Lo que nadie vio de nosotros 23. Las cosas que mi mamá no pregunta
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23. Las cosas que mi mamá no pregunta

Las cosas que mi mamá no pregunta

Mi mamá casi nunca llamaba después de las diez.

A esa hora solía estar dormida sobre el sillón, con una serie puesta y un vaso de agua a medio terminar en la mesa. Siempre decía que no tenía tiempo para series, pero conocía la vida entera de cinco médicos ficticios y una familia que vivía en una casa enorme junto al mar.

La llamé de vuelta desde el pasillo.

Contestó en el segundo tono.

—¿Mara? —dijo—. Perdón, ¿te desperté?

—No. Estaba despierta.

—Qué bueno. Es que… una señora de la oficina me mandó una cosa. Dijo que era un video tuyo, pero yo no lo abrí.

La pared blanca frente a mí se volvió demasiado brillante.

—Mamá.

—No lo abrí —repitió, como si hubiera hecho algo muy bien—. Te llamé primero.

Me senté en el suelo, junto a la puerta de la cocina.

—Gracias.

Hubo un silencio. Mi mamá tenía silencios distintos. El de cuando estaba pensando qué comprar en el supermercado. El de cuando estaba molesta y no quería pelear. El de cuando estaba esperando que yo le diera permiso para hacer una pregunta.

Este era el tercero.

—¿Estás en problemas? —preguntó.

La respuesta era complicada. Una vida puede desordenarse sin que nadie cometa un crimen.

—No exactamente.

—¿Alguien te está molestando?

—Un poco.

—¿Quieres que vaya?

La imagen fue tan absurda que me dolió: mi mamá en un autobús nocturno, con su bolso grande y zapatos incómodos, llegando a Seattle para enfrentar a una cuenta sin foto de perfil.

—No, mamá.

—Puedo ir mañana.

—No tienes que venir.

Ella soltó una respiración que parecía una risa sin humor.

—Eso no es lo que pregunté, Mara.

Me quedé callada.

—¿Quieres que vaya? —repitió.

La pregunta era sencilla. Se suponía que las preguntas sencillas tenían respuestas sencillas.

—No sé.

—Está bien.

—No, no está bien. Siempre digo no sé cuando no quiero elegir.

—A veces lo dices cuando no sabes.

—No digas "a veces" como si fueras experta en mí.

La frase salió más dura de lo que quería. Mi mamá no respondió de inmediato.

—No soy experta en ti —dijo al fin—. Hace mucho que dejaste de contarme algunas cosas.

—Porque cada vez que te contaba algo terminabas tratando de arreglarlo.

—Porque eras niña y eso era lo que se suponía que hiciera.

—Ya no soy niña.

—Ya sé.

Lo dijo bajito. No como una discusión ganada. Como si esa fuera una noticia que todavía le dolía recibir.

Me apoyé la frente contra las rodillas. Desde la cocina llegaba el zumbido del refrigerador. Alguien había dejado un plato limpio sobre la barra. Caleb, pensé, aunque no tenía forma de saberlo.

—Lo del video pasó hace dos años —dije.

—¿Dos años?

—Sí.

—¿Y hasta ahora me estás diciendo?

—No quería que hicieras esa cara.

—No puedes ver mi cara.

—La conozco.

Mi mamá suspiró.

—¿Es por la chica de la que dejaste de hablar?

No había dicho el nombre de Cora en casa desde que dejé de verla. Mi mamá había preguntado algunas veces. Después dejó de hacerlo. Yo interpreté su silencio como desinterés. Tal vez había sido cuidado.

—Sí.

—¿Está bien?

—Está viva, si eso preguntas.

—Eso no es lo que pregunto.

Quise reírme. Quise llorar. Terminé haciendo las dos cosas, una detrás de la otra, sin mucho ruido.

—No sé si está bien —dije—. Y no sé si yo estaba ahí como debía estar.

Mi mamá se quedó callada mucho tiempo.

—¿La viste? —preguntó.

—Sí. Hace unos días.

—¿Y cómo fue?

—Horrible.

—¿Solo horrible?

Pensé en la Polaroid. En la forma en que Cora había dicho "hoy estamos hablando" sin prometer nada. En la taza de café que se había enfriado entre nosotras.

—También fue… bueno que pasara.

—Eso suena difícil.

—Sí.

—Las cosas importantes suelen serlo.

Mi mamá no hablaba como una persona que había leído frases subrayables. Hablaba como alguien que había pagado recibos durante veinte años y perdido a su propia hermana a los treinta, aunque nunca decía mucho de eso. Por eso, cuando decía algo simple, yo le creía.

—No quiero que vengas —dije de pronto—. Pero quiero que no dejes de llamar mañana.

—Puedo hacer eso.

—Y no le respondas a la señora de tu oficina.

—Ya la bloqueé.

—¿Qué?

—Me mandó tres signos de interrogación. Me pareció una falta de respeto.

Me reí con la cara mojada.

—Mamá.

—¿Qué? Aprendo rápido.

Cuando colgamos, me quedé sentada en el piso un minuto más. Después noté que Caleb estaba al final del pasillo, junto a las escaleras. No supe cuánto había escuchado. Lo suficiente para saber que no quería que me viera llorar, no lo suficiente para odiarlo por estar ahí.

—¿Estaba todo bien? —preguntó.

—Mi mamá bloqueó a una compañera de trabajo por usar signos de interrogación.

—Suena eficiente.

—Es peligrosa cuando se siente útil.

Caleb asintió. Se sentó contra la pared de enfrente, dejando el pasillo entre los dos.

—¿Quieres hablar?

—No mucho.

—Puedo quedarme sin hablar mucho.

—Eso se te da bien.

La frase no era amable. Él la recibió igual.

—Sí —dijo—. Pero estoy intentando que no sea lo único.

Nos quedamos sentados en el suelo, cada uno contra una pared distinta. El reloj de la cocina marcó las doce con un clic seco.

No me tocó la mano. No me dijo que todo iba a pasar.

Por una vez, no necesitaba que alguien dijera algo correcto.

Solo necesitaba que no se fuera antes de que yo pudiera levantarme.