21. El comentario
El comentario
El chico de la sudadera gris tenía una costra de pintura blanca en el pulgar.
No lo reconocí. Lo que me resultó familiar fue su cara: esa mezcla de vergüenza y miedo de quien llega tarde a entender que una decisión pequeña también puede lastimar.
—Yo fui quien dejó el comentario —repitió.
—Ya escuché —dije.
Caleb no habló. Podía sentir que estaba atento a todo, como si su cuerpo hubiera aprendido a tensarse antes de que alguien le pidiera hacerlo.
—Me llamo Nico —dijo el chico—. No vine a hacerte nada. Solo quería…
—¿Qué querías?
Nico miró al suelo. Había venido con una idea de sí mismo, se notaba. Quizás se había imaginado valiente por presentarse. Quizás había ensayado disculpas frente a un espejo.
—Vi la foto de la residencia y pensé que eras tú —dijo—. Lo escribí sin pensar. Luego alguien me mandó mensaje por privado.
Caleb se movió apenas.
—¿Quién? —pregunté.
Nico sacó el teléfono. La pantalla tenía una grieta que cruzaba una esquina como un rayo.
—Una cuenta que no conozco. Me preguntó si sabía dónde estabas. Dijo que quería hablar contigo sobre el video.
—¿Con qué nombre? —pregunté.
Nico volvió a mirar la pantalla.
—Ahora solo tiene una V. Pero cuando me llegó la primera notificación aparecía como violetroom . Pensé que era una broma.
Caleb levantó la vista.
—¿Violeta Arce? —preguntó.
Nico asintió, sorprendido de que alguien hubiera dicho el nombre.
—La conocías —dije.
—La vi esa noche —respondió Caleb—. Estaba con Teo. No hablé con ella.
—Estaba en la fiesta. Ayudaba a Teo con las luces y con los videos que subían al grupo. Yo no sé si es ella. Solo sé que usaba ese nombre.
Yo no recordaba su cara. Recordaba una chamarra violeta junto a la barra y una voz diciendo que alguien debía guardar los clips antes de que se borraran. En ese momento, no le di importancia. Casi nadie la da antes de que una cosa pequeña termine por cambiarle la forma a una noche.
—¿Le dijiste algo?
—No. No sé nada de ti. Le dije que solo había visto el video hace tiempo. Que me dio la impresión de que eras tú y ya.
—¿Y por eso viniste hasta aquí?
Su cara se puso roja.
—Yo estaba en esa fiesta.
Caleb cerró los ojos un instante.
—¿Cómo te llamabas esa noche? —pregunté.
Nico frunció el ceño.
—Nico.
—No. ¿Quién eras? ¿El amigo de Teo? ¿El que grababa desde la cocina? ¿El que dijo que Cora estaba exagerando?
Él tragó saliva.
—El de la cocina.
Por supuesto.
La memoria no es un archivo ordenado. No me acordaba de su cara.
Me acordaba de una voz riéndose detrás de una puerta, de alguien diciendo "ya va a empezar otra vez" mientras Cora salía a la terraza.
Me acordaba de haber oído la frase y no haber hecho nada.
Estaba demasiado ocupada mirando mi pantalla.
—Yo grabé un pedazo —dijo Nico—. No el video que se hizo famoso. Grabé a unos amigos cantando. Pero saliste tú atrás. Lo mandé a un grupo y alguien lo recortó. Yo no sabía que…
—¿No sabías que alguien podía usarlo? —pregunté.
—No así.
—¿Cómo, entonces?
No respondió.
Caleb habló por fin.
—No necesitas explicarte para que te entendamos.
Giré hacia él.
—No hables por mí.
Su mandíbula se tensó.
—Tienes razón.
Nico nos miró como si quisiera desaparecer. Una parte cruel de mí se alegró. Otra parte estaba cansada de que todos los hombres alrededor de una historia triste se vieran sorprendidos cuando las cosas tenían consecuencias.
