20. Lo que todavía funciona
Lo que todavía funciona
Dos días después de la reunión, encontré a Caleb en la cocina con piezas pequeñas extendidas sobre la mesa.
Había cables enrollados en círculos perfectos, un foco verde, un interruptor oxidado y una libreta donde había escrito medidas. A un lado, un tazón con avena se había enfriado hasta parecer yeso.
—¿Eso es tu desayuno? —pregunté.
—Era.
—Dices eso como si la avena hubiera sido una decisión que tomaste hace tres semanas.
Caleb levantó la vista. No sonrió enseguida.
—Perdón. Puedo guardar esto.
—No dije que me molestara.
—No, pero…
—Caleb.
Se calló.
Me apoyé en el marco de la puerta. El silencio entre nosotros ya no era cómodo ni incómodo. Era algo que había que aprender a usar de nuevo, como una mano después de quitarle un yeso.
—Quiero que el mapa se pueda tocar —dije.
Él parpadeó.
—Para el mapa.
—Entendí.
—Pero voy contigo. Y elijo yo qué partes entran. Y si algo no me gusta, no lo usas sin preguntarme por qué.
Caleb miró el equipo sobre la mesa. Después me miró a mí.
—Sí.
—Y no llevas una cámara escondida ni nada raro.
—No llevo cámaras escondidas.
—Era una broma.
—Ya sé.
—No pareció.
—Estoy trabajando en eso.
La respuesta fue tan seria que tuve que mirar hacia otro lado para que no viera que me estaba riendo.
—Empezamos por la lavandería —dije.
La señora de la lavandería se llamaba Pilar. Lo descubrí cuando Caleb le pidió permiso para revisar el letrero de neón y ella le señaló un cartón al lado de la caja.
PILAR NO DA FIADO.
—Eso parece una amenaza —dijo Caleb.
—Es información —contestó Pilar.
Me quedé junto a la puerta mientras él abría la tapa del letrero. Se movía distinto cuando trabajaba. No más seguro, exactamente. Más presente. Cada decisión parecía pequeña y clara: dónde poner el cable, qué tornillo tocar, cuánto esperar antes de probar otra vez.
—¿Puedo hacer que esa A vuelva a prender? —preguntó.
—Si me dices para qué sirve —dijo Pilar.
Caleb me miró.
Yo podía responder. Era mi proyecto.
—Para que alguien que vea el mapa sepa que este lugar no es un puntito —dije—. Que si pasa por aquí, encuentre una señal de que alguien lo conoce.
Pilar cruzó los brazos.
—¿Y qué gano yo?
Mateo habría dicho algo sobre la economía del arte. Yo no tenía esa energía.
—Que tu letrero vuelva a decir lo que dice. Y una marca tuya en el mapa.
Pilar nos miró unos segundos. Luego señaló una canasta de ropa.
—No dejen que el señor de los calcetines toque nada. Habla demasiado y se le caen las monedas.
—¿Quién es el señor de los calcetines? —pregunté.
—No importa. Lo van a reconocer.
Caleb encendió el letrero. La A parpadeó dos veces antes de quedarse fija.
Nunca había mirado una letra encendida con atención. La A quedó un poco más débil que el resto, pero ahí estaba. Pilar fingió que no estaba interesada y se acercó medio paso.
—¿Así queda siempre? —pregunté.
—No —dijo ella—. Hoy tiene un cable nuevo. Mañana quién sabe.
Caleb me miró. Saqué la libreta y escribí: La A de Lavado Azul vuelve a prender, aunque más débil.
—Eso sí lo puedes poner —dijo Pilar.
Después fuimos a la terminal, a la cancha de Lidia y a la calle junto al muelle donde los cables eléctricos zumbaban cuando soplaba el norte.
Caleb preguntaba antes de tocar todo. Antes de entrar a un local. Antes de usar una pieza que alguien le ofrecía. A la tercera vez me di cuenta de que no lo hacía para que yo lo notara. Era una costumbre nueva que le costaba trabajo, y por eso era más real.
En la cancha, Lidia estaba sentada en las gradas con una bolsa de naranjas a sus pies.
—Trajiste al chico de los aparatos —dijo, como si nos hubiera estado esperando.
—Se llama Caleb.
—Yo no pregunté cómo se llama.
Caleb se acercó con una sonrisa mínima.
—¿Puedo medir la malla para hacer una parte del mapa? —preguntó.
Lidia lo estudió.
—¿La malla va a salir bonita?
—Voy a intentarlo.
—Eso dicen todos los que quieren hacer algo con las cosas viejas.
Caleb se quedó inmóvil.
Yo vi el golpe llegarle a la cara, pequeño pero claro. No por Lidia. Por algo suyo.
—No quiero que salga bonita —dijo él al fin—. Quiero que se mueva como se mueve aquí.
