30. No hace falta guardar esto
No hace falta guardar esto
La noticia local no tenía nada que ver con el video.
Decía: SEATTLE AbrE SUS ESTUDIOS A UNA NUEVA GENERACIÓN DE ARTISTAS. Debajo salía una foto de la fachada de Ronda, tomada desde una esquina donde nadie parecía tener cara.
Me molestó igual.
La periodista, Paula, volvió al edificio el martes con una libreta y una bolsa de pan dulce. Eva la dejó entrar al salón común, pero no la dejó subir a los talleres.
—No voy a hacer preguntas personales —dijo Paula al grupo—. Vine a hablar de la exposición.
—Eso dicen todos antes de preguntar qué nos inspira —murmuró Mateo.
Paula lo escuchó.
—¿Qué te inspira, Mateo?
—El barro. Las facturas. Mi tío que hace muebles horribles.
Paula anotó algo sin reírse. Eso la hizo subir medio punto en mi lista imaginaria.
Cuando llegó mi turno, sentí la garganta cerrarse.
—No quiero hablar de mi vida —dije antes de que preguntara.
—No te lo iba a pedir.
—Bien.
—¿Quieres hablar del mapa?
Miré la maqueta sobre la mesa. Vera había cosido una línea amarilla que atravesaba la estación y se perdía bajo una puerta. Mateo había hecho dos piedras de arcilla que no parecían piedras. Caleb tenía una caja de botones esperando ser conectada.
—Es un mapa de lugares que siguen ahí aunque nadie los convierta en una historia —dije.
Paula escribió despacio.
—¿Y qué espera que haga alguien al recorrerlo?
La pregunta era buena. Odié que fuera buena.
—Nada específico. Que se dé cuenta de dónde está, quizá.
—¿Por qué eso importa?
Pensé en Cora frente al televisor. En la cancha de Lidia. En la puerta de la residencia, con un chico que había puesto mi nombre en un comentario sin pensar.
—Porque no todo lo que existe necesita convertirse en prueba de algo.
Paula levantó la vista.
—¿Puedo citar eso?
La vieja versión de mí habría dicho que sí para sonar inteligente. La versión de mí que estaba aprendiendo a existir tardó un segundo.
—No.
Paula tachó la línea sin hacer una cara rara.
—Perfecto.
Después de que se fue, Eva cerró la puerta y sacó un pliego de cartón.
—Necesitamos un cartel para la exposición —dijo.
—"No hace falta guardar esto" —propuso Vera.
—Suena a baño de estación —dijo Mateo.
—Los baños de estación tienen límites excelentes.
Caleb se acercó al cartón con un marcador negro.
—¿Qué tal: "No hace falta guardar esto"?
Me gustó de inmediato. Por eso no lo dije.
—Es muy directo —comentó Eva.
—Bien —dije—. Que sea directo.
Caleb escribió las palabras despacio. Yo puse una línea roja debajo. Vera bordó una esquina del cartón con hilo del mismo color. Mateo dejó una huella de arcilla accidental junto a la A.
—No la borres —dijo—. Ahora parece hecho por humanos.
Más tarde, cuando todos salieron, encontré mi teléfono vibrando sobre la mesa.
La cuenta de la V negra había escrito otra vez.
¿Vas a seguir escondiéndote detrás de una exposición? No conviertas esa noche en una historia para quedar bien.
No respondí.
Fui a buscar a Eva. Le mostré el mensaje. Ella lo guardó en una carpeta con capturas y me preguntó si quería hablar con la policía.
—No todavía —dije.
—Está bien. Pero vamos a documentarlo.
—No quiero que se vuelva más grande.
—Documentar no es hacer grande algo. Es dejar constancia de que ocurrió.
Esa diferencia también importaba.
Esa noche, Cora me mandó una foto del cartel que yo había subido al grupo de la residencia. Solo escribió: Bien.
No era mucho.
Me alcanzó.