Lo que nadie vio de nosotros 34. Un nombre dicho bien
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34. Un nombre dicho bien

Un nombre dicho bien

Cora llegó el viernes con una bolsa de pan y una regla metálica de treinta centímetros.

—La panadería de abajo estaba a punto de cerrar —dijo, dejándola en la mesa—. No sé qué comen los artistas cuando están estresados, pero esto parecía menos triste que galletas de máquina.

Mateo abrió la bolsa antes de que nadie pudiera agradecerle.

—Cora —dije.

Solo su nombre. Sin introducirla como mi exmejor amiga, sin mirar a Caleb, sin esperar que ella entendiera cuánto costaba decirlo así.

Cora levantó la vista.

—Hola.

—Hola.

Vera se acercó desde la pared donde estaba midiendo el hilo rojo.

—Me gustaron mucho las fotos de tus portadas —dijo—. Eva me enseñó algunas.

Cora parpadeó.

—¿Mis portadas?

—Las de los libros de la librería. ¿No trabajas ahí?

—Sí. Bueno, hago las mesas y las fotos para las recomendaciones. No son portadas de verdad.

—Siguen siendo portadas para alguien.

Cora pareció no saber qué responder. Miró el pan como si tuviera instrucciones escritas.

—Gracias —dijo al fin.

No vino por mí. Eso era evidente. En veinte minutos había movido dos alfileres, corregido una fecha del mapa y explicado por qué el recorrido necesitaba una salida visible aunque la gente no la usara.

—Si alguien entra a un lugar y no sabe por dónde salir, no se queda más atento —dijo—. Se queda nervioso.

Yo la miré.

Ella me devolvió la mirada.

—Es una opinión de diseño —añadió.

—Es buena.

—Lo sé.

Caleb estaba ajustando un foco al fondo. Al escuchar su voz, se detuvo. Cora caminó hasta él sin pasar por mí.

—¿Tienes un minuto? —preguntó.

Caleb dejó el cable sobre la mesa.

—Sí.

Salieron al patio.

Mi primera reacción fue seguirlos con los ojos. La segunda fue obligarme a mirar otra cosa. Vera me pasó un alfiler.

—¿Este rojo o este rojo? —preguntó.

Los dos rojos eran casi idénticos.

—El de la izquierda.

—Sabía que ibas a decir eso.

—¿Entonces para qué preguntas?

—Porque necesito que alguien comparta la culpa de las decisiones mínimas.

Fuera, Cora y Caleb hablaban bajo. No podía oírlos. Eso era parte del punto.

Cuando volvieron, Cora traía algo pequeño cerrado en el puño. Caleb tenía la cara pálida.

—¿Todo bien? —preguntó Mateo, con la boca llena de pan.

—No preguntes eso con pan en la boca —dijo Cora.

—No has contestado.

—Estamos trabajando —dijo ella.

Mateo asintió como si esa fuera una respuesta válida. Tal vez lo era.

Antes de irse, Cora me ayudó a pegar una esquina del mapa que se levantaba del piso. Sus dedos rozaron los míos. Ninguna se apartó de golpe.

—La escalera quedó bien —dijo.

—Fue tu idea.

—Fue nuestra discusión sobre una idea.

—Eso también cuenta.

Cora miró el mapa, no a mí.

—Sí. Cuenta.