Lo que nadie vio de nosotros 25. Después de la máquina
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25. Después de la máquina

Después de la máquina

Caleb me acompañó hasta la residencia sin intentar tomarme la mano.

Eso habría sido lo correcto, supongo. También habría sido más fácil si yo hubiera sabido qué hacer con mis manos. Las llevé en los bolsillos de la chamarra y jugué con una moneda que encontré ahí, aunque no recordaba haberla guardado.

La calle estaba húmeda. Había llovido mientras estábamos en la papelería y Seattle olía a piedra mojada, a fritanga vieja y a mar. Pasamos frente a la ventana de la pescadería, donde un hombre lavaba el piso con una manguera azul. No hablamos durante dos cuadras.

—¿Te arrepientes? —preguntó Caleb.

Me detuve.

—¿De qué parte?

La pregunta le cayó mal. Se le notó. Miró los charcos antes de contestar.

—Del beso.

—No.

—Bien.

—Pero tampoco sé qué hacemos ahora.

Caleb asintió demasiado rápido.

—No tenemos que hacer nada.

—No empieces con eso.

—No, digo… —se pasó una mano por el cabello—. No quiero asumir que significa que estamos juntos. Ni asumir que no significa nada. No sé cuál de las dos cosas te molestaría más.

La sinceridad tenía una forma poco elegante de aparecerle. Agradecí eso.

—Me molestaría que decidieras cualquiera sin preguntarme.

—Entonces pregunto.

—No quiero una entrevista, Caleb.

Él soltó el aire por la nariz. Algo entre una risa y una derrota.

—Estoy intentándolo.

—Ya sé.

Seguimos caminando. Al llegar al puente peatonal que cruzaba las vías, él se apoyó en la baranda. Un tren detenido parecía una fila de habitaciones sin luces.

—Me gustó besarte —dijo.

—Eso sí sonó como un discurso.

—Era información.

—Muy romántica.

—No sé hacer romántico sin sentir que voy a romper algo.

La frase me dejó mirándolo de otra manera.

—Entonces no lo hagas romántico.

Caleb sonrió apenas.

—Me gustó besarte —repitió—. Y mañana voy a seguir teniendo que quitar una parte de mi pieza y hablar con Cora. Una cosa no arregla la otra.

—Bien.

—¿Bien?

—Bien que lo sepas.

No nos besamos otra vez. Llegamos a la residencia, saludamos a Óscar y subimos por escaleras distintas. A mitad del segundo piso, volteé.

Caleb seguía abajo, mirando el descanso como si hubiera olvidado a qué cuarto iba.

—Caleb.

—¿Sí?

—No desaparezcas mañana.

Él sostuvo mi mirada.

—No voy a hacerlo.

La promesa no me tranquilizó del todo.

Pero dormí seis horas seguidas. En esos días, eso ya era una noticia.

A la mañana siguiente, la residencia olía a café quemado y a pintura fresca. Mateo había instalado una de sus piezas de barro junto a la escalera. Parecía una piedra enorme con una abertura en medio.

—¿Es un florero? —pregunté.

—Es una casa para el ruido —dijo.

—Eso no responde.

—Entonces funciona.

Vera apareció con una carpeta bajo el brazo y una sonrisa que le duró medio segundo.

—Me aceptaron el espacio del taller municipal —dijo.

—¿En serio? —pregunté.

—Sí. Un mes, en noviembre. No sé si voy a poder pagar suficiente tela, pero el lugar tiene ventanas enormes y una mesa de corte que nadie usa.

Me abrazó antes de que pudiera felicitarla. Vera abrazaba como si tuviera miedo de estar ocupando demasiado espacio, incluso cuando la alegría era suya.

—Eso es increíble —le dije.

—Todavía no sé qué voy a hacer ahí.

—Eso nunca te ha detenido.

—Me ha detenido muchísimo. Solo no lo subo a redes.

Mateo hizo un ruido aprobatorio junto a su piedra-casa.

En la mesa de la cocina había un sobre con el nombre de Caleb. No era una carta. Era una notificación de Eva, impresa y doblada en dos.

Él la leyó mientras yo servía agua. Su cara cambió antes de que pudiera fingir que no.

—¿Qué pasó? —preguntó Vera.

Caleb dejó el papel sobre la mesa.

—La persona de la cuenta escribió al correo de la residencia.

Eva entró detrás de él con el teléfono en la mano.

—No mencionó nombres —dijo—. Solo dice que tiene "material" sobre una de las residentes y que sería irresponsable ignorarlo.

Mateo dejó de sonreír.

—¿Qué quiere?

—Una entrevista. Y entrar a la exposición.

—Que se vaya a freír espárragos —dijo Vera.

—Eso no es una respuesta oficial —dijo Eva.

—Puede serlo si lo bordamos bonito.

Yo miré el papel. No quise tocarlo. Las letras eran normales. Eso era lo peor de las amenazas: la caligrafía no avisaba nada.

—No voy a hablar con esa persona —dije.

—No estás obligada a hacerlo —respondió Eva.

Caleb me miró de reojo. Yo levanté una mano antes de que pudiera decir algo parecido.

—Ya sé. Lo estoy diciendo porque es mi decisión.

Eva asintió.

—Entonces yo respondo que la residencia no concede entrevistas sobre la vida privada de sus participantes. Y reforzamos la regla de no grabar.

No resolvía lo que estaba afuera, pero cerraba una puerta. Para ese día, bastaba.

Caleb recogió el sobre.

—Tengo que ver a Cora —dijo.

El beso de la tarde anterior pareció quedar en otra ciudad.

—Sí —contesté—. Tienes que verla.

Él no me pidió que fuera con él.

Yo no se lo ofrecí.