Chapter 13 #2
Me sonrió. De las comisuras de la boca le salían hilillos blancos y, cuando hablaba, vislumbraba destellos de su lengua, forrada de lana pálida. Di otro paso atrás.
Maligno . Eso había dicho Roderick. Pero yo lo que veía no era algo maligno, sino algo extraño, ajeno, una extrañeza tan monstruosa y alejada de mi comprensión que hasta la última fibra de mi ser me gritaba que lo rechazara, que huyera, que lo alejara de…
—Alex, mi Alex —dijo. Una arruga se le formó en el entrecejo—. Tú lo entiendes, ¿verdad? Tienes que entenderlo. Tienes que ayudarme a salvarle.
—Maddy, yo…
—Tienes que hacerlo.
—Nunca podría ayudar a algo que te ha matado. —Lo cual sonaba mucho mejor que lo que pensaba en realidad: que quería pegarle un tiro a la cosa en la que se había convertido, quemar el cuerpo y después cubrir aquellas tierras con sal.
—A Roderick le estás ayudando. —Sentí la vergüenza brotándome en las tripas.
No le faltaba razón—. El lago no ha hecho daño a nadie.
No a propósito. Va no siente dolor, ¿cómo lo iba a entender?
Ahora ya sabe. —Avanzó otro paso—. Ya no dolerá.
Y si yo no hubiera sido tan débil, la pizquita de nada que necesita para alimentarse no habría tenido ninguna importancia.
Denton ya tenía a Roderick casi en la puerta.
—Maddy, ¿me estás pidiendo que me deje infectar por esa cosa?
—No es «infectar». —El término pareció ofenderla—. Es solo darle un hogar. Va es como un bebé, necesita a alguien que le cuide, y sé que tú le protegerás y le defenderás, igual que siempre me protegiste a mí.
Maddy avanzó y yo reculé. Tenía una pistola, tenía fuego, pesaba unos cuarenta kilos más que ella, y reculé de todas formas.
—Alex…
Denton alargó la mano, me agarró por detrás de la chaqueta y tiró con fuerza. Trastabillé hacia atrás, y lo último que vi de Madeline fue la puerta cerrándose de golpe en su cara.
— oOo —
No había pestillo por fuera. Apoyé mi peso contra la puerta.
—Busque algo para bloquearla —dije a Denton.
Roderick estaba apoyado contra la pared, como un borracho sujetando la barra de un bar. El médico salió pitando pasillo abajo.
—¿Alex? —Maddy tocó a la puerta.
—Ese es el sonido que digo —masculló Roderick—. Ese es. Lo oigo desde la cripta. ¿No lo oyes?
—Lo oigo —le dije, queriendo apaciguarlo.
—Alex. Déjame salir. Tienes que ayudarme.
Un golpe sacudió la puerta, lo bastante fuerte para desplazarme unos centímetros. Clavé los pies al suelo y me apuntalé con la espalda contra la puerta. El lago era mucho más fuerte de lo que Madeline había sido jamás.
—¡Alex, te lo ruego!
—No es ella —dijo Roderick. Empezaba a caerse de lado, pero no me atreví a estirarme para sujetarlo—. Easton, señor, no es ella de verdad.
—Lo sé —respondí—. Sé que no lo es.
—¡Alex, tienes que ayudarme a salvar al lago!
—Señor… la oigo…
—Yo también, Usher.
Un chaparrón de golpes cayó contra la puerta.
¿Cómo podía tener tanta fuerza? Me imaginé las frágiles muñecas de Madeline aporreando la madera.
Tenía que estar desgarrándosele la piel bajo semejante tortura…
Pero quizás eso al lago le trajera sin cuidado.
¿Por qué habría de importarle a un hongo una herida abierta?
El hongo no sentía dolor, y ahora, ella tampoco.
—¡Alex!
El tinnitus me rugía en los oídos, sepultándolo todo. Lo recibí de buen grado. No duró lo suficiente ni mucho menos.
—Lo siento, Maddy —dije. No sé si me oyó.
—Por su voz parece ella —dijo Roderick—, pero no lo es. Es lo otro.
—Lo sé.
Unos fuertes chirridos anunciaron la llegada de Denton con un banco corrido.
—Hala —dijo—. Debería ser lo bastante grande para apuntalarlo contra la pared opuesta.
Lo era. Por poco. La puerta se abrió un ápice cuando Denton lo colocó de un empellón en su sitio.
Los dedos de Madeline, de un negro azulado, se colaron por el resquicio.
Las hifas se quedaban enganchadas en los bordes ásperos de la madera.
