Lo que nadie vio de nosotros 37. Lavado Azul
93%

37. Lavado Azul

Lavado Azul

Después de la segunda noche de exposición, Caleb y yo caminamos hasta la lavandería.

No había una razón práctica. Pilar había cerrado hacía horas. El letrero de LAVADO AZUL seguía encendido, incluida la A que antes parpadeaba. Alguien había dejado una bicicleta atada a un poste y el viento movía una bolsa contra la banqueta.

—Tu mapa hizo que llegara gente a preguntar por la cancha —dijo Caleb.

—No es mi mapa. Ya habíamos decidido eso.

—Nuestro mapa, entonces.

—Tampoco te emociones.

—Nunca.

Nos sentamos en las sillas de plástico junto a la entrada. Estaban frías. A través del vidrio se veían las máquinas quietas, redondas y absurdamente importantes.

—Quiero decirte una cosa sin convertirla en una defensa —dijo Caleb.

—Eso suena peligrosamente parecido a una defensa.

—Probablemente. Pero quiero intentarlo.

Lo miré. En la luz azul del letrero, tenía la cara cansada y más honesta de lo que me gustaba admitir.

—Te escucho.

—Guardar el archivo fue cobarde. Usar la privacidad de Cora para no decirte que estuve ahí fue cobarde. Y usar objetos de aquella noche en mi pieza también. No quiero que pienses que ya entendí todo porque pude nombrarlo una vez frente a ti.

No había música. Ni lluvia. Solo una moto que pasó demasiado cerca y alguien discutiendo al teléfono al otro lado de la avenida.

—Bien —dije.

—Eso no es todo.

—Ya sé.

Caleb tomó aire.

—También me gustabas antes de conocer tu nombre. Después me gustaste más y me asusté de que eso volviera todo peor. No lo digo para que me cuides. Lo digo porque fui muy bueno escondiendo lo que sentía y luego fingiendo que esconderlo no afectaba a nadie.

Me quedé mirando mis tenis.

—Yo también escondo cosas —dije—. No archivos. Pero me voy antes de que alguien pueda decirme que lo hice mal. Y a veces hago que mi miedo parezca una decisión muy inteligente.

—Sí.

Levanté la cabeza.

—¿Sí qué?

—Sí lo haces.

Esperaba que se arrepintiera. Que corrigiera la respuesta. No lo hizo.

—Gracias por la delicadeza —dije.

—No quería mentirte.

Me reí, pero el sonido no tenía humor.

—A veces te odio un poco.

—Es justo.

—No hagas que todo parezca justo. Me da ganas de empujarte a una secadora.

Él sonrió.

—La máquina de la izquierda vibra más. Sería peligroso.

—Por fin dices algo útil.

La risa se nos acabó despacio. Caleb miró sus manos.

—No sé si podemos volver a ser lo que éramos hace un mes —dijo.

—No quiero.

Él se quedó quieto.

—No porque no me importes —seguí—. Porque hace un mes yo no sabía muchas cosas. Y porque no quiero volver a gustarte de una manera que me permita ignorarlas.

—Yo tampoco quiero eso.

—¿Entonces qué quieres?

Caleb miró el letrero azul reflejado en el charco de la banqueta.

—Quiero conocerte sin usar el miedo como atajo. Si todavía me dejas.

No hubo una promesa grande. Solo una puerta entreabierta, sin ninguna garantía.

—Puedes intentar —dije.

Caleb no se acercó de inmediato. Esperó. Ese gesto seguía importando, aunque ya no quería que fuera todo lo que tenía para ofrecer.

Me incliné primero y lo besé.

Esta vez no hubo cables enredados ni una máquina soltando dulces. Solo el frío de la noche, el olor a detergente detrás del vidrio y la conciencia completa de que un beso no borraba nada.

Cuando nos separamos, mi teléfono vibró.

Era el correo del programa urbano.

Caleb vio el nombre en la pantalla.

—Tienes que leerlo —dijo.

—No ahora.

—Mara.

—No ahora.

Él asintió.

Guardé el teléfono. Durante unos minutos, el correo pudo esperar.