Lo que nadie vio de nosotros 28. El resorte
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28. El resorte

El resorte

No fui a la residencia después de salir de casa de Cora.

Podía haber tomado el autobús de vuelta. Podía haber ido a mi cuarto, haberme quitado los zapatos y mirado el techo hasta que el día dejara de sentirse tan largo. En lugar de eso caminé hasta el taller de Santos sin avisar a nadie.

El local estaba abierto, aunque ya casi era de noche.

Un foco amarillo iluminaba una fila de ventiladores viejos; todos apuntaban a lugares distintos.

Santos estaba junto a la puerta, peleando con el marco de un letrero que decía REPARACIONES .

La R se había aflojado y quedaba más abajo que las otras letras.

—No sabía que cerrabas tarde —dije.

Santos levantó la vista.

—No cierro tarde. Este letrero decidió caerse temprano.

—¿Y Caleb?

Señaló con la barbilla hacia el fondo.

—Está castigando a una máquina de coser por existir.

—Suena normal.

—No lo es. Pero ya no cobro por entender a la gente.

En la mesa del fondo, Caleb tenía una máquina verde abierta por la mitad. Había una fila de tornillos alineados sobre un trapo y un resorte pequeño entre dos pinzas. No levantó la vista cuando entré.

—Está cerrado —dijo.

—Qué raro. La puerta estaba abierta.

Entonces me miró.

Tenía las manos llenas de polvo negro y la cara de quien no había comido ni dormido bien. Me molestó que una parte de mí quisiera preguntarle si estaba bien. Cora acababa de mostrarme una tarde que había cambiado mi vida; no me tocaba cuidar el silencio incómodo de Caleb.

—¿Fuiste? —preguntó.

—Sí.

—¿Lo vieron?

—Sí.

Él volvió a mirar la máquina.

—Cora tiene la tarjeta —dije.

—Bien.

—No la va a destruir hoy.

—Bien.

El segundo “bien” salió igual que el primero. Plano. Correcto. Como si estuviera marcando una casilla que no quería tocar.

—¿Todo te parece bien? —pregunté.

Caleb dejó las pinzas sobre la mesa.

—No.

—Entonces no contestes como si lo fuera.

—No sé qué se supone que diga.

—Podrías empezar por algo que no sea una palabra de una sílaba.

Santos hizo sonar el marco del letrero al otro lado del local. No volteó. Era una de esas personas que entendían cuándo no convenía mirar, aunque escucharan todo.

Caleb se pasó la mano por la nuca.

—No voy a pedirte que me cuentes lo que Cora decidió mostrarte a ti.

—No necesito que me castigues con respeto.

La frase se quedó quieta entre los dos.

—No te estoy castigando.

—Entonces di algo.

—Estoy intentando no hacer de esto algo sobre mí.

—Eso no significa que tengas que actuar como si no te importara.

Él apoyó las dos manos en la mesa. La máquina de coser tenía una rueda afuera, como un hueso que alguien hubiera dejado al descubierto.

—Me importa —dijo—. Me importa demasiado. Y cada vez que abro la boca, encuentro una forma de decir algo que te hace pensar que quiero resolverlo por ti.

—Porque lo haces.

—Sí.

Esperé algo más. Una pregunta. Una reacción. Caleb miró el resorte y no dijo nada.

El cansancio me subió de golpe por la garganta.

No el de ese día. El de dos años mirando un fragmento de mí repetido por gente que no me conocía.

El de Cora sentada frente a la pantalla, mirándome abandonar la terraza una vez y luego otra.

El de Caleb sabiendo que ella seguía viva mientras yo escribía mensajes que no enviaba.

—En el video vuelvo —dije.

Caleb levantó la cabeza.

—Lo sé.

—Vuelvo con su bolsa. La dejo ahí. Y luego me voy otra vez porque mi teléfono vibra. Como si cualquier cosa fuera más urgente que ella.

Su mandíbula se tensó.

—Mara...

—No me digas que no fue así. No necesito eso.

—No iba a decirlo.

—Entonces, ¿qué?

Él tardó demasiado en contestar.

—Que no sé qué esperas de mí ahora.

—No espero que arregles nada.

—Pero sí esperas que adivine cuándo quieres que hable y cuándo quieres que me calle.

Lo miré.

Caleb lo entendió un segundo después. Se le notó en la cara. Pero ya estaba dicho.

—No puedes pedirme que te pregunte por todo y luego enojarte porque no adivino qué te asusta, Mara.

El local pareció hacerse más pequeño.

Santos dejó de mover el letrero. Nadie respiró fuerte. Nadie hizo una escena. Eso fue peor.

—¿Eso piensas? —pregunté.

—No. Quiero decir, sí pienso que no sé cómo estar cerca de ti sin equivocarme, pero no debí decirlo así.

—No. Lo dijiste así porque estás cansado de que sea difícil.

—Estoy cansado de ser la persona que lo hizo difícil.

—No es lo mismo.

Caleb cerró los ojos.

—Lo sé.

—Y tú no puedes convertir cada cosa que ves en material para arreglarte la vida. Ni el archivo. Ni a Cora. Ni a mí.

No dijo que no era eso. Por primera vez, no intentó disputarme una frase para que le doliera menos.

El resorte salió disparado cuando su mano chocó con la mesa. Rodó hasta mis zapatos. Era pequeño, vencido en un punto, torcido de una manera que apenas se veía.

Lo recogí.

—¿Se puede arreglar? —pregunté.

Caleb miró la pieza en mi palma.

—Podemos intentar enderezarlo. Pero no vuelve a tensar igual.

—Eso suena deprimente.

—Es mecánica.

—La mecánica necesita mejores relaciones públicas.

Santos soltó una risa desde la puerta: por fin había logrado que la R volviera a su lugar.

Dejé el resorte en la mesa.

—Mañana voy a hablar con Eva sobre el proyecto —dije—. Te mandaré lo que necesito para seguir.

Caleb asintió.

—Voy a respetarlo.

—No me prometas cosas ahora.

La frase lo hizo bajar la mirada.

—Está bien.

Esa vez no lo dijo como una salida. Lo dijo como alguien que no sabía qué más merecía decir.

Santos dejó el destornillador junto al letrero.

—Mara —dijo—. ¿Vas para la avenida?

—Sí.

—Llévate esto.

Me tendió una mandarina del cajón de su mostrador. La acepté sin preguntar por qué tenía mandarinas ahí.

—Gracias.

—Son para los días que no se arreglan con café.

Al salir, vi a Caleb inclinado otra vez sobre la máquina. No miró hacia la puerta.

En la calle, abrí la mandarina.

El olor me llenó las manos.