CAPÍTULO 5Tres semanas
Tres semanas
Después del accidente del pie, Daniel pasó varias semanas recuperándose en casa y, durante un tiempo, nuestra relación adquirió una normalidad rara, sostenida por vendas, analgésicos, videollamadas cortas y una paciencia que ninguno de los dos tenía demasiadas ganas de practicar.
Al principio hablábamos menos porque él estaba cansado, se movía poco y dormía a horas extrañas.
Después empezamos a recuperar una rutina parecida a la anterior.
Me mandaba fotografías del pie elevado sobre cojines, de una taza de café demasiado cerca del borde de una mesa, de una serie que decía odiar pero seguía viendo y de la comida que su madre insistía en prepararle.
Se quejaba de la inmovilidad con una seriedad ridícula y yo le decía que quizá el universo había encontrado por fin la manera de obligarlo a quedarse quieto.
Daniel respondía que la paciencia era una virtud sobrevalorada y que, si alguien volvía a decirle que disfrutara el descanso, probablemente terminaría cometiendo un delito.
Una tarde me envió la fotografía de una hamburguesa enorme y escribió:
Por fin comida de verdad.
Le contesté que aquello no contaba como comida de recuperación y él señaló que tenía lechuga. Le dije que una hoja verde no convertía una hamburguesa en medicina. Daniel respondió que yo no era doctora. Le recordé que él tampoco.
Tengo un amigo que sí. Lo bastante cerca.
Ese amigo había aparecido ya varias veces en nuestras conversaciones.
Era su mejor amigo, médico, alguien que, según Daniel, formaba parte de su vida desde hacía muchos años y tenía la desagradable costumbre de supervisar si estaba tomando los medicamentos correctamente.
A veces lo visitaba. Otras salían a comer cuando Daniel estaba suficientemente bien.
Yo bromeaba con que era el único adulto responsable de los dos y Daniel decía que probablemente nos llevaríamos demasiado bien.
Durante aquel periodo tuve la sensación de empezar a conocer mejor la vida que existía alrededor de él.
No porque Daniel me ofreciera una biografía ordenada ni porque yo se la pidiera, sino porque comenzaron a aparecer más nombres, más voces y más pequeñas continuidades.
Gina seguía presente en asuntos de trabajo.
Su madre continuaba sintiéndose culpable por el accidente y, según Daniel, trataba de compensarlo cocinando para veinte personas.
Su amigo médico aparecía con frecuencia suficiente para dejar de ser una figura vaga.
Había fisioterapia, controles, médicos, horarios para medicamentos y conversaciones sobre cuándo podría volver a manejar.
Todo aquello me tranquilizaba. Las piezas no formaban un retrato perfecto, pero sí una vida. En aquel momento no sabía que una secuencia coherente podía dar tanta seguridad como una prueba.
Un sábado Daniel me dijo que iría a pasar parte del día con su amigo.
Llevábamos hablando desde temprano y parecía especialmente de buen humor.
La recuperación del pie iba bien. Ya podía apoyarlo parcialmente y estaba harto de que todos le preguntaran si necesitaba ayuda para levantarse, sentarse, caminar o respirar.
—¿El doctor? —pregunté.
Por desgracia.
—Qué dramático.
Me observa tomar las pastillas como si tuviera cinco años.
—Quizá porque actúas como si tuvieras cinco.
Cenicienta está cruel hoy.
—Cenicienta quiere que no hagas estupideces.
Demasiado tarde para eso.
Cerca de mediodía me escribió que iba camino a casa de su amigo y que quizá respondería lentamente. Le pregunté si iba a portarse bien.
Nunca.
Le dije su nombre con ese tono que, incluso escrito, él ya reconocía como advertencia. Sí, mamá.
Le dije que lo odiaba.
Yo también te quiero.
Ese fue el último mensaje que recibí de él durante casi tres semanas.
Claro que entonces yo no sabía que serían tres semanas.
Al principio fue solo una tarde sin respuesta.
Después una noche. Luego una mañana. En otra etapa quizá habría asumido que estaba ocupado o que había dejado el teléfono en alguna parte, pero el accidente del pie había cambiado la manera en que yo entendía sus silencios.
Antes podían significar trabajo, sueño, distracción o simplemente ganas de no hablar.
Después de aquel domingo también podían significar que algo había pasado.
El domingo por la tarde ya le había escrito tres veces: primero un Hey, después un ¿todo bien? y, varias horas más tarde, Daniel, contesta aunque sea para decirme que estás ocupado. No estaba enojada. Eso fue lo peor. Estaba preocupada demasiado pronto. El lunes apareció un mensaje de Gina.
Lo vi mientras trabajaba y su nombre me hizo sentir una incomodidad inmediata, porque Gina no me escribía por nada que pudiera llamarse cotidiano.
Lorraine, lo siento. Todavía no tengo muchas respuestas.
Dejé de mirar cualquier otra cosa en la pantalla.
—¿Qué pasó?
La respuesta tardó.
Daniel está en el hospital.
Me levanté de la silla sin saber qué esperaba conseguir poniéndome de pie.
—¿El pie?
