Lo que nadie vio de nosotros 24. Un lugar para dejar las llaves
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24. Un lugar para dejar las llaves

Un lugar para dejar las llaves

Al día siguiente, el primer mensaje que abrí no era de Cora, ni de mi mamá, ni de la cuenta con la V negra.

Era de Caleb.

La máquina de dulces de tu mapa tiene una pieza floja. La mujer de la papelería dijo que, si quieres revisarla otra vez, hoy cierra a las seis.

Lo leí desde la cama, con la sábana enredada en una pierna y el pelo hecho un nido. Había algo ridículo en que la vida siguiera incluyendo máquinas de dulces después de una noche en la que le conté a mi mamá cosas que llevaba dos años evitando.

Le respondí:

¿Cómo sabes que tiene una pieza floja?

Tardó menos de un minuto.

Me mandó una foto. Dice que tú eres la única persona que ha escrito algo bonito sobre esa máquina y que sería una irresponsabilidad no arreglarla.

Pensé en dejar el teléfono. Pensé en decir que no. Pensé en todas las razones legítimas por las que no quería pasar una tarde con él fingiendo que las cosas estaban normales.

Luego pensé en la máquina, en su koala deslavado y en la forma absurda en que una pieza floja podía convertirse en una invitación.

Voy en una hora , escribí.

La máquina de dulces estaba afuera de una papelería, pegada a una pared color durazno. Tenía una calcomanía deslavada de un koala y una ranura para monedas que alguien había marcado con plumón: NO TRAGA DE A DIEZ.

Caleb estaba agachado frente a ella con su caja de herramientas abierta.

No llevaba la ropa del taller. Tenía una camiseta azul oscura, jeans y las manos limpias. Ese detalle me tomó por sorpresa. Como si fuera menos real sin la mancha de grasa en la muñeca.

—Llegaste —dijo.

—Te dije que iba a llegar.

—Sí. Lo sé.

—Entonces no actúes como si hubiera aparecido desde otra dimensión.

—No sé cómo se supone que actúe.

—Eso es preocupante, Caleb.

Una niña que salía de la papelería nos miró con la seriedad de alguien que había encontrado un espectáculo gratis.

—¿La van a arreglar? —preguntó.

—Eso intentamos —dijo Caleb.

—Mi hermano metió una piedra una vez.

—Eso explica bastante —respondió él.

La niña asintió, satisfecha de haber dado información clave, y se fue detrás de su mamá.

Me senté en la banqueta a su lado. Caleb retiró dos tornillos y abrió el panel trasero de la máquina. Adentro había polvo, envolturas viejas y una cantidad indecente de monedas.

—¿Todo esto es de gente que no recibió nada? —pregunté.

—Parte. Otra parte se quedó atorada por la piedra de un niño criminal.

—No hables así de los clientes.

—No es cliente. Es un saboteador.

Lo vi trabajar un rato. Sus manos no se movían con una precisión bonita. Se movían con paciencia. Probaba una cosa, esperaba, deshacía otra. Parecía menos interesado en demostrar que sabía hacerlo que en entender por qué no funcionaba.

—¿Qué? —preguntó sin levantar la mirada.

—Nada.

—Me estás mirando como si fuera una especie rara.

—Estoy pensando que te tomas muy en serio las máquinas viejas.

—No las máquinas. El que alguien quiera seguir usándolas.

—Es una máquina de dulces, no una reliquia familiar.

—Para alguien puede ser las dos cosas.

La respuesta me dejó quieta.

—¿Tu abuelo arreglaba cosas? —pregunté.

Caleb soltó una respiración breve.

—Mi abuela. Tenía una tienda de reparaciones. Relojes, radios, ventiladores. Todo lo que la gente traía cuando no tenía dinero para comprar algo nuevo.

—¿Y te enseñó?

—Me dejaba sostener la linterna. A los nueve años eso me parecía un cargo importantísimo.

—Lo es. Una mala linterna puede destruir una vida.

—Exacto.

Sonrió, y por un segundo fue más fácil imaginarlo de niño que de adulto. Un niño serio, pendiente de no mover la luz. Una mujer diciéndole dónde apuntar sin saber que, años después, él intentaría iluminar cosas que no le pertenecían.

—¿Ella está viva? —pregunté.

—No.

—Lo siento.

