CAPÍTULO 2El camino equivocado
CINCO AÑOS ANTES
El camino equivocado
Cinco años antes de aquella noche en que Veyra escribió el nombre de Daniel Ertel en mi pantalla y me dijo que yo causaría su muerte, Daniel no era todavía una anomalía, una predicción ni una colección de preguntas sin respuesta. Era solamente un desconocido dentro de un videojuego.
Yo tenía treinta años, demasiados clientes pequeños que exigían atención como si fueran multinacionales y la costumbre de jugar por las noches cuando necesitaba que mi cerebro pensara en algo que no fueran campañas, presupuestos o personas que utilizaban la palabra urgente para describir un cambio de tipografía.
Aquel martes había trabajado casi doce horas y llevaba aproximadamente veinte minutos avanzando por un bosque virtual que parecía diseñado por alguien con un odio personal hacia los mapas.
La misión era sencilla: encontrar una fortaleza, entrar, recuperar un objeto y salir.
Yo había conseguido convertirla en una excursión por una zona donde cada árbol parecía exactamente igual al anterior.
No estaba jugando con nadie. Eso era intencional.
El servidor permitía encontrarse con otros jugadores, formar grupos temporales o ignorarlos por completo, y yo solía elegir la tercera opción.
Después de pasar el día entero contestando mensajes, llamadas y correos, no necesitaba hacer amigos digitales antes de dormir.
Por eso noté al personaje que llevaba varios minutos detrás de mí. Al principio pensé que íbamos en la misma dirección. Después giré hacia el norte y él también. Crucé un pequeño puente de piedra y volvió a aparecer unos metros atrás. Cambié de ruta solo para comprobarlo. Me siguió.
Abrí la conversación.
—¿Necesitas algo?
No respondió.
Seguí caminando.
Treinta segundos después apareció un mensaje sobre mi pantalla.
Vas por el camino equivocado.
Me detuve. Miré el mapa y después al personaje detrás de mí.
—Entonces deja de seguirme.
La respuesta tardó apenas unos segundos.
No te estoy siguiendo. Ahora yo también voy por el camino equivocado.
Solté una risa que no esperaba.
—Ese parece tu problema.
Se convirtió en mi problema cuando me echaste encima a tres enemigos.
Miré hacia atrás. Dos criaturas estaban atacándolo y una tercera acababa de aparecer entre los árboles.
No había visto ninguna.
—Ups.
Disculpa muy convincente.
Regresé para ayudarlo.
Fue así de poco espectacular. No hubo música imaginaria, ninguna sensación absurda de destino ni esa certeza retrospectiva que las personas suelen añadir a las historias cuando ya saben cómo terminan.
Solo había dos desconocidos atacando criaturas digitales en un bosque inventado porque una de ellas no sabía utilizar un mapa y el otro había cometido el error de acercarse demasiado. Terminamos la misión juntos.
Daniel era mejor jugador que yo, aunque pasó la mayor parte del tiempo fingiendo que no.
Me dejaba tomar decisiones, esperaba cuando yo revisaba inventario y solo intervenía cuando estaba a punto de hacer algo estúpido, lo cual ocurría con suficiente frecuencia como para que terminara acusándolo de haber elegido acompañarme únicamente para sentirse superior.
Tal vez.
—Admite que estabas siguiéndome.
Estaba observando un desastre. Es distinto.
—Qué amable.
Soy alemán. Somos famosos por nuestra calidez.
Aquello fue lo primero que supe de él. No su nombre. No dónde vivía. Alemania.
—Eso explica muchas cosas.
¿Como qué?
—Todavía no lo sé. Dame tiempo.
Seguimos jugando casi una hora. Descubrí que era de esos jugadores que guardaban absolutamente todo “por si acaso” y luego se quejaban de no tener espacio en el inventario.
Él descubrió que yo gastaba recursos sin ningún tipo de estrategia y que, cuando me aburría, podía abandonar una misión a la mitad porque había visto algo más interesante en el mapa.
Me preguntó si siempre jugaba así. Respondí que solo cuando nadie me estaba juzgando.
Demasiado tarde.
No usábamos voz todavía. Todo ocurrió por mensajes, lo cual probablemente ayudó.
Es mucho más fácil ser gracioso con un desconocido cuando no tienes que preocuparte por silencios incómodos, acentos o el momento preciso en que una conversación deja de ser sobre el juego y empieza a convertirse en otra cosa.
Cuando terminamos la segunda misión ya era pasada la medianoche.
—Me voy.
Eso dijiste hace veinte minutos.
Miré la hora.
Tenía razón.
—Ahora sí.
Claro.
—Trabajo mañana.
Yo también.
—Entonces tú también deberías irte.
Yo no fui quien dijo que se iba.
Le dije buenas noches.
Cerré el juego. Cinco minutos después lo abrí otra vez. No porque quisiera volver a hablar con él. Había olvidado reclamar una recompensa. Eso fue lo que me dije.
Su personaje seguía conectado.
Eso fue rápido.
—Olvidé algo.
Por supuesto.
—No empieces.
Volviste. Yo no dije nada.
—Literalmente acabas de decir algo.
Buenas noches, chica del camino equivocado.
—Buenas noches, alemán inquietante.
Esa fue nuestra primera conversación.
La segunda ocurrió dos noches después.
