Lo que no preguntaste CAPÍTULO 2El camino equivocado #2
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CAPÍTULO 2El camino equivocado #2

Su manera de escribir aquella noche era diferente.

No radicalmente. Nada que en ese momento me hubiera hecho pensar en ello. Sus respuestas eran más cortas. Menos bromas. Parecía cansado. Cuando activamos voz, sin embargo, Daniel volvió a sonar como siempre y la diferencia dejó de importarme.

—¿Semana larga? —pregunté.

—Mucho.

—¿Quieres dejarlo para mañana?

—No.

—Puedes dormir.

—Puedo dormir después.

—Eso dices ahora.

—Me extrañaste.

Me reí.

—Cuatro días no son suficientes para extrañar a alguien.

—Entonces contaste los días.

No tuve una respuesta suficientemente rápida.

Daniel rió.

—Te atrapé.

—Cállate.

—Está bien, chica del camino equivocado.

No supe exactamente cuándo empezó a llamarme así como si fuera un nombre. Tampoco supe cuándo empecé a esperar escucharlo.

Un mes después ya hablábamos casi todos los días.

No necesariamente dentro del juego. Primero intercambiamos usuario en otra plataforma para poder avisarnos cuándo entraríamos.

Después llegaron mensajes durante el día.

Memes. Fotografías estúpidas. Comentarios sobre partidos.

Daniel mandaba imágenes de cielos grises, estaciones de tren, café horrible y escritorios que parecían idénticos sin importar en qué ciudad estuviera.

Yo enviaba nieve. Él enviaba lluvia. Yo enviaba Packers.

Él respondía que estaba criando a una estadounidense predecible.

Fue durante una de esas conversaciones cuando por fin me dijo su nombre. No recuerdo haber preguntado.

Eso me resulta extraño ahora.

Estábamos hablando de nombres de personajes porque yo quería cambiar el mío y Daniel dijo que el suyo no significaba nada. Le pregunté qué nombre sí significaba algo.

—Daniel.

—¿Tu nombre es Daniel?

—Sí.

—Esperaba algo más alemán.

—¿Como qué?

—Hans.

Hubo un silencio.

Después empezó a reírse.

—¿Hans?

—No sé.

—Lorraine, esto es ofensivo.

Fue la primera vez que dijo mi nombre. Yo sí se lo había contado semanas antes. Me gustó cómo sonaba con su acento.

—Daniel qué.

—¿Qué?

—Apellido.

Hubo una pausa tan breve que no habría tenido ninguna razón para recordarla si todo lo demás no hubiera ocurrido después.

—Ertel.

—Daniel Ertel.

—Sí.

—Eso sí suena alemán.

—Gracias a Dios.

Seguimos jugando.

Nada cambió.

Años después intentaría recordar exactamente cuánto duró aquella pausa antes de decir su apellido.

Quizá no hubo pausa. Quizá ahora la inventaba porque sabía demasiadas cosas que entonces no sabía.

Ese era otro problema con los recuerdos: una vez que aprendías el final, empezabas a reescribir el principio.

Aquella noche, antes de desconectarnos, Daniel preguntó a qué hora trabajaba al día siguiente. Se lo dije. Respondió que entonces debía irme a dormir. Protesté que no era mi padre. Él dijo que claramente alguien tenía que supervisarme.

—Buenas noches, Daniel Ertel.

—Buenas noches, Lorraine.

—No me sigas mañana.

—Vas a ir por el camino equivocado.

—Tal vez me gusta.

Daniel tardó un segundo.

—Entonces te seguiré.

No pensé nada especial cuando lo dijo. No entonces.

Lo que sí pensé, semanas después, fue que Daniel había empezado a formar parte de mis días con una facilidad que no recordaba haber autorizado.

No sabía exactamente dónde vivía, qué hacía en su trabajo ni por qué algunos días desaparecía sin aviso.

Sabía que le gustaban los Packers, que odiaba el café demasiado dulce, que guardaba objetos inútiles en videojuegos, que podía recordar una reunión que yo misma había olvidado mencionar dos veces y que se reía antes de terminar una frase cuando sabía que iba a molestarme. Parecía suficiente.

Por mucho tiempo lo fue. La primera vez que pensé que quizá había algo de Daniel que no entendía ocurrió casi tres meses después de conocerlo. No fue una mentira. Ni siquiera fue una contradicción.

Fue una llamada.

Estábamos jugando cuando alguien entró en la habitación donde él estaba.

Escuché una voz al fondo, masculina, decir algo en alemán.

Daniel respondió rápidamente y, por primera vez desde que hablábamos, su tono cambió por completo.

No parecía molesto ni asustado. Solo distinto. Más seco. Más bajo. Profesional, quizá.

—¿Todo bien? —pregunté cuando volvió.

—Sí.

—¿Quién era?

—Un amigo.

—¿En tu casa?

Daniel tardó apenas un segundo.

—Sí.

Seguimos jugando.

Diez minutos después dijo que tenía que irse.

Nada de aquello era raro. Los amigos visitaban casas. La gente hablaba distinto en otros idiomas. Las personas tenían vidas fuera de una pantalla.

Lo extraño ocurrió al día siguiente, cuando Daniel mencionó casualmente que había pasado toda la noche anterior en casa de un amigo.

Me quedé mirando el mensaje durante unos segundos.

Después escribí:

—Pensé que tu amigo estaba en tu casa.

Daniel respondió casi inmediatamente.

Estaba. Después fuimos a su casa.

Una explicación perfecta.

Tan perfecta que me dio vergüenza haber pensado siquiera que había algo que explicar.

—Ah.

Detective Lorraine.

—Cállate.

Eres linda cuando sospechas.

—No estaba sospechando.

Claro que no.

La conversación siguió.

Yo olvidé el asunto. Durante años habría cientos de momentos así. Pequeñas cosas que no eran mentiras porque siempre tenían una explicación. Detalles que no demostraban absolutamente nada. Preguntas que dejaban de parecer importantes en cuanto Daniel respondía.

Si alguien me hubiera preguntado entonces qué sabía de él, habría dicho que no demasiado.

Si me hubiera preguntado si confiaba en él, probablemente me habría reído.

Todavía era demasiado pronto para llamarlo confianza.

Pero ya había empezado algo más peligroso.

Había empezado a acostumbrarme a creerle.