Lo que nadie vio de nosotros 36. La exposición sin testigos
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36. La exposición sin testigos

La exposición sin testigos

La gente llegó a la exposición en grupos de tres y de cuatro, pero Eva los hizo entrar de uno en uno.

En recepción había una caja verde de herramientas con una nota encima: AQUÍ NO SE GRABA A NADIE. Al lado, Óscar repartía fichas de cartón numeradas y explicaba con la seriedad de un guardia de museo que los teléfonos se devolvían al final.

—¿Y si necesito contestar una llamada? —preguntó un hombre con traje.

—Entonces quizás hoy no es buen día para una exposición —respondió Óscar.

El hombre pareció ofendido. Óscar siguió llenando su crucigrama.

Desde detrás de una pared de tela, yo escuchaba las decisiones del público. Pasos que se detenían. Una placa que cedía bajo una mano. La puerta diminuta de la lavandería abriéndose. La malla de la cancha movida con cuidado. Una luz que volvía a encenderse al fondo del mapa.

No había nombres en las paredes.

No había fotos de caras.

Solo el mapa en el suelo, las piezas de Mateo marcando giros, los hilos de Vera suspendidos arriba y los mecanismos pequeños que Caleb había instalado en cada parada.

Una chica tardó mucho frente a la silla roja que habíamos puesto al final del recorrido. No se sentó. Pasó la mano por el respaldo arreglado con cinta gris y se quedó quieta.

Escuché que lloraba.

El impulso de entrar a preguntarle si estaba bien me atravesó como una aguja.

No entré.

No porque no me importara. Porque esa experiencia no necesitaba mi cara para ser real.

Al salir, la chica le devolvió el teléfono a Óscar y le preguntó si podía volver a entrar.

—Con otra ficha —dijo él.

Ella sonrió a través de las lágrimas.

—Está bien.

La exposición siguió llena hasta que oscureció. Paula vino con un cuaderno pequeño y se quedó al final de la fila. No tomó fotos. Cuando salió, me hizo un gesto de despedida desde lejos. Yo se lo devolví.

La cuenta de la V negra no apareció. Cora había bloqueado a Violeta; Eva guardaba las capturas y el correo de la residencia ya tenía una respuesta lista si volvía a llegar algo.

Eso no borraba el video ni lo que había hecho con nuestras vidas.

Solo significaba que esa persona ya no iba a decidir qué pasaba dentro de Ronda.

Durante cuatro horas, no revisé el teléfono.

Cuando por fin salí al patio, Caleb estaba sentado junto a la bicicleta sin cadena. Tenía una ficha de cartón entre los dedos.

—¿No entraste? —pregunté.

—Entré antes de que abrieran.

—¿Y?

—El tren me hizo pensar en mi abuela.

—Eso es muy específico.

—Ella vivía cerca de las vías. Decía que a cierta hora el tren hacía vibrar los vasos de la cocina.

Me senté en el borde de la jardinera, a su lado.

—Me gustó la silla roja —dijo.

—Mateo la arregló mal a propósito.

—Creo que la arregló como pudo.

—Eso también.

Dentro, alguien empujó la pequeña palanca de la máquina de dulces. Una bolsa de tela cayó en un compartimento y una niña se rio como si el mapa le hubiera contestado.

Caleb me miró.

—¿Estás bien?

Pensé en la pregunta. Antes habría querido decir una frase perfecta. Esa noche solo encogí un hombro.

—Estoy cansada. Estoy orgullosa. Estoy asustada de que se acabe.

—Yo también.

No nos besamos.

Nos quedamos sentados hasta que Eva salió a decir que se había acabado el pan y que Mateo estaba intentando cobrarle a un visitante con una piedra de barro.