Lidia consideró la respuesta. Luego le aventó una naranja.
—Entonces sí puedes.
Caleb la atrapó con una sola mano. Yo levanté las cejas.
—No hagas eso —me dijo sin mirarme.
—¿Qué cosa?
—Esa cara de sorpresa.
—No sabía que tenías habilidades con cítricos.
—No tengo habilidades con cítricos.
—La evidencia dice otra cosa.
Lidia se rio. Fue una risa fuerte, de las que hacen que otra gente voltee sin saber por qué.
Caleb cortó una tira corta de malla y la pasó entre sus dedos. Después la sostuvo contra un resorte que había sacado de su caja. Sus dedos rozaron apenas mi mano al acomodarlo.
El metal estaba frío. Una bicicleta pasó haciendo un chirrido ridículo.
Cuando empujé el resorte, la malla vibró sobre la palma de mi mano.
Se movía como lluvia de metal.
Como algo insistiendo.
—¿Te gusta? —preguntó Caleb.
Yo asentí.
Él se inclinó un poco para ver cómo volvía a moverse, aunque no hacía falta. Estaba tan cerca que pude ver una mancha de grasa que no se había lavado del todo, escondida junto a su muñeca.
No lo besé.
No porque no quisiera.
Porque tenía miedo de convertir un día bueno en una respuesta para todo lo que todavía no estaba resuelto.
Caleb debió pensar algo parecido. Se apartó primero, con cuidado.
—Falta el muelle —dijo.
—Sí.
Lidia nos miraba desde las gradas, pelando otra naranja con su navaja.
—Ustedes dos hacen mucho ruido para estar callados —dijo.
—No somos nada —contesté demasiado rápido.
Caleb no dijo nada.
Lidia alzó una ceja.
—Eso no fue lo que pregunté.
Volví a empujar el resorte antes de que el calor de mi cara pudiera darme una respuesta peor.
En el muelle de Elliott Bay, el viento cambió.
No tuvo nada de poético. El viento se metió entre los contenedores con olor a pescado, diésel y algas secas, levantó una bolsa de plástico y la pegó a una reja. Más allá de las grúas, unos hombres descargaban cajas de hielo de una camioneta. Los cables zumbaban encima de nosotros.
—Este lugar no estaba en tu lista —dijo Caleb, sacando una placa de metal de la mochila.
—No todo tiene que entrar al mapa.
—No dije que tuviera que entrar. Quiero usar esta reja en una pieza.
—¿Para qué?
Él señaló cómo el viento hacía vibrar el metal, como si eso explicara algo.
—Porque se mueve bien.
—Esa no es razón suficiente.
—Para mí sí.
Lo dijo con una sequedad que me hizo levantar la cabeza.
—No quiero que uses este lugar solo porque te sirve —dije.
—No lo estoy usando. Estoy viendo una reja.
—Para ti es una reja. Para mí no.
Caleb sostuvo la placa en el aire. Luego la guardó.
—Está bien. No la usamos.
—No dije que tuvieras que hacer eso.
—Ya sé.
La caja de hielo cayó contra el piso de la camioneta. El ruido rebotó entre los muros del muelle.
Durante unos segundos, los dos miramos el agua como si hubiera una respuesta escrita en las olas.
Yo caminé hasta el extremo del muelle y él se quedó cerca de una bodega con el equipo a sus pies. Durante veinte minutos trabajamos como dos desconocidos que habían llegado al mismo sitio por error.
Cuando me cansé de estar enojada, saqué una foto de la grúa más baja. Caleb estaba sentado en el suelo, mirando una cuerda roja deshilachada que alguien había amarrado a una boya.
—¿Lo anotaste? —pregunté.
—No.
—¿Por mí?
—No. Porque ya no quería hacerlo con esa cara.
No fue una gran respuesta, pero era la suya.
Un camión de carga pasó detrás de los talleres. El metal de una reja tembló durante varios segundos.
—Ese sí —dije.
Caleb me miró, sin moverse.
—¿Ese sí qué?
—Úsala. Pero no le pongas una historia encima.
Esta vez no respondió con cuidado. Solo sacó la cinta de medir y se puso a trabajar.
Al final de la tarde, regresamos caminando sin medir nada más. Las piezas iban en la mochila de Caleb. Mi cuaderno pesaba poco bajo el brazo.
Frente a la residencia esperaba un chico de nuestra edad, quizá, con una sudadera gris y las manos metidas en los bolsillos. No lo reconocí; ese detalle no me tranquilizó.
Cuando nos vio, se enderezó.
—¿Mara Vela? —preguntó.
Caleb se movió apenas. No delante de mí. A mi lado.
Yo asentí.
El chico miró su teléfono.
—Yo fui quien dejó el comentario.
El aire de la calle pareció cambiar de consistencia.