31. La pieza que falta
La pieza que falta
El montaje empezó con una discusión sobre un enchufe.
Mateo decía que la pared norte necesitaba sus piezas de barro.
Vera decía que la pared norte tenía humedad y sus hilos se iban a arruinar.
Caleb decía que la pared norte era la única con acceso fácil a corriente.
Eva tenía un presupuesto abierto en la computadora y una vena palpitándole junto a la ceja.
—No podemos tener tres instalaciones en la pared norte —dijo por quinta vez.
—Eso es exactamente lo que diría alguien sin visión —respondió Mateo.
—Eso es exactamente lo que diría alguien que no sabe de electricidad —dijo Caleb.
Mateo lo señaló con un pedazo de arcilla.
—No me hables de electricidad, hombre que casi incendia una lámpara el primer día.
—La lámpara tenía cables de 1989.
—Y tú tienes manos de 2026.
—Basta —dijo Vera, aunque estaba riéndose.
Yo estaba sentada en el suelo, intentando decidir dónde empezaba el recorrido del mapa. Tenía diez alfileres clavados entre los labios y una cinta métrica enrollada alrededor del cuello. Cada vez que levantaba la vista, alguien discutía desde un ángulo distinto.
Por primera vez en días, no pensé en el video.
Pensé en una pared llena de humedad y en que nada cabía donde todos queríamos que cupiera.
—El recorrido empieza en la escalera —dije.
Nadie me oyó.
—El recorrido empieza en la escalera —repetí, más fuerte.
El salón se calló.
—No vamos a hacer que la gente entre y vea todo desde afuera —seguí—. Primero bajan. Tienen que guardar el teléfono. Luego eligen una ruta. El mapa no va en la pared norte. Va en el piso, desde la escalera hasta la lavandería dibujada.
Mateo miró su barro. Vera miró sus hilos. Caleb miró el plano eléctrico.
—Eso deja libre la pared norte —dijo Eva.
—Y evita que la gente se amontone sobre el mapa —dijo Caleb.
—Mis piezas pueden marcar los cambios de ruta —dijo Mateo.
—Y yo puedo colgar el hilo arriba, no sobre el suelo —dijo Vera.
La solución no se sintió brillante. Se sintió como cuando logras que una mesa coja deje de moverse metiéndole un papel doblado bajo una pata.
Funcionaba.
Al mediodía, Mateo recibió una llamada de Puente Norte. Se fue al patio para contestar, pero todos escuchamos su grito cuando volvió.
—¡Me dieron un horno!
Vera se tapó los oídos. Eva levantó los brazos como si hubiera ganado una competencia que no quería correr.
—¿Un horno de verdad? —pregunté.
—Un horno pequeño, usado y con una puerta que se traba. Pero sí. Ahora los talleres existen.
—Ya existían —dijo Vera.
—Ahora existen con fuego controlado.
Mateo me levantó del suelo antes de que pudiera protestar y me dio una vuelta torpe. Después abrazó a Caleb. Caleb se quedó duro un segundo y luego le dio dos palmadas en la espalda, como si estuviera siguiendo instrucciones de emergencia.
—Estoy orgulloso de ti —dijo.
Mateo se separó, sorprendido.
—No hagas eso. Ahora voy a tener que ser una persona.
Caleb sonrió. De verdad.
Más tarde, mientras conectábamos las placas móviles del mapa, una dejó de responder. Caleb la abrió, cambió un cable, la probó. Nada.
—¿Quieres que lo intente? —pregunté.
Él me entregó el destornillador sin explicarme de más.
—Aquí —dijo, señalando un punto—. No aprietes demasiado.
—Eso dijiste de la máquina de dulces.
—Y funcionó.
—Después de que una niña nos llamara raros.
—Fue una crítica válida.
Trabajamos diez minutos con las cabezas inclinadas sobre la misma placa. Al final, la malla de metal dio un salto breve bajo nuestros dedos y el hilo rojo que Vera había pasado por dentro se tensó hasta dibujar una ruta nueva.
No nos miramos enseguida.
—Funciona —dije.
—Sí.
—No hagas de eso una gran cosa.
—No iba a hacerlo.
Pero su sonrisa duró hasta que cayó la tarde.