—Murió hace tres años.

—Eso no deja de ser reciente solo porque puedas decir el número sin llorar.

Caleb me miró.

No sé por qué dije eso. Tal vez porque yo tampoco sabía cómo hablar de las cosas que seguían siendo recientes por dentro.

—No —dijo—. No deja de serlo.

Volvió a mirar la máquina. Sus dedos encontraron una pequeña rueda metálica torcida.

—Cuando ella murió, quise quedarme con la tienda. Pero mi mamá la vendió. Dijo que no podía sostener otro lugar que se estuviera cayendo.

—¿Y tú?

—Yo pensé que, si arreglaba suficientes cosas, iba a sentir que la tienda seguía existiendo en alguna parte.

La máquina hizo un clic. Después otro.

Caleb introdujo una moneda. Giró la perilla.

Una bolsa de dulces cayó con un golpe seco en la bandeja.

La niña de antes, que había regresado con una libreta rosa, aplaudió desde la puerta.

—¡Sí sirve! —gritó.

Caleb le entregó la bolsa de dulces.

—No me debes nada —dijo cuando la mamá buscó monedas.

—Eres raro —dijo la niña, agarrando la bolsa.

—Me lo dicen seguido.

Cuando se fueron, nos quedamos mirando la máquina funcionando como si hubiéramos conseguido algo enorme.

—¿Quieres usarla? —preguntó Caleb.

Saqué mi teléfono.

—No. Quiero que la uses tú.

Él no se movió.

—¿Estás segura?

—Sí. Pero solo la pieza. No le pongas una historia encima.

—Solo el mecanismo. Sin ponerle una historia encima.

Caleb sacó una pieza de metal y la puso junto al botón de la máquina. La pequeña rueda hizo el mismo clic que antes, luego el golpe de una bolsa cayendo. Era casi nada.

Yo cerré los ojos.

—¿Qué te parece? —preguntó.

—Parece que algo decidió volver.

Caleb sostuvo la pieza a un lado de mi mano. Sus dedos no tocaban los míos. Estaba muy cerca.

—Mara —dijo.

Su voz ya no era la de alguien explicando una pieza.

Abrí los ojos.

—No quiero que me beses porque hoy fue un día bueno —dije.

Caleb soltó el aire, sorprendido.

—No iba a hacerlo porque fuera un día bueno.

—¿Entonces por qué?

Me miró de una manera que no hizo menos complicado nada.

—Porque llevo días intentando no hacerlo por razones equivocadas.

—Eso no responde.

—Porque me gustas. Porque me gustabas antes de saber qué iba a pasar aquí y me gustas aunque ahora todo sea más difícil. Porque no quiero usar eso para que se te olvide que te fallé.

La calle seguía alrededor. Un repartidor pasó con una caja de pizzas. La niña abrió su bolsa de dulces con demasiada fuerza. Nadie puso música de fondo. Nadie nos dejó solos a propósito.

—No sé si puedo hacer esto bien —dije.

—Yo tampoco.

—Eso no inspira confianza.

—No era un discurso.

Lo miré. Quise reírme. No me salió.

—¿Puedo besarte? —preguntó.

La pregunta era pequeña. No volvía fácil nada. No borraba la carta, ni el archivo, ni la voz de Cora diciendo que extrañar a alguien no arreglaba cómo la trataste.

Pero era una pregunta.

—Sí —dije.

El beso no se pareció a las cosas que uno cuenta después para que parezcan importantes.

Fue torpe al principio; mi audífono se atoró entre los dos y Caleb se rio contra mi boca antes de quitárselo.

Después fue lento. No como si tuviéramos todo el tiempo del mundo, sino como si por fin ninguno quisiera robarle tiempo al otro.

Cuando se apartó, apoyó la frente contra la mía solo un segundo.

—¿Estás bien? —preguntó.

—No hagas que esto sea una evaluación técnica.

—Es una pregunta seria.

—Estoy bien.

Era verdad y no era una promesa.

Caleb bajó la mano. Yo dejé que sus dedos encontraran los míos, pero no los entrelacé del todo.

Frente a nosotros, la máquina de dulces soltó otra bolsa que nadie había pagado.

Los dos nos sobresaltamos.

Luego nos reímos hasta que la señora de la papelería salió a ver qué estaba pasando.