Lo que no preguntaste CAPÍTULO 3Cenicienta
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CAPÍTULO 3Cenicienta

Cenicienta

Durante los primeros meses, Daniel no era una presencia extraña en mi vida.

Era una presencia nueva, y la diferencia parecía importante entonces.

No hablábamos todos los días todavía, aunque empezábamos a acercarnos peligrosamente a eso.

Había noches en que coincidíamos durante horas y otras en que apenas intercambiábamos dos mensajes antes de que alguno de los dos desapareciera hacia su vida real.

Daniel tenía trabajo, viajes, amigos, horarios europeos y una facilidad irritante para recordar exactamente qué había dicho yo tres días antes.

Yo tenía clientes, campañas, llamadas, plazos y la convicción de que ninguna persona que viviera a más de siete mil kilómetros debía tener tanto espacio dentro de mis rutinas.

Aun así, empezó a tenerlo. Primero fue el juego.

Después fueron los mensajes fuera del juego.

Luego las llamadas que comenzaban con cualquier excusa y terminaban una hora más tarde, cuando alguno miraba el reloj y fingía sorpresa.

Daniel no parecía esforzarse por impresionarme, y eso ayudaba.

No hablaba demasiado de su trabajo, pero cuando lo hacía sonaba aburridamente real: proyectos, proveedores, operaciones, procesos, reuniones que se alargaban, gente que no contestaba a tiempo y decisiones que parecían depender de demasiadas personas.

Yo entendía aproximadamente la mitad y tampoco tenía especial interés en entender más.

Me bastaba saber que trabajaba con automóviles y que, según él, viajaba bastante.

Múnich empezó a aparecer con mayor frecuencia.

A veces como lugar de regreso, a veces como punto de salida y otras simplemente en fotografías que enviaba sin contexto suficiente para demostrar nada y sin intención aparente de demostrarlo.

Una estación de tren. Una calle mojada. Una taza de café junto a una computadora portátil.

El reflejo de una ventana. Nunca pensé en aquello como evidencia. Solo eran partes de su día.

Daniel también empezó a conocer partes del mío.

Pine Hollow le parecía ridículamente pequeño.

Yo le decía que esa era precisamente la gracia.

Él preguntaba si todo el mundo se conocía y yo respondía que suficiente gente como para que fuera imposible hacer algo vergonzoso sin que alguien se enterara antes de llegar a casa.

—Suena aterrador.

—Lo es.

—¿Por qué vives ahí?

—Porque me gusta.

—Eso no tiene sentido.

—Tú vives en Alemania.

—Exacto. Decisiones excelentes.

Daniel tenía esa manera de responder que me hacía sonreír incluso cuando estaba trabajando y no quería distraerme.

Una tarde le envié una fotografía de la televisión mientras veía un partido de Packers.

No había ninguna intención detrás de eso.

Solo era algo que estaba haciendo. Su respuesta llegó casi inmediatamente.

Estás viendo el partido sin mí.

—No sabía que necesitaba permiso.

No lo necesitas. Pero la traición duele.

—Drama.

Profundamente herido.

—Sobrevivirás.

Tal vez no.

Meses después esa frase habría significado otra cosa. Entonces solo me hizo reír.

Empezamos a ver algunos partidos “juntos”.

Juntos significaba que cada uno estaba en un país distinto, con transmisiones que no siempre iban sincronizadas y mensajes que aparecían tres segundos antes de que yo viera una jugada.

Daniel aprendió rápidamente que yo odiaba que me arruinara el resultado de una jugada antes de verla y después lo hacía a propósito solo para molestarme.

—Anotación.

—Daniel, cállate.

—¿Qué?

—Mi transmisión va retrasada.

—Eso suena a problema estadounidense.

—Vives en Alemania viendo fútbol americano.

—Y de algún modo mi tecnología es mejor.

Cuando finalmente veía la jugada, él ya estaba riéndose.

Fue una de esas noches cuando apareció Cenicienta por primera vez.

No tuvo nada que ver con vestidos, zapatos ni medianoche.

Habíamos estado hablando de videojuegos mientras el partido estaba en comerciales y Daniel había empezado a enumerar cosas que, según él, no entendía de mí: que podía pasar una tarde entera viendo fútbol americano sin aburrirme, que jugaba videojuegos de verdad y no “solo cosas del teléfono”, que entendía referencias que él esperaba tener que explicar y que, además, aparentemente sabía insultar a un árbitro con bastante creatividad.

—Eso suena muy ofensivo.

—Te estoy haciendo un cumplido.

—Lo estás haciendo fatal.

