Lo que nadie vio de nosotros 26. La caja que no se abre
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26. La caja que no se abre

La caja que no se abre

Cora aceptó vernos en la biblioteca de La Estación.

No dijo a los dos . Dijo: Traigan la caja. A las cuatro. No lleguen tarde.

Caleb leyó el mensaje tres veces. Después dejó el teléfono sobre la mesa y empezó a recoger sus herramientas una por una, aunque ninguna estaba fuera de lugar.

—No hace falta que vengas —dijo.

—No decidas eso.

—No lo estoy decidiendo. Te lo estoy diciendo.

—Suena igual.

Caleb dejó una llave pequeña dentro del estuche. El clic del metal contra el metal fue más fuerte de lo que debía.

—Mara, no quiero que vuelvas a sentir que esto está pasando sobre tu cabeza.

—Pues no hagas que pase sobre mi cabeza.

Lo dije con más dureza de la necesaria. Él se quedó quieto.

—Está bien —dijo—. Ven conmigo si quieres.

No hubo nada que celebrar. Solo una conversación torpe entre dos personas que todavía convertían cualquier petición en un examen.

La caja estaba en la oficina de Eva. Verde oscuro, del tamaño de un libro grueso, cerrada con cinta de papel y dos firmas en la parte de arriba: Cora Ibarra y Caleb Duarte. Mi nombre no aparecía.

Me dolió y, al mismo tiempo, me pareció correcto.

Eva nos la entregó sin ceremonias.

—No necesito saber qué hacen —dijo—. Solo quiero que sepan que, si alguien vuelve con ganas de romper algo, aquí hay vasos de plástico.

—Qué apoyo tan específico —dije.

—He coordinado residencias ocho años. Las personas creativas tienen pésima puntería con los sentimientos y excelente puntería con las tazas.

La biblioteca estaba casi vacía cuando llegamos. Cora ocupaba una mesa al fondo, junto a las ventanas que daban a las vías. Llevaba una camiseta blanca, un pantalón azul marino y un lápiz atravesado en el moño de pelo. Tenía delante un cuaderno abierto, pero no estaba leyendo.

Miró la caja primero.

Después a Caleb.

Después a mí.

—Llegaron —dijo.

—Eso suele pasar cuando nos ponen hora —contesté.

Caleb me miró. Cora también. No era momento para una broma, pero ya estaba dicha.

Nos sentamos. La caja quedó en medio como una cuarta persona.

—No quiero verla hoy —dijo Cora.

Caleb dejó de respirar un segundo.

—Está bien.

—No dije que estuviera bien. Dije que no quiero verla hoy.

—Sí.

Cora apoyó los dedos sobre la cinta.

—Quiero saber cuántas copias existen.

—Esta es la única —dijo Caleb—. Las otras las borré delante de Eva la semana pasada.

—¿Las borraste antes de preguntarme?

Él levantó la mirada.

—Sí.

—Claro que sí.

Caleb abrió la boca. Cora levantó una mano.

—No. No me expliques por qué. Ya entendí tu patrón.

La frase cayó limpia. Él bajó los ojos.

Yo tenía ganas de defenderlo. La sensación me avergonzó antes de que pudiera hacer nada con ella.

—Cora —dije—. Si quieres que me vaya, me voy.

Ella me miró como si no esperara la pregunta.

—No quiero que te vayas —dijo—. Quiero que no hables por mí cuando salgamos de aquí.

—No voy a hacerlo.

—Y no quiero que uses lo que veamos para arreglar lo que la gente piensa de ti.

La biblioteca olía a papel húmedo. Afuera, una paloma golpeó el vidrio y siguió de largo.

—No sé qué va a pasar cuando lo vea —dije—. Pero no voy a subirlo ni a usarlo. No voy a contar tu parte para que la mía parezca mejor.

Cora sostuvo mi mirada. No sonrió. Algo en sus hombros bajó apenas.

—Bien.

Sacó la tarjeta de memoria de la caja. Era negra, sin nada escrito. La puso sobre el cuaderno.

—Entonces mañana —dijo—. En mi casa. Solo nosotras dos.

Caleb asintió.

—¿Quieres que la lleve?

—No.

Cora tomó la tarjeta y se la guardó en el bolsillo de la camisa.

Caleb la vio desaparecer ahí. Parecía estar dejando caer algo muy pesado sin mover una mano.

—¿Qué haces con la pieza? —preguntó Cora.

—La rehago.

—¿Sin la fiesta?

—Sin la fiesta.

—¿Y de qué va a tratar?

Caleb abrió la boca. La cerró. Por una vez, no tenía una respuesta lista.

—Todavía no sé —dijo.

Cora asintió. Luego se levantó, recogió su cuaderno y miró hacia mí.

—Mañana a las cinco.

—Voy a estar.

Cuando se fue, Caleb siguió sentado. Sus manos estaban debajo de la mesa, abiertas sobre las rodillas.

—No hace falta que me acompañes a la residencia —dije.

—No iba a hacerlo.

—Eso sonó feo.

—Lo sé. —Su cara cambió de inmediato—. Perdón. Estoy intentando no hacer de este día algo sobre mí y, al parecer, lo estoy logrando de una forma insoportable.

Me reí a pesar de mí.

—Mañana no me escribas hasta que yo te escriba.

—Está bien.

—Y come algo.

Caleb me miró.

—¿Eso es una orden?

—Es información.

Por primera vez desde que entramos a la biblioteca, sonrió.