27. La parte de Cora
La parte de Cora
La casa de Cora estaba sobre una florería que no abría los lunes.
Llegué a las cinco menos dos y me quedé frente al escaparate vacío hasta que ella bajó a abrirme. Llevaba calcetines distintos: uno verde, uno gris. En una mano tenía la tarjeta de memoria; en la otra, un control remoto.
—Sube —dijo.
Su departamento era más pequeño de lo que imaginaba. Una sala con un sofá azul, una cocina que apenas cabía entre dos paredes y una mesa cubierta por libros que tenían papeles de colores saliendo de todos lados. Había una planta enorme junto a la ventana, inclinada hacia la luz.
—La compré porque una señora me dijo que era imposible matarla —dijo Cora al ver que la miraba—. Me mintió.
—Sigue viva.
—De puro rencor.
Puso una jarra de agua sobre la mesa. No ofreció café. Sabía que yo lo pediría y no lo tomaría.
La pantalla del televisor era pequeña. Cora conectó la tarjeta a una computadora vieja y abrió la carpeta sin mirar los nombres de los archivos.
—Solo voy a poner desde que sales a la terraza hasta que vuelves —dijo—. Si quiero parar, paramos.
—Está bien.
—No me digas que está bien como si esto fuera una junta.
—Perdón.
—Eso sí puedes decirlo.
El video empezó.
No había música dramática. Solo una toma fija y borrosa desde un pasillo. Al fondo, detrás de un vidrio, se veía una parte de la terraza. Gente caminaba frente a la cámara. Una sombra cruzaba cada tanto. La fecha estaba en una esquina, blanca y cruelmente pequeña.
Me vi salir.
Llevaba la misma chamarra amarilla de la Polaroid. Cora estaba sentada en el suelo, contra la pared. Yo me agachaba frente a ella. No se oía lo que decíamos.
La imagen no me devolvió una respuesta. Me devolvió mi cuerpo de hace dos años, moviéndose como si hubiera tenido todo el tiempo del mundo.
Me levanté. Entré al departamento. Volví con la bolsa de Cora en la mano.
Hasta ahí, la parte que yo había repetido durante meses: volví.
Después dejé la bolsa junto a ella. Mi teléfono vibró. Miré la pantalla.
Cora levantó una mano hacia mí. No para pedirme ayuda. Para que me quedara sentada.
Yo di un paso hacia la puerta.
La cámara no tenía audio, pero mi boca se movió. Cora la imitó en silencio desde el sofá.
No armes una escena.
El video siguió unos segundos más. Cora se quedó quieta. Yo salí de cuadro.
Ella pausó la imagen. Luego retrocedió unos segundos y señaló la hora blanca de la esquina.
—El video que se hizo famoso termina cuando sales —dijo—. Esto sigue nueve minutos más.
Volvió a darle play. Me vio regresar con la bolsa. Me vio dejarla en el suelo. Me vio mirar mi teléfono. Me vio salir otra vez. También mostró a una chica de chamarra violeta entrando a la terraza mucho después, cuando ya había más gente alrededor.
—Alguien tomó lo que convenía de dos momentos distintos —dijo Cora—. Lo puso seguido y escribió una historia encima.
—Pero yo sí dije eso.
—Sí.
—Y sí me fui.
—Sí.
La verdad no cambió de forma solo porque tuviera más minutos. Seguía siendo difícil de mirar. Pero dejaba de ser la película corta que otras personas habían armado con mi cara.
Durante un momento solo existió el rectángulo congelado de la pantalla y el zumbido del refrigerador.
—Yo no me fui porque pensara que estabas exagerando —dije.
Cora giró hacia mí.
—¿Eso quieres decirme?
—No. Quiero decirte que tenía miedo. Que vi tu cara y no entendí qué hacer. Y que, en lugar de aceptar que no entendía, te hice sentir como si fueras el problema.
Cora se quedó mirando sus manos.
—Eso sí pasó.
—Sí.
—Y yo tampoco te dije que estaba a punto de romperme. Esperé que supieras leerme porque eras mi mejor amiga. No es justo, pero lo hice.
—No tenías que explicármelo perfecto para que me quedara.
Le tembló una esquina de la boca. No era una sonrisa.
—No. Pero tampoco tenías que convertir el volver con mi bolsa en una prueba de que lo hiciste todo bien.
La frase me dolió porque era exacta.
—No lo hice todo bien.
—Ya sé.
—Y si la gente cree otra cosa, no puedo usar esto para obligarlos a cambiar de opinión.
Cora dejó el control remoto sobre la mesa. Luego cerró la computadora.
—No quiero que ese video exista en mi vida —dijo—. Pero tampoco quiero que tú sigas viviendo contra él. Son cosas distintas.
—¿Qué vas a hacer con la tarjeta?
—No sé.
Me reí una vez, sin humor.
—Es contagioso.
—Cállate.
Nos quedamos sentadas en el suelo. La planta se inclinaba hacia la ventana como si alguien la estuviera llamando desde la calle.
—Puedes dejar de ser la villana de ellos —dijo Cora— sin convertirte en la heroína de esta historia.
No escribí la frase. No la guardé en una nota. La dejé caer donde cayó.
—¿Vamos a ser amigas otra vez? —pregunté.
Cora soltó aire por la nariz.
—No sé si sé ser tu amiga todavía.
—Yo tampoco sé si sé ser la tuya.
—Eso es lo más sensato que has dicho hoy.
—Qué amable.
—No vine a ser amable.
Pero cuando me fui, me dio una mandarina para el camino.
La guardé en el bolsillo sin pelarla.