Tenía más explicaciones razonables de las que necesitaba. Así pasó casi un mes.
Después otro.
Cuando por fin volvimos a hablar con calma habían pasado cerca de dos meses desde que despertó.
Daniel dijo que ya estaba de regreso en casa y esa noche inició una videollamada.
Lo primero que noté fue que había adelgazado.
Su cara se veía distinta, más angulosa, y tenía el cabello más corto.
También parecía cansado de una forma que ninguna fotografía había logrado mostrar.
—Te ves terrible —dije.
Daniel sonrió.
—Romántico.
—Estoy siendo sincera.
—Casi me muero. Dame algo de crédito.
—No uses eso como excusa para todo.
—Eso pienso hacer.
La imagen se congeló un instante y después volvió.
Nos miramos.
Casi dos meses podían ser muy poco en una vida y muchísimo en una relación construida principalmente a través de una pantalla.
—Hola —dijo.
—Hola.
—¿Sigues enojada?
—Un poco.
—Bien.
—¿Por qué siempre dices eso?
Daniel sonrió.
—Porque estar enojada significa que te importa.
—Eso no es sano.
—Probablemente no.
Nos reímos.
Y algo se acomodó.
Hablamos durante casi dos horas. De la rehabilitación, de lo horrible que había sido estar lejos, del trabajo que tendría que recuperar, del pie, que ya estaba mucho mejor, de los Packers y de mí.
Daniel preguntó por una reunión que yo había mencionado antes de la crisis.
Recordó el nombre de un cliente. Preguntó si finalmente había reemplazado la cafetera que llevaba meses fallando.
Pequeñas cosas.
Siempre pequeñas cosas. Había pasado casi dos meses sintiendo que Daniel llegaba a mí por fragmentos y, en menos de una hora, volvió a parecer completo. La misma voz, el mismo humor, la misma forma de recordar detalles que yo olvidaba haberle contado. Eso fue suficiente.
Más que suficiente. No se me ocurrió preguntarme si durante aquellas semanas de mensajes breves y conexiones malas había estado hablando siempre con el mismo Daniel que ahora tenía frente a mí. No tenía ninguna razón para hacerlo.
Todavía no.