18. El mapa sin leyenda
El mapa sin leyenda
El lunes por la mañana, Eva pegó una lista de fechas en el refrigerador.
Quedaban tres semanas para la muestra final.
Tres semanas era una cantidad de tiempo extraña. Alcanzaba para aprender a hacer pan, para dejar de responderle a alguien, para encariñarte con una calle y mudarte de ella. No alcanzaba para convertir una idea en algo que pareciera que siempre había sabido existir.
Mi nombre estaba al lado de una línea que decía: entrega de descripción de obra, viernes .
Me quedé mirándola demasiado rato.
—Podrías describir tu obra con una palabra —dijo Mateo a mi lado.
—¿Cuál?
—"Mapa".
—Eso no es una descripción.
—Depende de qué tan cansado esté quien lee.
Eva apareció detrás de nosotros con una bolsa de mandarinas.
—Mateo no puede escribir la descripción de nadie. La última vez que lo hizo, le puso a una instalación "tristeza con enchufe".
—Era precisa.
—Era un ventilador roto.
—Un ventilador roto tiene derecho a ser triste.
Mateo tenía un correo abierto en el teléfono. No lo estaba mirando, pero lo sujetaba como si fuera a escaparse.
—¿Te respondieron de Puente Norte? —preguntó Eva.
Él intentó encogerse de hombros. No le salió.
—Quieren que haga los talleres de cerámica de verano.
—Mateo —dijo Vera, dejando su taza—. Eso es buenísimo.
—Son quince adolescentes y una bodega que no tiene horno. Puede ser una catástrofe.
—Te encantan las catástrofes con presupuesto —dijo Eva.
Mateo sonrió, pero enseguida volvió a mirar el correo.
—Quiero enseñarles a hacer cosas que se puedan usar. No que vengan a que alguien les diga que tienen talento y luego no sepan qué hacer con las manos.
Por un momento no fue el chico que hacía chistes sobre ceniceros. Era alguien con una idea demasiado seria para bromearla.
Tomé la hoja del refrigerador antes de que siguieran discutiendo. La doblé en cuatro y me la guardé en el bolsillo.
No había hablado con Caleb desde el patio.
No había sido difícil, exactamente. La residencia era grande si uno aprendía a usar los horarios. Yo bajaba temprano. Él iba al taller de Santos por la tarde. Vera me mandaba mensajes antes de pasar por mi cuarto, como si necesitara reservar una sala de juntas.
Era absurdo que tres pisos y una escalera parecieran una distancia tan seria.
Esa mañana salí con el cuaderno, un rollo de cinta de papel y una cámara desechable que Mateo había encontrado en un cajón de la recepción. La cámara tenía doce fotos. Me gustaba que fuera tan poco. No podía tomar ochenta versiones de una esquina para después elegir cuál tenía el cielo más honesto.
Primero fui a la cancha de Lidia.
El pez azul seguía medio borrado. Lidia no estaba en las gradas, pero había dejado una bolsa de naranjas sobre el asiento de metal, como si el lugar tuviera horarios que yo no conocía. Pegué una tira de papel en la parte baja de la malla. Escribí: Aquí nadie viene por accidente.
No puse mi nombre.
Tomé una foto.
Después caminé hasta la lavandería. La mujer del mostrador me dejó entrar a la parte de atrás para fotografiar las máquinas viejas. Había una con un botón rojo tan gastado que parecía una encía. Escribí: Esta máquina tarda más cuando llueve.
—¿Eso es verdad? —preguntó la mujer.
—No sé.
—Entonces no lo pongas.
La miré.
—¿No tarda más cuando llueve?
—Claro que sí. Pero no sé por qué lo sabes.
La taché y escribí abajo: Esta máquina tarda más cuando llueve, según la señora que la ha visto hacerlo doce años.
Ella soltó una carcajada.
—Así sí.
Había olvidado que trabajar podía ser eso. Ir a un lugar, hacer una pregunta tonta, equivocarte y corregirla sin que la equivocación se volviera un juicio sobre tu vida completa.
Al mediodía, el sol pegaba contra las ventanas de la terminal vieja. Me senté en una banca a comer una torta de queso demasiado salada. Saqué el teléfono por costumbre.
Tenía seis mensajes de Vera.
No quiero asustarte.
Esa frase siempre asusta.
Una cuenta subió una foto de la residencia. No sales tú, pero alguien puso tu nombre en comentarios. Ya Eva reportó todo.
Sentí que el pan se convertía en piedra dentro de mi boca.
Abajo había una captura. No abrí el enlace. La captura solo mostraba la fachada de la residencia y un comentario escrito por alguien que no conocía.
¿No es ahí donde está la chica del video?
Había nueve respuestas. Vera había tapado los nombres con una raya negra.
El mundo tenía una habilidad aterradora para convertir una pregunta en una multitud.
Mi primer impulso fue regresar y pedir que quitaran mi nombre de la lista. Dejar la residencia. Volver a mi cuarto en la ciudad y no salir hasta que alguien encontrara otra cosa de la que hablar.
El segundo fue peor: abrir los comentarios y leer qué versión de mí habían fabricado ahora.
Me quedé sentada con la torta en la mano y el teléfono iluminándome la palma.
Al lado de la banca había un tablero de anuncios lleno de papeles viejos. Clases de inglés. Un gato perdido desde mayo. Un departamento en renta. Un concierto que ya había pasado. Entre todos, alguien había pegado una hoja que decía: SE BUSCA: persona que sepa arreglar una lámpara. Pago en comida.
La hoja tenía un número con pestañas recortables.
No era profunda. No tenía nada que ver conmigo. Y sin embargo me quedé mirándola hasta que el miedo bajó de volumen lo suficiente para poder respirar.
Marqué el número de Eva.
—Estoy bien —dije antes de que contestara por completo.
—Puedes estar hecha un desastre y pedir ayuda igual.
—Ya sé. Estoy en la terminal. No voy a abrir los comentarios.
—Bien.
—No quiero que canceles la visita ni la muestra por mí.
Eva tardó dos segundos.
—No la voy a cancelar por ti. La cancelaría si no puedo protegerlos. Son cosas distintas.
—¿Y puedes?
—Puedo hacer algunas cosas. No todas. Pero las suficientes para que no tengas que decidir desde el susto.
Esa frase se quedó conmigo cuando colgué.
No decides desde el susto.
No sonó como una orden. Me dejó un espacio para elegir.
Volví a la residencia al atardecer. La puerta principal estaba cerrada con seguro. Había un papel nuevo junto al timbre: No se permite grabar ni fotografiar dentro sin autorización.
Vera lo había bordado alrededor con hilo naranja, como si una regla pudiera verse bonita y seguir siendo una regla.
En el salón común, Mateo estaba construyendo una pared baja con piezas de arcilla. Eva hablaba por teléfono en la oficina. Caleb no estaba.
Me sentí aliviada.
Me sentí decepcionada de sentir alivio.
Subí a mi cuarto y extendí sobre el piso las fotografías, las notas y los mapas. La cancha. La lavandería. La terminal. El banco del malecón. La máquina de dulces. Lugares que no competían entre sí para ser importantes.
Escribí una descripción de obra.
La rompí.
Escribí otra.
Un mapa de sitios que existen aunque nadie los suba. Algunas indicaciones fueron dadas por personas que viven cerca. Otras son mías. No hay leyenda porque no todo necesita ser entendido antes de ser encontrado.
La leí en voz alta.
Seguía sin saber si era buena.
Pero era mía.