32. La liga negra
La liga negra
Encontré mi liga negra en la caja de herramientas de Caleb.
Estaba enrollada alrededor de un rollo de cinta aislante, limpia y quieta entre los destornilladores. La había perdido la noche del beso; pensé que se había quedado en la papelería o en algún bolsillo de mi chamarra.
Caleb estaba al fondo del salón, ayudando a Eva a colgar una lámpara. No lo llamé.
Tomé la liga y me la puse en la muñeca.
El gesto fue tan normal que me dio rabia. Durante semanas, esa liga había sido algo que apretaba cuando quería desaparecer. Ahora solo era una liga. Negra, estirada, un poco más floja de lo que recordaba.
Caleb me vio cuando bajó de la escalera.
—La encontraste.
—Estaba en tu caja.
—Iba a devolvértela.
—¿Cuándo?
—Cuando no pareciera una excusa para hablarte.
—Eso habría sido hace mucho.
Él dejó la lámpara sobre la mesa.
—Sí.
Me até el cabello con la liga. Caleb no dijo que se veía bien. Fue un alivio extraño.
—No sé si puedo quererte como antes —dije.
La frase se me escapó porque estábamos solos. Porque el salón olía a cinta, café y yeso. Porque él ya no parecía a punto de usar cualquier pausa para defenderse.
Caleb miró la pared donde Vera medía un hilo.
—No quiero que me quieras como antes.
—No sabes lo que quiero decir.
—Creo que sí. Antes no sabías quién era yo esa noche. Ahora sí sabes una parte. No quiero que borres eso para que sea más fácil estar conmigo.
No había forma bonita de responderle. No quería una.
—Me duele porque sí quería hacerlo —dije—. Quería que fuera sencillo contigo.
—A mí también.
—¿Y qué hacemos con eso?
Caleb miró el botón de la cancha, todavía abierto sobre la mesa.
—Hoy, terminamos la obra.
Me reí, cansada.
—Qué respuesta tan poco romántica.
—Es la única que tengo ahora.
—Bueno.
Volvimos a trabajar.
Más tarde, cuando todos se fueron a cenar, encendí la lámpara amarilla del rincón y dejé mi liga sobre la mesa. Caleb se sentó al otro lado. No tan cerca como para que nuestras rodillas se tocaran. No tan lejos como para fingir que no estábamos ahí.
La ciudad pasó detrás de los cristales: un silbato, ruedas sobre el pavimento, una puerta de metal que alguien cerraba con demasiada fuerza.
Me recogí el cabello sin mirarlo.
Caleb siguió ahí.