—No. Digo que eres difícil de encontrar.

—¿Qué soy, un Pokémon?

Daniel se rió.

—Tal vez.

—Perfecto.

—Videojuegos, NFL, sarcástica, bonita.

Me quedé mirando la pantalla un segundo más de lo necesario.

—Ah, mira. Ahí estaba el cumplido.

—Hay más.

—No abuses.

Daniel tardó unos segundos antes de escribir otra cosa.

Cenicienta.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

Eres Cenicienta.

—No entiendo.

La respuesta tardó un poco más.

Porque eres como eso que alguien cree que probablemente no existe y, de repente, resulta que sí.

Leí la frase dos veces.

—Eso fue sorprendentemente cursi para ti.

No lo arruines.

—¿Y qué tiene que ver con Cenicienta?

El zapato te queda.

Me reí.

—Eso fue terrible.

Sigue funcionando.

—No.

Sí, Cenicienta.

Lo llamé ridículo y él volvió a usarlo al día siguiente.

Después otra vez. No siempre, nunca tanto como para convertirlo en una caricatura, pero se quedó.

A veces era Cenicienta. Otras amor. Después apareció cariño.

Mucho más adelante llegaría princesa. No recuerdo cuándo empezó exactamente cada uno, y eso también me parece extraño ahora.

Hay cosas que parecen tener un inicio claro solo cuando terminan. En ese momento simplemente crecían.

La primera vez que me pregunté si Daniel estaba coqueteando de verdad conmigo fue después de una videollamada.

Hasta entonces habíamos usado voz muchas veces, pero no cámara.

Había visto fotografías suyas, aunque pocas.

Una en un espejo. Otra en una calle. Alguna de trabajo que no decía gran cosa.

Daniel no tenía una presencia digital abundante y yo nunca pensé que eso fuera especialmente raro.

Conocía personas que documentaban cada desayuno y otras que podían pasar meses sin subir una fotografía.

La videollamada ocurrió por accidente. O eso dijo él. Estábamos hablando mientras yo trabajaba y Daniel tenía el teléfono apoyado en algún lugar. De pronto la llamada cambió a video y apareció una imagen temblorosa del techo.

—¿Qué hiciste?

—Nada.

—Claramente hiciste algo.

—Botón equivocado.

—A ver.

La cámara se movió y durante un segundo vi parte de una habitación, una pared clara, una lámpara y finalmente a Daniel. Fue raro reconocer inmediatamente a una persona que nunca había visto moverse. La cara era la misma de las fotos. La voz encajaba con ella. Eso debería haber sido obvio.

No lo fue.

Daniel tenía el cabello un poco más largo de lo que esperaba y parecía más cansado. Llevaba una camiseta oscura y estaba sentado en una cama o un sofá que no alcanzaba a distinguir bien.

—Ahí está. ¿Feliz?

—Moderadamente.

—Cruel.

—Pensé que eras más alto.

Daniel abrió la boca, indignado.

—No puedes saber eso por una pantalla.

—Exacto.

—Esto es acoso.

Me reí y después hablamos durante casi una hora.

Nada importante ocurrió, y eso terminó siendo lo importante.

No necesitó convertirse en una revelación.

Daniel no parecía distinto en video. Era el mismo hombre con el que llevaba meses hablando, solo que ahora tenía gestos.

Levantaba una ceja cuando yo decía algo absurdo.

Sonreía antes de hacer una broma. Miraba hacia un lado cuando intentaba recordar algo.

En un momento alguien pasó detrás de él. No vi la cara, solo una figura masculina atravesando el espacio. Daniel giró ligeramente.

—Un segundo.

Dijo algo en alemán. La otra persona respondió y después desapareció.

—¿Tu amigo? —pregunté.

—Sí.

—¿El mismo de la otra vez?

Daniel pareció pensar.

—Tal vez.

—¿Cómo que tal vez?

—¿Qué otra vez?

Le recordé la llamada de semanas antes. Daniel sonrió.

—¿Te acuerdas de eso?

—Tú recuerdas cómo tomo el café.

—Es justo.

Después dijo que sí, probablemente era el mismo amigo. La explicación fue suficiente y no pensé más en eso. Lo que sí pensé después fue que nunca vi demasiado de la habitación, pero en ese momento tampoco había intentado verla.

Meses más tarde ya habíamos hecho suficientes videollamadas como para que algunas partes del entorno empezaran a resultarme familiares sin que pudiera armar un lugar completo.

A veces Daniel estaba en una habitación que parecía dormitorio.

Otras, frente a una pared blanca. En alguna ocasión salió a un pequeño jardín mientras hablábamos.

