Lo que no preguntaste CAPÍTULO 4El domingo
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CAPÍTULO 4El domingo

El domingo

El domingo del accidente de Daniel, los Packers estaban jugando y nosotros llevábamos casi toda la tarde hablando.

Lo recuerdo porque durante mucho tiempo me pareció imposible separar una cosa de la otra.

El partido, los mensajes, su última broma, el silencio posterior.

Hay días que uno reconstruye por importancia y otros que permanecen intactos por accidente.

Aquel domingo tenía ambas cosas. Recuerdo dónde estaba sentada, qué había sobre la mesa y hasta que había dejado una taza de café a la mitad porque me distraje discutiendo con Daniel sobre una jugada que él insistía en haber visto mejor desde Alemania que yo desde Wisconsin.

No recuerdo contra quién jugaban. Durante años estuve convencida de que sí, hasta que una vez intenté comprobarlo y descubrí que había mezclado dos partidos distintos.

La memoria hacía eso. Conservaba el sentimiento y rellenaba los datos.

Daniel estaba en casa de su madre. Eso me había dicho.

No era raro que la visitara los fines de semana y yo ya había escuchado hablar de ella lo suficiente para tener una imagen mental construida a partir de historias que probablemente no se parecía en nada a la mujer real.

Sabía que discutía con Daniel porque él conducía demasiado rápido.

Sabía que hacía una especie de pastel que él aseguraba que nadie más preparaba correctamente.

Sabía que no entendía por qué una persona adulta podía dedicar horas a un videojuego.

Y sabía que, según Daniel, tenía la capacidad de llamarlo exactamente cuando él acababa de sentarse a hacer cualquier cosa.

Aquella tarde el partido había empezado tarde para él y temprano suficiente para mí como para que nuestra diferencia horaria no fuera demasiado incómoda. Habíamos estado intercambiando mensajes desde antes del inicio del partido.

Tu equipo va a arruinarme la noche.

—Nuestro equipo.

Yo tengo opciones. Tú vives ahí.

—Traidor.

Realista.

—Cuando ganemos no quiero verte celebrando.

Celebraré en privado.

—Peor.

A los pocos minutos mandó una foto de la televisión. No aparecía él, solo parte de la sala, la pantalla y una mesa con un vaso. La transmisión estaba claramente retrasada respecto a la mía.

—Ahora yo te puedo arruinar las jugadas.

No lo harías.

—¿Por qué no?

Porque me amas.

Me quedé mirando la frase.

No era la primera vez que usaba amor. Daniel decía amor con naturalidad, como apodo, como cierre, como una palabra que podía significar muchas cosas sin obligarlo a definir ninguna.

Pero aquella vez no había escrito me amas, amor ni una de sus bromas habituales.

Había escrito algo ligeramente distinto. Porque me amas.

Podría haberlo ignorado.

No lo hice.

—Qué confianza.

La respuesta llegó después de casi un minuto.

¿Me equivoco?

Sentí esa clase de calor incómodo que no tenía ninguna relación con la temperatura de la casa.

—Mira el partido, Daniel.

Cobarde.

—Cállate.

Cenicienta está nerviosa.

—Cenicienta va a bloquearte.

No, no lo harás.

Sonreí.

Y no lo bloqueé.

Eso fue poco antes del segundo cuarto. Durante el juego seguimos hablando como siempre.

Él se quejaba de los árbitros, yo le decía que estaba exagerando, después yo me quejaba y él me acusaba de hipocresía.

Hubo un momento en que Daniel desapareció alrededor de quince minutos y regresó diciendo que su madre lo había mandado a mover unas cosas afuera.

Treinta y dos años y todavía recibiendo órdenes.

—Como debe ser.

Hablas como ella. Aterrador.

—Me cae bien.

Nunca la has conocido.

—No importa.

Tú también le caerías bien.

Eso me hizo sonreír más de lo que admití.

—¿Ya le hablaste de mí?

La respuesta tardó.

Tal vez.