Los golpes le habían dejado la base de la mano en carne viva, y de ella colgaban gélidos jirones de carne y largos hilos blancos.
Su mano asió la puerta y empujó. El banco golpeó la pared, y oí el gemido de la madera, pero aguantó.
—Eaaaastonnn… —dijo la voz al otro lado de la puerta, que ya no era la voz de Maddy—. ¿Eaaastonn…?
—Saque a los criados de aquí —ordené a Denton.
«Al único criado que hay, lo más seguro», pensé. Enganché a Roderick del brazo y tiré de él para ponerlo de pie. Mi espalda me gritó que ya no era joven y que pagaría el precio. «Más tarde —le dije—. Más tarde me desmorono de rodillas para arriba».
Roderick se hundía contra mí.
—Sabía que tendría que matarla —susurró—. Lo sabía. Nunca me habría esperado que vinieras.
—No pasa nada —le dije—. No pasa nada.
Logramos bajar las escaleras, no sé cómo. Roderick empezó cargar con parte de su propio peso. Mi espalda se lo agradeció, aunque fuéramos despacio.
—Mi idea era pedirle a Denton que viniera a verla y luego se marchase —dijo—. Cuando viera lo enferma que parecía, a nadie le sorprendería que se hubiera muerto poco después. —Se llevó una mano temblorosa a la cara—. Lo siento, Easton. Lo siento muchísimo. Tenía que acabar con esa cosa.
Yo asentí con la cabeza. Lo que había hecho era impensable, pero después de ver lo que había visto, había dejado de cuestionar sus motivos.
—No pasa nada, Roderick. Lo entiendo. —Le di una palmada en la espalda, como si fuera un perro al que intentara calmar. Curiosamente, pareció surtir efecto—. Todo irá bien.
Lo cual era mentira, pero a ambos nos hacía falta oírlo.
Para cuando llegamos al patio, Denton ya había reunido a los criados. Solo eran dos: el omnipresente ayuda de cámara y la mujer que, supuse, era la cocinera.
—He mandado al mozo de cuadra a la posada con mi caballo —dijo, y yo asentí.
Roderick, que ya se sostenía en pie, meciéndose de un lado a otro, se dirigió a los dos criados con un movimiento de cabeza.
—Aaron, Mary, se acabó. Por favor, volved al pueblo. Yo… —Tragó saliva—. Os alcanzaré cuando pueda.
Mary, inexpresiva, se dio la vuelta. Aaron no se movió.
—Señor… ¿puedo asistirle en algo? —Me observó con recelo, claramente dudando de si yo era artífice del estado en el que se encontraba Usher o, por el contrario, su salvación.
—Esta vez, no. —Roderick esbozó una sonrisa frágil. A la luz de la mañana, su piel tenía un tono cadavérico—. Por favor, ve con Mary. Para que no me preocupe.
—Muy bien, señor.
Aaron se irguió, hizo una reverencia y se alejó por el camino tras los pasos de la cocinera.
Ya solo quedábamos Denton, Roderick y yo, plantados en el patio, alzando la vista hacia aquella condenada casa, aquellas ventanas que nos miraban desde lo alto como ojos inefables. El lago emitía unas luces parpadeantes y arrancaba reflejos a los cristales.
—¿Cuánto creéis que tardará en salir? —preguntó Denton.
Yo tragué saliva, recordando aquellos golpes como mazazos contra la puerta.
—No mucho. Si es que no le despedaza el cuerpo intentándolo.
Y quizás ni siquiera eso lo detuviera. ¿Por qué habría de hacerlo? Escudriñé la arcada que conducía al jardín en busca de liebres.
—Es muy sencillo —dijo Roderick—. Los Usher han permitido que crezca esta monstruosidad. El último Usher se asegurará de que no salga de aquí.
Asintió para sí en silencio.
—No puedes ir solo —dije enseguida.
—Sí que puedo. —Me aferró el hombro y añadió—: Todavía la oigo. La oigo ahora mismo. Está ahí dentro. No está muerta. No está lo bastante muerta. Y oigo a la cosa del lago que le responde.
—Pero ¿y si…?
Roderick me miró con una sonrisa angelical.
—Vete, Easton. De todas mis amistades, eres la última que me queda, y la mejor. Haz esto por mí. Es lo único que te pido.
Tragué saliva otra vez. Tras darle una última palmada en la espalda, me aparté. Denton y yo nos alejamos tambaleantes de aquella maldita casa mientras Roderick Usher volvía a adentrarse en ella.
Estábamos a medio camino del pueblo, con la mansión aún a la vista, cuando la primera llama alcanzó el tejado.