Una noche dejó el teléfono sobre una superficie en el baño mientras buscaba algo y vi un espejo, un lavabo, una toalla gris.

Siempre eran fragmentos, pero nunca me parecieron sospechosos.

Yo tampoco caminaba por mi casa enseñándole cada habitación cada vez que llamábamos.

La intimidad digital estaba llena de encuadres.

Daniel simplemente existía dentro de los suyos.

La rutina se volvió más íntima lentamente.

Me escribía antes de reuniones importantes, preguntaba por dolores de cabeza que yo había mencionado el día anterior y recordaba nombres de clientes que a mí me costaba diferenciar.

Yo sabía cuándo tenía semanas difíciles por la manera en que respondía.

Sabía cuándo había dormido poco. Sabía que se volvía más sarcástico cuando estaba cansado y mucho más callado cuando algo de trabajo lo irritaba.

Eso último empezó a llamar mi atención porque había días en que Daniel era prácticamente incapaz de escribir una frase sin convertirla en broma y otros en que parecía una versión reducida de sí mismo.

No alguien diferente. Eso habría sido demasiado evidente.

Simplemente menos. Menos cálido, menos bromas, menos amor.

Mensajes breves: Ocupado. Después. Día largo.

Yo preguntaba si estaba bien y respondía que sí.

Algunas horas después, o al día siguiente, volvía el Daniel habitual y la diferencia desaparecía.

No guardé capturas ni anoté fechas porque no tenía motivo.

Las personas tenían estados de ánimo. A veces estaban cansadas.

A veces simplemente no querían hablar. Esa explicación me servía porque era razonable.

Casi todas las explicaciones de Daniel lo eran.

Una noche no apareció. Luego otra. Al tercer día envió un mensaje por la mañana.

Lo siento, Cenicienta. El trabajo explotó.

—¿Explota seguido tu trabajo?

Más de lo que deberían explotar los autos.

—Eso no suena seguro.

Explosiones muy alemanas. Controladas.

—Idiota.

Yo también te extrañé.

No respondí a eso. Él sabía que la ausencia me había molestado y yo sabía que lo sabía.

No necesitábamos decirlo todavía. Más adelante aprendería que esa era una de las cosas que Daniel hacía mejor: detectar el momento exacto en que yo estaba a punto de pedir una explicación y ofrecer suficiente cariño para que dejara de necesitarla.

No creo que fuera intencional. Esa era la parte difícil. Todavía hoy no estoy segura.

Un viernes, después de varias semanas especialmente constantes, Daniel mencionó que tendría que viajar.

—¿A dónde?

—Trabajo.

—Eso no es un lugar.

—Muy observadora.

—Daniel.

Se rió.

—Nada emocionante.

—¿Múnich?

—No.

—¿Alemania?

Hubo una pausa.

—Sí.

No tenía sentido que aquella pausa me llamara la atención. Fue menos de un segundo. Quizá ni siquiera existió.

—¿Y por cuánto tiempo?

—Unos días.

—¿Vas a desaparecer?

—No.

—Eso dijiste la última vez.

—¿Eso dije?

—Probablemente.

Daniel se quedó callado un momento y después su voz cambió ligeramente, más suave.

—Te avisaré, Cenicienta.

—¿Qué cosa?

—Si desaparezco.

La frase no tenía nada de siniestra. Era una promesa pequeña, casi una broma. Aun así, la recordé.

Dos días después, Daniel dejó de responder.

Al principio no hice nada. Había prometido avisarme si desaparecía y no había avisado.

Eso significaba que no había desaparecido.

Esa fue la explicación que elegí durante el primer día.

Al segundo revisé su última conexión. Al tercero me molesté conmigo misma por revisarla.

Para entonces ya había aprendido lo suficiente de Daniel como para saber que el trabajo podía absorberlo durante horas, incluso días, pero todavía no conocía esa clase de silencio.

No había mensajes secos, ni un ocupado, ni una fotografía cualquiera para dejar claro que seguía existiendo al otro lado.

Solo nada. Al cuarto día apareció un mensaje.

No era de Daniel.

La notificación llegó desde una cuenta que no reconocí. El nombre era femenino y, durante unos segundos, pensé que quizá se trataba de alguien equivocado. Después abrí el mensaje.

Hola, Lorraine. Me llamo Gina. Trabajo con Daniel.

Lo leí dos veces. Luego una tercera. Antes de que pudiera responder apareció otro mensaje.

Hubo un accidente.

Por primera vez desde que había conocido a Daniel, no tenía una explicación preparada.