—Daniel.

Mira el partido.

—Eso es un sí.

Eso no es legalmente admisible.

—Definitivamente le hablaste de mí.

Tal vez dije que hay una estadounidense que se pierde en los videojuegos y le grita al fútbol americano.

—Me presentaste excelente.

También dije que eres bonita.

—Ah, bueno. Reparaste el daño.

Y difícil.

—Adiós.

Yo también te quiero, Cenicienta.

Esa vez no respondí.

No porque no supiera qué decir. Porque empezaba a saberlo demasiado bien.

El medio tiempo llegó con los Packers arriba y Daniel apareció menos en la conversación.

No me pareció extraño. Su madre estaba en casa, probablemente comían, hablaban o hacían cualquiera de las cosas normales que las personas hacían cuando no estaban pegadas al teléfono.

Envió un mensaje diciendo que iba a salir un momento.

Tengo que ayudar a mi madre con algo. Vuelvo en unos minutos.

—Te vas a perder el tercer cuarto.

Documenta mi sufrimiento.

—No.

Mujer cruel.

—Ve.

Mandona.

—Daniel.

Ya voy, ya voy.

Después añadió:

No me extrañes.

—Imposible, voy a disfrutar el silencio.

Mentirosa.

Ese fue su último mensaje.

Al principio no hubo nada extraño en eso.

Daniel dejaba de contestar con frecuencia.

Podía estar conversando conmigo durante una hora y desaparecer de pronto porque alguien lo llamaba, porque entraba a una reunión, porque manejaba, porque se quedaba dormido o simplemente porque existía una vida completa al otro lado de la pantalla que yo no podía ver.

Ya había aprendido a no interpretar cada silencio como una declaración.

El tercer cuarto terminó. No volvió. Empezó el cuarto.

Nada.

Le mandé un mensaje después de una buena jugada.

—Te la perdiste.

No hubo respuesta.

Unos minutos después:

—Espero que tu mamá no te haya puesto a arreglar toda la casa.

Nada.

Los Packers ganaron.

O eso creo recordar.

Durante años asocié la victoria con ese día, aunque ahora no confío lo suficiente en mi memoria como para afirmarlo. Lo que sí recuerdo es enviarle:

—Ganamos. Puedes volver a la civilización.

El mensaje quedó ahí.

No me preocupé.

No todavía. Cené. Contesté un par de correos. Dejé la televisión encendida sin prestarle demasiada atención y, alrededor de las diez, revisé el teléfono otra vez. Daniel no había leído nada.

Ahí apareció la primera punzada de incomodidad. No miedo. Solo esa sensación molesta que aparece cuando algo pequeño deja de coincidir con la rutina.

Le escribí:

—¿Todo bien?

Esperé cinco minutos. Diez. Quince. Después dejé el teléfono sobre la mesa y me reprendí mentalmente.

Daniel era un hombre adulto en Alemania.

No necesitaba reportarse conmigo cada hora.

Tal vez seguía con su madre. Tal vez el teléfono se había quedado sin batería.

Tal vez había terminado haciendo algo que le había tomado más tiempo del esperado. Tal vez se había aburrido de hablar.

Eso también era posible.

Me molestó que esa última opción me afectara más que las anteriores.

Subí a dormir. A la mañana siguiente seguía sin responder.

Ahí sí empecé a preocuparme. No porque hubiera pasado una noche, sino porque Daniel casi siempre enviaba algo por la mañana cuando desaparecía inesperadamente.

Una disculpa, una broma, una fotografía del café.

Cualquier señal mínima de continuidad. Ese lunes no hubo nada.

Trabajé mal. No lo suficiente para que un cliente pudiera notarlo, pero sí para que yo me diera cuenta. Revisaba el teléfono entre llamadas. Abría nuestra conversación sin necesidad. En algún momento escribí un mensaje y lo borré porque sonaba demasiado preocupado.

A mediodía mandé uno más simple.

—Hey. Solo dime que estás bien.