No.
—¿Entonces qué?
Los tres puntos aparecieron y desaparecieron dos veces antes de que llegara la siguiente respuesta.
Ayer estaba con su amigo. Algo pasó. Creen que podría estar relacionado con medicamentos, pero todavía intentan entenderlo. Perdió el conocimiento.
Leí todo una vez.
Después otra.
—¿Está despierto?
Pasaron varios segundos.
—Gina.
No.
Sentí que el aire de la habitación cambiaba.
—¿Qué significa no?
Esta vez su respuesta fue rápida, como si llevara rato tratando de decidir cómo escribirla.
No ha despertado. Lo están llamando coma. Lo siento. Ojalá supiera más.
Me quedé mirando la palabra coma hasta que dejó de parecer real.
No recuerdo si lloré en ese momento. Creo que no. Primero quise información. Una causa. Un diagnóstico. Algo concreto que pudiera colocar entre Daniel y esa palabra.
—¿Qué medicamento?
No lo sé.
—¿Tomó demasiado?
No lo creo.
—¿Fue una alergia?
No lo sé. Lorraine, lo siento. Su amigo estaba ahí cuando ocurrió y consiguió ayuda de inmediato, pero todavía no tengo todos los detalles.
Había algo distinto en Gina. Ya no sonaba como la asistente eficiente del accidente anterior, la persona que transmitía hechos porque alguien se los había explicado. Esta vez también estaba esperando. También preguntaba. También tenía miedo.
—¿Está estable?
Sí. Eso fue lo que me dijeron.
—¿Va a despertar?
La respuesta tardó mucho.
Cuando llegó, era más honesta de lo que yo quería.
No lo sé. Ojalá pudiera decirte que sí.
Me senté otra vez.
—¿Qué dicen los médicos?
Que lo están monitoreando. Que necesitan tiempo. Su amigo está ahí. Su madre también. Todos están intentando entender qué pasó.
La frase todos están intentando entender se convirtió en la descripción exacta de los primeros días.
Nadie parecía tener una explicación completa.
Gina me escribía cuando recibía alguna noticia, pero muchas veces la noticia era que no había noticias.
Daniel seguía estable. No había cambios significativos.
Estaban ajustando medicamentos. Esperaban.
Observaban. Repetían estudios. Yo preguntaba demasiado y Gina respondía todo lo que podía, incluso cuando la única respuesta posible era Todavía no lo sé.
Pasé la primera noche con el teléfono junto a la almohada. Dormí poco. A la mañana siguiente tenía tres correos de clientes, una llamada a las nueve y un mensaje de Gina enviado durante la madrugada que decía simplemente:
Sin cambios. Estable.
Esas palabras me tranquilizaron y me aterrorizaron al mismo tiempo.
Los días siguientes adquirieron una estructura absurda.
Me levantaba, trabajaba, respondía correos, presentaba campañas, discutía presupuestos y fingía interés por problemas que una semana antes me habrían parecido importantes.
Después colgaba una llamada y revisaba el teléfono.
Había algo casi ofensivo en descubrir que la vida seguía funcionando con perfecta normalidad mientras Daniel estaba inconsciente.
Las personas querían saber por qué una campaña había bajado dos puntos.
Querían cambiar un encabezado. Querían adelantar una junta.
Yo respondía, tomaba notas y pensaba que un hombre al otro lado del océano podía no despertar.
Gina empezó a escribirme más de lo que probablemente cualquiera de las dos habría esperado. Al principio sus mensajes eran casi clínicos porque no tenía otra cosa que ofrecer:
Hoy no hubo cambios. Sus signos vitales están bien. Su madre está con él. Su amigo ha estado ahí casi todo el día.
Después aparecieron frases pequeñas que dejaban ver que ella también estaba agotada.
Odio no saber.
O:
Ojalá tuviera algo mejor que decirte.
Una noche le pregunté si estaba bien ella. Tardó en contestar.
No realmente. Pero estoy bien.
Fue quizá la primera vez que dejamos de ser dos nombres unidos exclusivamente por Daniel.
A veces hablábamos de lo que sabíamos y, más frecuentemente, de lo que no sabíamos.
Su mejor amigo había estado con él cuando ocurrió la crisis y, según lo poco que Gina entendía, Daniel había tomado un medicamento que ya formaba parte de su recuperación.
Nadie hablaba de una sobredosis. Tampoco había una explicación clara de alergia.
Lo que se repetía era la posibilidad de una reacción o una interacción inesperada entre medicamentos, algo suficientemente serio como para provocar la pérdida de conciencia.
Gina no quería asegurar nada antes de que los médicos lo hicieran.
Yo tampoco sabía qué creer, así que me aferraba a lo único concreto: el amigo era médico, estaba con Daniel cuando ocurrió y había pedido ayuda inmediatamente.
En algún momento pregunté si podía hablarle aunque estuviera inconsciente. La pregunta me pareció estúpida apenas la envié, pero Gina no la trató así. Me explicó que no sabía si sería posible una llamada, aunque podía enviarle un mensaje de voz y ella intentaría que alguien se lo pusiera cerca.