No había pensado en él durante el día, o al menos eso me dije cuando vi su nombre en la lista de jugadores conectados y reconocí inmediatamente el personaje. Entré a una misión distinta. Durante casi diez minutos no pasó nada. Después apareció una invitación de grupo.
La rechacé. Llegó otra. La rechacé también. Entonces escribió.
¿Sigues yendo por el camino equivocado?
—Hoy tengo mapa.
Eso es un avance peligroso.
Acepté la tercera invitación.
Aquella noche usamos voz por primera vez.
Su acento era menos fuerte de lo que esperaba. Alemán, sí, pero con un inglés bastante limpio y una voz más cálida de lo que su manera de escribir sugería. Lo primero que hizo fue reírse porque yo pronuncié mal el nombre de una zona del juego.
—No empieces —le advertí.
—Tú empezaste pronunciándolo mal.
—Es un lugar inventado. No existe pronunciación correcta.
—Claramente hay una pronunciación correcta.
—¿Quién decidió eso?
—Yo.
—Perfecto. Qué conveniente.
Se rió otra vez.
Fue extraño lo rápido que la conversación dejó de necesitar esfuerzo.
Hablábamos mientras jugábamos y, cuando la misión terminaba, encontrábamos otra sin discutirlo demasiado.
Me contó que tenía treinta y dos años. Trabajaba en algo relacionado con automóviles.
No especificó demasiado y yo tampoco pregunté.
Vivía en Alemania. Le gustaba la NFL, lo que me pareció suficientemente improbable para que creyera que estaba bromeando.
—No te creo.
—¿Por qué?
—Eres alemán.
—En Alemania tenemos televisores.
—Eso no prueba nada.
—Packers.
Dejé de mover a mi personaje.
—¿Qué?
—Green Bay Packers.
—No.
—Sí.
—¿De verdad?
—¿Por qué te sorprende tanto?
—Porque si hubieras dicho Patriots habría colgado.
Daniel se rió.
—Bien. Los Patriots son aburridos.
—Bueno. Puedes quedarte.
—Gracias.
Eso fue lo segundo importante que supe de él.
Packers.
Años después recordaría aquella conversación como una de las razones por las que había bajado la guardia tan rápido.
Era absurdo. Compartir equipo de fútbol americano no decía nada sobre el carácter de una persona.
Pero la intimidad rara vez empieza con información verdaderamente importante.
Empieza con coincidencias pequeñas. Con cosas que hacen pensar: ah, tú también.
Aquella noche jugamos hasta casi las dos.
La tercera vez ya no esperé a que me invitara.
Durante las semanas siguientes se volvió una rutina sin que ninguno de los dos la declarara como tal.
Algunos días coincidíamos. Otros no. A veces jugábamos veinte minutos; otras veces tres horas.
Daniel no preguntaba demasiado sobre mi vida, algo que agradecía.
Cuando lo hacía, las preguntas parecían normales.
Trabajo. Wisconsin. El clima. Fútbol americano.
Por qué alguien que se quejaba constantemente de dormir poco seguía conectándose pasada la medianoche.
Yo tampoco sabía demasiado de él. Alemania seguía siendo una categoría amplia. Automóviles seguía siendo suficientemente vago. Mencionó Múnich alguna vez, pero no recuerdo si dijo que vivía allí o si simplemente estaba trabajando cerca. En ese momento no me importó la diferencia.
Lo curioso fue que Daniel parecía recordar cosas. No cosas inquietantes. Cosas pequeñas.
Una semana después de que yo mencionara una presentación importante, preguntó cómo había salido antes de que yo sacara el tema.
Recordaba qué noche tenía una llamada temprana y me decía que me fuera a dormir antes de que yo empezara a bostezar.
Recordó que no tomaba azúcar con el café después de una conversación absurda sobre bebidas que había ocurrido mientras esperábamos que reapareciera un enemigo.
—Tienes demasiada memoria para cosas inútiles —le dije una noche.
—Tal vez no sean inútiles.
—Mi café es información inútil.
—No si algún día tengo que llevarte café.
Me reí.
—¿Desde Alemania?
—Larga caminata.
No había coqueteo evidente al principio. O quizá sí y yo decidí no verlo. Daniel era fácil de hablar. Eso era todo.
Hasta que desapareció por primera vez.
No fue una desaparición verdadera. No comparada con las que vendrían después.
Fueron cuatro días. Cuatro días en los que simplemente no se conectó.
El primero no me pareció extraño. El segundo tampoco.
Al tercero me descubrí mirando la lista de amigos antes de iniciar una partida y me molestó descubrir que estaba esperando encontrarlo. Al cuarto apareció como si nada.
¿Sigues viva? escribió.
Me quedé mirando el mensaje.
—Yo sí. Tú eres el que desapareció.
La respuesta tardó.
Trabajo. Lo siento.
—Cuatro días trabajando.
Por desgracia.
—Eso suena ilegal.
Alemania tiene leyes. Al parecer, no las suficientes.
Me hizo gracia y la molestia desapareció más rápido de lo que me habría gustado admitir.
Jugamos aquella noche. No pregunté dónde había estado exactamente. Él tampoco ofreció una explicación mayor. Todavía no éramos personas que tuvieran derecho a exigir explicaciones.
Pero hubo una cosa que recordé después.