No llegó respuesta.

Pensé en escribirle a alguien más, pero no tenía a nadie.

Todavía no conocía a sus amigos de una forma real.

Había escuchado nombres en llamadas, voces al fondo, menciones casuales, pero nada que pudiera convertir en un contacto.

Daniel existía en mi vida de una forma extraña: sabía cosas íntimas sobre él y, al mismo tiempo, no tenía a quién llamar si dejaba de aparecer.

Eso fue lo que más me incomodó aquella tarde. No el silencio.

La distancia.

La tarde pasó. A las cuatro treinta y dos, mi teléfono vibró. La notificación era de una cuenta que no reconocí.

Hola, Lorraine. Me llamo Gina. Trabajo con Daniel.

Sentí que algo se cerraba en mi estómago antes de entender por qué. Leí la frase otra vez. Después apareció un segundo mensaje.

Siento no haberte escrito antes. Daniel tuvo un accidente ayer.

Me quedé inmóvil.

Durante algunos segundos solo miré la pantalla. Había imaginado decenas de explicaciones para el silencio y, aun así, ver la palabra accidente hizo que todas parecieran estúpidas.

—¿Está bien?

La respuesta no llegó de inmediato.

—¿Gina?

Aparecieron los tres puntos. Desaparecieron. Volvieron.

Está estable. Se lesionó y necesitó cirugía.

Lo primero que sentí fue alivio.

Lo segundo, miedo.

—¿Qué pasó?

Gina tardó.

Su madre estaba moviendo el auto. Daniel estaba afuera ayudándola y ella no vio exactamente dónde estaba. Una de las ruedas le pasó por encima del pie.

Leí la frase.

Después otra vez.

—¿La rueda le pasó por encima del pie?

Sí.

Me llevé una mano a la boca.

El recuerdo de Daniel escribiendo Tengo que ayudar a mi madre con algo apareció con una claridad desagradable.

—¿Fue ayer durante el partido?

Sí.

El corazón me golpeó más fuerte.

—Estábamos hablando justo antes.

Lo sé.

Eso me detuvo.

—¿Cómo sabes?

La respuesta tardó unos segundos.

El teléfono de Daniel estaba con sus cosas. Me pidió que te contactara cuando pudiera hablar después de la cirugía.

Me quedé mirando la frase.

Había algo profundamente íntimo en aquello que no tenía nada que ver con romance. En medio de un accidente, un hospital y una cirugía, Daniel había pensado en que alguien me avisara.

—¿Qué tan grave fue?

Gina explicó que una de las ruedas había pasado directamente sobre el pie y que el peso había provocado una fractura importante en la zona del empeine.

Habían tenido que operarlo, y los médicos esperaban una recuperación buena, aunque lenta.

Utilizó algunos términos que no entendí y otros que probablemente tradujo pensando en mí.

—¿Va a caminar?

Sí. Los médicos esperan que se recupere por completo. Tomará tiempo.

Respiré.

—¿Puedo hablar con él?

La pausa fue más larga.

Ahora no. Está durmiendo. Tiene analgésicos y está muy cansado.

—¿Está consciente?

Sí.

—¿Seguro?

Me arrepentí apenas lo envié.

Gina no pareció ofenderse.

Sí. Está consciente. Estuvo despierto hace rato.

—¿Puedes decirle que estoy aquí?

Por supuesto.

Después añadió:

Le preocupaba que pensaras que había desaparecido otra vez.

No pude evitar una risa que salió mezclada con algo demasiado cercano al llanto.

—Idiota.

Gina respondió con un emoji de sonrisa.

Durante las siguientes veinticuatro horas recibí actualizaciones pequeñas. Daniel había dormido. Había comido un poco. Estaba adolorido. La cirugía parecía haber salido bien. Su madre estaba, según Gina, “mucho peor emocionalmente que él”, cosa que podía imaginar sin conocerla.