—¿Qué quiere la cuenta? —pregunté.
Nico deslizó el chat hacia mí. El perfil no tenía foto, solo una letra V sobre fondo negro. Arriba, en gris, todavía aparecía el rastro de un usuario anterior: @violetroom .
¿Sabes si Mara Vela sigue ahí?
Queremos contar lo que pasó realmente.
Había una última frase, escrita hacía veinte minutos.
La gente merece saber qué clase de persona es.
La leí sin sentir nada durante un par de segundos. Luego sentí todo junto: el estómago, la nuca, las palmas de las manos.
Caleb no tomó el teléfono. No lo leyó por encima de mi hombro. Esperó.
—¿Puedes borrar tu comentario? —le pregunté a Nico.
—Sí.
—¿Y bloquear esa cuenta?
—Sí.
—Hazlo.
Nico lo hizo. No fue una escena cinematográfica. Tocó tres botones, confirmó dos veces y la palabra eliminado apareció bajo el comentario. Una acción diminuta. El comentario probablemente ya tenía capturas. Alguien más podía recordar mi nombre. Nada se deshacía de verdad.
Pero él lo hizo.
—Perdón —dijo Nico.
Lo miré.
—No me pidas que te diga que está bien.
—No.
—Y no cuentes esta historia para quedar como alguien que aprendió una lección. No eres el protagonista de esto.
Nico asintió. Parecía tener ganas de decir algo más, pero se contuvo.
—No lo voy a hacer —dijo.
Se fue caminando rápido, sin mirar atrás.
La calle se quedó extrañamente vacía. Un camión pasó dejando olor a diésel. Desde una ventana de la residencia, Mateo gritó que alguien le explicara por qué su barro tenía una mancha azul.
Caleb y yo nos quedamos junto a la puerta.
—Eva tiene que saber —dije.
—Sí.
—Y Cora.
—Sí.
—No quiero que nadie llame a la policía ni que alguien haga un comunicado por mí.
—Podemos decirle eso a Eva.
Podemos.
Esta vez no me molestó tanto. Quizás porque no estaba usando la palabra para ocupar mi lugar. La usaba para ofrecer el suyo.
Entramos. Eva escuchó sin interrumpir, excepto para preguntar si Nico había dicho el nombre de la cuenta y si alguien más nos había visto. Tomó notas. No prometió que podía borrar internet. No dijo que todo iba a estar bien.
—Hoy dormirá alguien de seguridad en recepción —dijo—. Mañana hablaremos de opciones. No vas a quedarte sola si no quieres.
—No quiero que me vigilen —dije.
—No es vigilancia. Es una puerta cerrada con alguien detrás. Pero si te incomoda, lo hablamos.
La diferencia importaba.
Esa noche llamé a Cora.
No contestó.
No dejé un mensaje largo. Solo escribí: Un chico de la fiesta dijo que él mandó un clip al grupo aquella noche. Una cuenta desconocida quiere hablar de mí. Eva ya sabe. No tienes que responder. Solo quería que no te enteraras por alguien más.
Tardó quince minutos en responder.
Gracias por avisarme. Me alegra que esta vez no lo escondieras.
Leí el mensaje de pie, con la espalda contra la pared del pasillo.
No era perdón. Cora había notado una diferencia, y por el momento eso era más útil que un gesto grande.
En el otro extremo del corredor, Caleb salía de la cocina con una taza entre las manos. Me vio. Yo levanté el teléfono, sin decir nada. Él entendió que había respuesta, no qué decía.
—¿Quieres té? —preguntó.
—¿Es sopa de tomate disfrazada?
—No todo huele a tomate y es otra cosa.
—Eso sigue sonando amenazante.
Por primera vez desde que Nico había dicho mi nombre frente a la puerta, la respiración me volvió a entrar completa.
—Sí —dije—. Quiero té.