Lo que nadie vio de nosotros 22. La hora en que todo parece más grande
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22. La hora en que todo parece más grande

La hora en que todo parece más grande

La seguridad en recepción se llamaba Óscar y traía un libro de crucigramas bajo el brazo.

No tenía cara de guardaespaldas. Tenía cara de tío que te pregunta si ya comiste y se acuerda de qué materia reprobaste el semestre pasado. Se instaló detrás del escritorio de la entrada con una lámpara de lectura, una botella térmica y una caja de cacahuates.

—No voy a seguirte por los pasillos —me dijo cuando bajé por agua—. Eva me explicó que no quieres eso.

—Gracias.

—Solo voy a abrir la puerta si alguien tiene permiso. Y si alguien no tiene permiso, voy a decirle que no con mucha educación.

—¿Y si no se va?

Óscar levantó su libro de crucigramas.

—Entonces pierdo la educación.

La frase no hizo que todo dejara de darme miedo. Pero me ayudó a imaginar que, si el miedo tocaba el timbre, no tendría que contestar yo.

Subí a la azotea porque no podía dormir. La ciudad se veía oscura desde ahí, salvo por las ventanas encendidas y las luces del puerto. Había viento. El tipo de viento que se metía por el cuello de la sudadera y te convencía de que no era tan buena idea estar afuera.

La silla roja seguía en el rincón.

La primera vez que subí ahí con Caleb, estaba rota en una pata. Ahora Mateo la había arreglado con una cinta gris que no combinaba con nada. Parecía una cicatriz exhibida a propósito.

Me senté en el borde bajo de la pared, no en la silla.

Escuché la puerta abrirse detrás de mí.

—Óscar dice que no puedes dormir —dijo Caleb.

—Óscar habla demasiado para alguien que hace crucigramas.

—Me dio pistas de la diez horizontal.

—¿Qué era?

—"Miedo excesivo". Empieza con A.

—Ansiedad.

—Sí.

—Qué sutil.

Caleb se quedó junto a la puerta, con las manos dentro de los bolsillos de su chamarra.

—No te dije que subieras —le recordé.

—Lo sé. Pregunté si podía y Óscar dijo que probablemente te molestaría menos que me quedara cerca de la escalera.

—Óscar está desarrollando demasiadas teorías sobre mí.

—También cree que Mateo esconde galletas en su cuarto.

—Eso es verdad.

—Sí. Lo descubrimos hace una hora.

La imagen de Óscar y Caleb investigando las galletas de Mateo era tan absurda que me reí. Caleb sonrió, pero no se acercó.

Abajo, un barco hizo sonar una bocina larga. Se extendió por toda la ciudad como un animal cansado.

—Me da rabia que alguien pueda escribir una cosa y cambiarme la noche —dije.

—Sí.

—Ni siquiera sé quién es.

—Eso lo hace peor.

—Quiero saberlo. Quiero abrir todo, encontrarlo, leer qué dicen, hacer algo.

Caleb apoyó un hombro contra la pared.

—Eso tendría sentido.

—No me digas que no decida desde el susto.

—No iba a decirlo.

—Porque ya lo dijiste antes.

—Porque ya lo dije antes.

Lo dijo sin defenderse. Era una habilidad que todavía no tenía del todo, pero estaba intentándolo.

—¿Qué harías tú? —pregunté.

Caleb tardó en contestar.

—Abriría todo —dijo—. Haría una carpeta con capturas. Buscaría quién es. Luego no dormiría durante tres días y me convencería de que estoy haciendo algo útil porque mis manos estarían ocupadas.

—Eso es extrañamente específico.

—Es un defecto antiguo.

—¿Y qué harías si fueras inteligente?

Caleb miró las luces del puerto.

—Le diría a alguien que me quite el teléfono una hora.

Lo pensé.

—No quiero dártelo a ti.

—No te lo pedí.

—Ya sé. Solo lo digo.

—Bien.

Sacó su propio teléfono del bolsillo, lo miró y lo dejó sobre la silla roja. Después se sentó en el suelo, a dos metros de mí.

—¿Eso qué es? —pregunté.

—Una demostración de que puedo estar una hora sin revisar nada.

—¿Puedes?

—No sé. Estoy haciendo ciencia.

No bajé de la pared. No puse mi teléfono junto al suyo. Durante un rato solo escuchamos el viento y una motocicleta acelerando en una avenida lejana.

—Cora me contestó —dije.

—Me alegro.

—No dijo mucho.

—No tiene que decir mucho.

—No uses esa frase otra vez.

Caleb levantó las manos.

—Perdón.

—No, no es que no tenga que decir mucho. Es que… —busqué las palabras—. Me cuesta no convertir cada respuesta en una señal. Si me responde corto, pienso que me odia. Si me responde bonito, pienso que ya la recuperé. Y son solo mensajes.

—Son mensajes de alguien que te importa.

—Sí.

—Pero no son una sentencia.

La frase se quedó entre nosotros. No tenía forma de salvarme. Por eso sirvió.

Caleb miró la silla roja.

—Cora y yo hablamos hoy también.

Lo miré.

—¿Por el archivo?

—Sí. Dijo que quiere que se destruya cuando termine la residencia. No ahora. Quiere poder decidir el día.

—¿Y tú?

—Le dije que está bien.

—¿No le preguntaste por qué esperar?

—No.

—¿No quieres saber?

Él soltó una risa corta, sin alegría.

—Quiero saber muchas cosas. Ese es parte del problema.

Por primera vez, entendí que no era solo alguien que guardaba secretos para sentirse importante. También era alguien aterrorizado de ser inútil cuando una situación no podía arreglarse con sus manos.

No lo justificaba. Pero lo volvía más humano. A veces eso era más difícil.

Mi teléfono vibró dentro del bolsillo. Lo saqué por impulso.

La pantalla no traía noticias de la cuenta: solo una alerta de batería baja.

Me quedé mirando la pantalla negra después de que se apagó.

—¿Quieres cargarlo? —preguntó Caleb.

—No.

Me levanté, caminé hasta la silla roja y dejé mi teléfono junto al suyo.

—Una hora —dije.

Caleb asintió.

—Una hora.

No fue una promesa sobre nosotros. No fue un perdón. Fue solo una hora sin que el mundo pudiera meterse por una pantalla.

Nos quedamos ahí hasta que el viento nos obligó a bajar.

Cuando recuperé el teléfono, tenía una notificación de una llamada perdida.

La llamada perdida venía de mi mamá, no de Cora.