Yo seguía queriendo hablar con él. Hasta que finalmente lo hizo. Fue la noche del martes. Mi teléfono sonó mientras estaba en la cocina.

Daniel.

Contesté demasiado rápido.

—¿Daniel?

Hubo un silencio breve.

Después su voz.

—Hola, Cenicienta.

Cerré los ojos. Sonaba cansado. No distinto.

Daniel.

—Eres un imbécil.

Se rió débilmente.

—También me alegra escucharte.

—Una rueda del coche te pasó por encima del pie.

—Técnicamente.

—¿Cómo que técnicamente?

—Solo el pie.

—Daniel.

—Distinción importante.

Sentí que podía estrangularlo.

—¿Estás bien?

La pregunta cambió el tono.

—Sí.

Después agregó:

—Duele.

—Gina dijo que te operaron.

—Sí.

—¿Qué pasó exactamente?

Daniel respiró despacio antes de responder.

Su madre había estado moviendo el coche mientras él estaba afuera ayudándola.

Él se quedó demasiado cerca sin darse cuenta y ella no alcanzó a verlo.

Una de las ruedas le pasó directamente sobre el pie antes de que pudiera apartarse.

El peso le había fracturado la zona del empeine y la lesión había sido lo bastante seria como para requerir cirugía.

Lo contó de una manera casi cómica, como si la historia fuera más absurda que grave.

—Mi madre no volverá a conducir cerca de mí.

—Eso lo decides tú.

—Estoy considerando un radio de seguridad de diez metros.

—Daniel.

—Tal vez quince.

—No hagas chistes.

—¿Demasiado pronto?

—Muchísimo.

—Está bien.

Hubo una pausa.

—Pensé en ti.

No respondí enseguida.

—¿Cuándo?

—Antes de la cirugía.

Sentí algo cerrarse dentro de mi pecho.

—¿Por eso Gina me escribió?

—Sí.

—¿Le pediste que lo hiciera?

—Sí.

Por alguna razón, eso importaba.

Más de lo que debería.

—Gracias.

Daniel hizo un ruido parecido a una risa.

—¿Por el auto?

—Idiota.

—Ahí está.

Hablamos apenas diez minutos. Se cansó rápido. Antes de colgar le pregunté si necesitaba algo.

Daniel dijo que no.

—Duerme, Cenicienta.

—Tú duerme.

—Tengo medicamentos. Voy ganando.

—No digas eso así.

—Buenas noches, amor.

—Buenas noches, Daniel.

Hubo un silencio.

Después:

—Te quiero.

La llamada terminó antes de que yo respondiera. Durante mucho tiempo pensé en esa llamada como una prueba. No de amor. De realidad.

Daniel no era una persona inventada dentro de una pantalla.

Tenía una madre capaz de cometer un accidente absurdo y terrible, una mujer llamada Gina que sabía suficiente de su vida como para saber quién era yo, médicos, cirugía, dolor, horarios y gente alrededor.

Había ocurrido algo concreto que yo no podía reducir a una historia contada por él varios días después.

Gina había aparecido mientras Daniel seguía hospitalizado.

La cirugía ya había ocurrido. Cuando finalmente hablamos, su voz estaba lenta por el cansancio y el medicamento, y durante los días siguientes vi suficiente de su recuperación para que el accidente se volviera parte de nuestra historia compartida.

Todo encajaba. Y eso era importante porque, en los meses siguientes, cuando Daniel desaparecía por horas o por días, cuando un viaje se extendía más de lo previsto o alguna explicación llegaba tarde, yo tenía algo a lo que volver.

El domingo del accidente. La vez que pensé que simplemente había dejado de contestar porque eso era algo que Daniel hacía de vez en cuando.

La vez que resultó que había una razón. Una razón real.

Después de eso, sus silencios empezaron a significar otra cosa para mí.

No necesariamente mentira. No necesariamente desinterés.

A veces el silencio significaba que algo había pasado.

Y una vez que aprendes eso sobre alguien, preocuparte se vuelve mucho más fácil que desconfiar.