40. El lugar que queda abierto
El lugar que queda abierto
El tren salía a las siete con veinte.
Llegué a La Estación con una maleta pequeña, la libreta verde bajo el brazo y más miedo del que cabía en ninguna de las dos cosas. Mi mamá se conectaría por videollamada cuando el tren arrancara; dijo que no quería que yo la viera llorar y luego tener que fingir que no lloraba.
Caleb estaba junto al andén con dos cafés. Me tendió uno.
—¿Lo vas a tomar? —preguntó.
—No.
—Entonces para qué…
—Porque necesito tener algo en las manos.
Él no discutió. Se guardó el suyo en el bolsillo de la chamarra, aunque estaba caliente.
Los altavoces anunciaron la salida con una voz tan impersonal que casi me dio risa. Alrededor, la gente abrazaba maletas, revisaba boletos, peleaba con una máquina que no aceptaba tarjetas. Una niña gritaba porque no quería dejar a su perro.
Caleb miró el tablero de horarios.
—Seis meses pasan rápido —dijo.
—O lentísimo.
—Las dos cosas pueden ser ciertas.
—No digas cosas sensatas. Hoy no.
Él sonrió. Después dejó de sonreír.
—No quiero pedirte que vuelvas igual.
Mi garganta se cerró un poco.
—No voy a volver igual.
—Eso espero.
—Qué grosero.
—No. Quiero decir… —se detuvo, buscando la frase sin esconderse dentro de ella—. Me gustó conocerte como eres ahora. Quiero conocerte después también, si tú quieres.
El tren llegó con un chillido de frenos. Las ventanas reflejaron la estación, las luces, nuestras caras partidas por el vidrio.
—No te voy a prometer cosas —dije.
—No te las pedí.
—Pero voy a escribirte.
Caleb asintió. Sus ojos estaban rojos, pero no se disculpó por eso.
—Yo también.
Nos besamos una vez. Breve. Sin gente aplaudiendo, sin una canción apareciendo de la nada, sin la seguridad de que los besos sirven para decidir algo.
Luego subí al tren.
Desde la ventana lo vi guardar las manos en los bolsillos y dar un paso atrás. No se quedó quieto como una escena final. Miró su reloj, se acomodó la mochila y caminó hacia la salida de la estación antes de que el tren arrancara.
Me gustó que hiciera eso.
Verlo irse no fue fácil. Aun así, su vida no tenía que quedarse detenida para demostrarme que yo importaba.
Abrí la libreta verde. En la primera página vacía pegué la postal de Cora y el hilo rojo de Vera. El llavero de estrella golpeó suave contra el lápiz rojo dentro de mi bolsa.
El tren salió de Seattle.
Durante unos minutos, la ciudad se redujo a azoteas, muelles y paredes con pintura descascarada. Después quedó el mar, gris, al otro lado de la ventana.
Escribí: Chicago . Debajo dibujé una línea roja sin final.