Lo que nadie vio de nosotros 38. Una salida que no es huida
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38. Una salida que no es huida

Una salida que no es huida

El correo decía que tenía cuarenta y ocho horas para responder.

No parecía mucho tiempo para decidir dónde iba a vivir seis meses.

La carta mencionaba una habitación compartida, una beca suficiente para no pedir dinero en casa y un proyecto con barrios que pronto serían demolidos.

También decía que querían una respuesta "a la brevedad".

Odié esa expresión con una intensidad infantil.

Eva fue la primera persona a quien se lo conté.

—¿Quieres ir? —preguntó.

—No sé.

—No te pregunté si es buena oportunidad.

—Sí lo es.

—Tampoco te pregunté eso.

Me quedé sentada frente a ella, con el correo abierto. La oficina estaba llena de cajas porque la residencia también terminaba. Una taza rota servía de recipiente para bolígrafos. En la pared había fotos de antiguos participantes que no reconocía.

—Quiero ir —dije—. Creo. Pero me da miedo que parezca que estoy huyendo de Seattle. De Cora. De Caleb.

Eva se quitó los lentes.

—Irse y huir no son sinónimos. La diferencia está en si eliges el lugar al que vas o solo corres del lugar donde estás.

—Qué fácil suena cuando tú lo dices.

—No dije que fuera fácil. Dije que puedes hacerte una pregunta mejor.

Esa tarde fui a la cancha de Lidia. Ella estaba en las gradas, pelando una naranja como si el tiempo le hubiera dado una tarea permanente.

—Vas a irte —dijo antes de que yo hablara.

—¿Cómo sabes?

—Traes esa cara de quien ya está guardando cosas en la cabeza.

Me senté dos escalones abajo.

—Me ofrecieron trabajar en otra ciudad.

—¿Y quieres?

—Creo que sí.

Lidia me pasó media naranja.

—Entonces ve.

—No es tan fácil.

—Nunca dije que fuera fácil. Dije que fueras.

—¿Y si luego quiero volver?

Lidia se limpió los dedos en un pañuelo.

—Las ciudades no se ofenden porque regreses. Las personas son más complicadas.

Pensé en Caleb. En mi mamá. En Cora, que seguía siendo alguien a quien extrañaba y apenas estaba aprendiendo a conocer otra vez.

Esa noche llamé a mi mamá. Le conté de la beca. Escuchó sin interrumpir, lo cual fue probablemente el regalo más caro que podía darme.

—Vas a ir —dijo cuando terminé.

—¿No quieres decirme que lo piense más?

—Ya lo pensaste demasiado. Además, tu tía se fue a vivir a otra ciudad con una maleta y tres blusas feas. Sobrevivió.

—Mamá, eso fue hace treinta años.

—Las malas decisiones de vestuario no tienen fecha.

Me reí.

—¿Y si no me gusta?

—Entonces vuelves. O te quedas en otro lugar. No te voy a exigir que conviertas seis meses en el resto de tu vida para que parezca una decisión seria.

Después le escribí a Cora.

Me ofrecieron un proyecto fuera. Creo que voy a aceptar.

Tardó una hora en contestar.

Me alegro. Y no porque así te deshagas de mí.

Le respondí una foto de la cancha. Ella mandó un emoji de naranja. Ninguna de las dos mencionó lo raro que era poder escribirnos otra vez.

No le escribí a Caleb hasta la mañana siguiente.

Le pedí que me encontrara en la estación.

—¿Vas a ir? —preguntó cuando se lo dije.

—Sí.

Su cara hizo dos cosas a la vez: se alegró por mí y se rompió un poquito. No intentó esconder ninguna.

—Me alegro —dijo.

—No te sale natural.

—Me sale natural. Solo me cuesta que sea lo único que siento.

Eso era lo más cerca que estábamos de la verdad.

Esa tarde respondí el correo.

Acepto.