Lo que nadie vio de nosotros 33. Nadie entra igual
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33. Nadie entra igual

Nadie entra igual

La semana de la exposición convirtió a Ronda en un lugar donde nadie sabía dónde había dejado sus tijeras.

Había cajas de cables en el pasillo, listas pegadas con cinta a cada puerta y alguien había escrito NO MOVER sobre una escalera que todo el mundo seguía moviendo.

Eva caminaba con un radio que no usaba. Mateo dormía tres horas por noche porque quería terminar veinte piezas cuando solo necesitaba doce.

Vera cosía de pie mientras hablaba por teléfono con la persona del taller municipal sobre medidas de mesas.

—No, no quiero que me guarden el rincón oscuro —dijo Vera, con una calma que era peor que gritar—. Pedí una mesa junto a la ventana porque trabajo con color. No es una decoración.

Se quedó escuchando. Luego cerró los ojos.

—No. No voy a esperar a que alguien falte para tener lugar. Paso mañana a ver el espacio y hablamos ahí.

Colgó. Mateo levantó la cabeza desde el suelo.

—¿Todo bien?

—No —dijo Vera—. Pero voy a ir de todos modos.

Eva dejó su radio sobre una caja.

—Eso suele ser una buena forma de empezar.

Vera volvió a coser. Esta vez el hilo amarillo no se enredó entre sus dedos.

Yo dormía poco y fingía que era por trabajo.

Mi mamá me mandaba mensajes a las siete de la mañana.

¿Comiste?

¿Estás tomando agua o solo café de utilería?

No contestes si estás ocupada. Solo quería molestarte.

Le respondía con fotos de cinta adhesiva y mapas. Ella contestaba con corazones que me daban vergüenza y paz al mismo tiempo.

Caleb no intentaba cuidar mi cansancio. Eso habría sido demasiado parecido a cuidar de mí sin preguntarme. En cambio, dejaba cosas cerca: una botella de agua sobre mi mesa, una barra de cereal junto al plano, un cargador cuando el mío desaparecía.

Una noche encontré dos vasos de sopa junto a la pared. Uno tenía una nota escrita con marcador negro.

UNO ES DE TOMATE. EL OTRO NO. ADIVINA.

Busqué a Caleb. Estaba al final de la escalera, poniéndose la chamarra.

—¿Te vas? —pregunté.

—Dijiste que hoy querías trabajar sola.

—Sí.

—Entonces me voy.

—¿Y la sopa?

—La sopa no habla.

—Eso nunca lo sabemos contigo.

Caleb sonrió, cansado. Tenía ojeras que no le había visto antes.

—La de la izquierda no es de tomate —dijo—. Creo.

—Eso no inspira confianza.

—No era una promesa.

Se quedó quieto después de decirlo. Yo también.

No por la frase en sí. Por cómo nos había sonado conocida.

—Buenas noches, Caleb —dije.

—Buenas noches, Mara.

Comí la sopa que no era de tomate. Tenía zanahoria, papa y demasiada pimienta. Era mejor de lo que quería admitir.

Al día siguiente llegó un correo para mí.

El asunto decía: Programa de mediación urbana de Chicago — selección preliminar.

Lo abrí de pie, junto a la impresora.

Me ofrecían seis meses en Chicago, trabajando con un grupo que hacía mapas de barrios que iban a ser demolidos. Había una beca modesta, una habitación compartida y una fecha de inicio dos semanas después de que terminara la residencia.

Leí el correo tres veces.

No se parecía a una salida de emergencia. Eso me asustó más.

Guardé el teléfono en el bolsillo y seguí cortando papel.

No se lo dije a nadie ese día.

No porque fuera un secreto.

Porque quería escuchar mi propia voz antes de que todos los demás tuvieran una opinión.