Lo que nadie vio de nosotros 39. Seis meses
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39. Seis meses

Seis meses

La residencia terminó un martes con lluvia.

No hubo un discurso grande. Eva puso café en vasos de papel y dijo que el presupuesto no alcanzaba para sentimentalismos con catering. Mateo llevó una caja de pan dulce. Vera colgó un trozo de hilo rojo de cada puerta de los cuartos, incluido el baño.

—Es para que nadie se pierda —dijo.

—El baño está a dos metros —dijo Mateo.

—Precisamente. Las tragedias empiezan con exceso de confianza.

Su taller municipal empezaba una semana después. Mateo tenía su horno usado guardado en una bodega que, según él, olía a futuro y a humedad. Eva le había prestado una mesa plegable. Él había prometido devolverla entera. Nadie le creyó.

Cora llegó tarde, con una bolsa de la librería y una mancha azul de tinta en la palma.

—Traje algo para Mara —dijo.

De la bolsa sacó un libro usado sobre ciudades portuarias. Entre las páginas había una postal en blanco.

—Para que te acuerdes de mandarme una foto de vez en cuando —dijo—. No una prueba de que estás bien. Solo una foto.

La abracé. Fue breve. Las dos nos quedamos quietas un segundo más de lo necesario.

—No puedo volver a ser quien era contigo —me dijo al oído.

—Yo tampoco quiero que lo seas.

Cuando se apartó, los ojos le brillaban de rabia por estar emocionada.

—Bien —dijo—. Porque esa persona tomaba decisiones horribles de peinado.

—Esa persona era tú.

—Exacto.

Vera me entregó un hilo rojo cosido en un trozo pequeño de tela.

—Para el interior de tu chamarra —dijo—. No tienes que enseñárselo a nadie.

No dijimos nada más. Vera no necesitaba que una despedida se volviera una ceremonia.

Mateo apareció con el llavero de estrella en alto.

—Encontré esto dentro de una de mis piezas. No pregunten.

—¿Cómo terminó ahí? —pregunté.

—El arte guarda secretos.

—El barro no tiene bolsillos.

—No con esa actitud.

Me puso el llavero en la palma. La estrella era de plástico barato. Tenía una punta doblada.

Al final de la tarde, Caleb y yo bajamos al taller de Santos para despedirnos de la máquina de coser verde. Santos estaba sentado detrás del mostrador, dormido con una revista abierta sobre el pecho. La máquina se había atascado otra vez.

—La extrañó —dije.

—Las máquinas no extrañan.

—Dile eso a la máquina de dulces.

Caleb abrió el compartimiento lateral. Yo sostuve la linterna.

—No la muevas —dijo.

—Tengo un cargo importantísimo.

—No lo subestimes.

Encontramos un hilo rojo enredado en una pieza pequeña. Caleb lo sacó con unas pinzas. Yo lo guardé en el bolsillo.

—¿Y qué hacemos con esto? —pregunté.

Caleb no fingió no entender.

—No sé.

—Esa respuesta se te está pegando.

—Me la enseñaste tú.

—No te pongas poético.

—No estaba siendo poético.

—Peor.

Él sonrió. Después volvió a ponerse serio.

—Podemos escribirnos. Podemos ver si seis meses cambian algo. Podemos no prometer cosas que no sabemos cumplir.

—Eso no es muy romántico.

—Ya me dijiste que no lo intentara romántico.

—No significa que no puedas mejorar.

—Estoy trabajando en eso.

La máquina hizo un ruido extraño y la aguja subió. Bajó. Esta vez no se atascó.

Santos abrió un ojo.

—Si van a coquetear, háganlo lejos de mi inventario.

—No estamos coqueteando —dijimos los dos.

Santos volvió a cerrar el ojo.

—Claro.