19. Dos sillas vacías
Dos sillas vacías
Encontré una carta debajo de mi puerta el martes.
No un mensaje. No una notificación que pudiera desaparecer al deslizarla. Una hoja doblada en tres, con mi nombre escrito en tinta azul.
La letra era de Caleb.
Lo supe antes de abrirla porque sus letras parecían construidas con regla, incluso cuando escribía rápido.
Me senté en el suelo del pasillo. La puerta de Vera estaba cerrada. Desde la planta baja llegaba el golpe rítmico de Mateo lijando algo. El edificio parecía sostenerme la respiración.
La carta no decía lo que esperaba.
No decía que lo sentía veinte veces. No explicaba su infancia. No convertía su culpa en una historia que yo tuviera que consolar.
Decía:
Hablé con Cora. Le dije que el archivo existe, que no lo he visto completo y que no voy a usar nada de esa noche en mi pieza.
Le ofrecí dárselo o destruirlo. Dijo que no quiere tocarlo todavía.
Lo guardé en una caja sellada en la oficina de Eva, con su nombre y el tuyo escritos afuera.
No voy a abrirla, ni a hablar del contenido, ni a usarla para responder preguntas sobre ti.
Si un día quieren decidir qué hacer, lo harán sin mí si así lo prefieren.
Luego había una última línea.
No te escribo para que me respondas. Te escribo porque esta vez no quiero que te enteres tarde.
Leí esa línea hasta que me molestó que funcionara.
En la parte de abajo, con una letra más pequeña, había añadido: La parte de las piezas que tomé de aquella noche ya no está. Voy a empezar otra.
Doblé la hoja. La guardé dentro del cuaderno verde, entre el mapa de la lavandería y una lista de compras que había escrito hace días.
No fui a buscarlo.
Eso también era nuevo para mí. Antes, cuando algo me importaba, quería resolverlo de inmediato. Como si toda conversación tuviera una hora límite y si dejabas pasar el momento, perdías a la persona para siempre.
Con Cora había aprendido que apurar una respuesta podía ser otra manera de pensar solo en ti.
Por la tarde, Eva nos reunió en el salón para hablar de la muestra.
Llegué última a propósito. Había una silla libre entre Vera y Mateo. Al otro lado de la mesa, frente a mí, había dos sillas vacías.
Caleb entró un minuto después.
Miró los lugares. Yo miré la ventana.
Se sentó al lado de Mateo.
Nadie comentó nada.
Eva repartió unas hojas con el plano de la planta baja.
Habló de cableado, horarios, seguro de obra, gente que probablemente haría preguntas insoportables sobre "la intención".
Mateo levantó la mano para preguntar si podía vender sus piezas y Eva le dijo que sí, mientras él no hiciera como el año pasado y cobrara cervezas como moneda.
—Fue un experimento económico —protestó Mateo.
—Fue una pésima idea —dijo Vera.
—Lo dices porque no te ofrecí una pieza.
—Me ofreciste un cenicero con forma de pie.
—Era un objeto de conversación.
—La conversación era "por qué tienes eso".
La risa llenó la sala antes de que cualquiera pudiera detenerla. Incluso Eva sonrió. Yo también.
Caleb no me miró cuando se rio. Agradecí eso de una forma que no quería analizar.
—Mara —dijo Eva, tocando mi plano con un dedo—. ¿Tu mapa va a vivir en la pared o sobre una mesa?
—En el suelo, creo.
—¿En el suelo?
—Sí. Quiero que la gente tenga que mirar hacia abajo para encontrarlo. Que no lo vea desde lejos y crea que ya entendió.
Eva asintió.
—Bien. Piensa cómo vas a protegerlo de los zapatos.
Mateo levantó una mano.
—Puedo hacer unas piezas para marcar las rutas. Como piedras, pero no piedras. Nada de ceniceros con pies, prometo.
—No quiero que hagas trabajo por mí —dije.
—No es por ti. Me interesa que haya cosas de barro que la gente no pueda tocar.
—Eso es cruel.
—El arte tiene que tener límites.
Vera inclinó la cabeza.
—Yo puedo bordar una ruta de hilo entre algunos puntos. Si Mara quiere.
Todos miraron hacia mí. No como si esperaran una respuesta bonita. Solo esperaban.
—Sí —dije—. Pero el hilo no puede unirlo todo.
Vera sonrió.
—Mejor.
Caleb seguía con la vista en el plano. Al cabo de un rato, preguntó:
—¿Quieres que el mapa se mueva?
Su voz era neutral. Tan neutral que por un momento no supe si le hablaba a mí o a la mesa.
—¿Para qué?
—Podría construir respuestas para los lugares. Nada de personas. La puerta de la lavandería, la malla de la cancha, la luz de la terminal. Pero solo si quieres. Y tú eliges qué se usa.
Mateo dejó de mover su lápiz. Vera miró una esquina de la mesa con una concentración exagerada.
Yo podía decir que no. Era una opción real. También podía decir que sí y pasar los siguientes días preguntándome si lo hacía porque quería o porque me gustaba cómo pronunciaba las palabras cuando intentaba ser cuidadoso.
—No sé todavía —respondí.
Caleb asintió.
—Bien.
No dijo que esperaba que sí. No pidió que lo pensara. Siguió tomando notas en una hoja vacía.
La reunión terminó casi una hora después. Mateo se fue cargando unas muestras de arcilla. Vera acompañó a Eva a buscar hilo. Yo guardé mis papeles sin prisa.
Cuando levanté la vista, Caleb estaba en la puerta.
No bloqueaba el paso. Solo esperaba a que terminara.
—Leí la carta —dije.
—Está bien.
—No sé qué hacer con ella.
Él asintió de nuevo, pero esta vez parecía que el gesto le costaba.
—No hace falta que hagas nada.
El impulso de decirle que dejara de usar esa frase estuvo ahí. Pero no era la misma frase de siempre. No esta vez.
—Me gustó que me avisaras —dije.
Caleb me miró con cuidado, como si una palabra más pudiera arruinarlo.
—Era lo mínimo.
—Sí.
Lo dejé así. Seguía sin ser suficiente, pero todavía no sabía qué otra cosa podía pedirle.
Al pasar por la puerta, vi las dos sillas vacías junto a la mesa. Nadie las había movido durante la reunión.
Por un segundo pensé que se parecían a nosotras: un lugar para cada una, y ninguna obligación de sentarse todavía.