Lo que mueve a los muertos Chapter 13
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Chapter 13

E l cuello, horriblemente torcido, le ladeaba la cabeza en un ángulo terrible.

Tuvo que girar todo el cuerpo para ponerse de cara a la puerta, y, al hacerlo, la cabeza se le desplomó sin fuerza hacia un lado.

Levantó un hombro para tratar de enderezarla un poco, y aquel pequeño gesto me pareció tan espantoso que paré en seco.

—Alex —dijo.

La voz salía sin fuerza y con mucho aire, como si no pudiera respirar bien. ¿Tendría los pulmones llenos de hongo fieltrado, como la liebre? ¿O era simplemente por el cuello roto? ¿Acaso importaba?

—Madeline.

Roderick seguía acostado en la cama. No pude distinguir si respiraba. ¿Lo había matado?

«Y, si lo ha matado, ¿ha sido un asesinato o simple justicia?».

—Dispararme… no servirá… de mucho… —susurró.

Tenía el pelo suelto y le caía sobre los ojos, blanco sobre piel color hueso.

Cuando fue a retirárselo con la mano, vi que sus dedos se habían puesto de un color negro violáceo, y que una línea alargada le recorría la parte inferior de los brazos.

A veces les sale esa mancha a los muertos, cuando se les acumula la sangre.

No sabía lo que estaba haciéndole el hongo, pero su corazón había dejado de latir hacía días.

Tosió, y su voz recobró un poco de fuerza.

—Aunque supongo… que no me resultaría muy agradable.

Me sonrió con tristeza. Era la sonrisa de siempre, la que conocía desde que éramos chiquillos.

—Dios mío, Maddy —dije. Bajé el arma. ¿En serio me creía capaz de dispararle?—. Dios mío. ¿Qué te ha pasado?

—Lo del cuello fue… un contratiempo —contestó con aire pensativo—.

Antes solo tenía el lago en… el cerebro…

y en la piel. Ahora va ha tenido que crecer hasta abajo…

más allá de la fractura. Le llevó… varios días.

—Sacudió la cabeza en mi dirección, y esta se bamboleó de lado a lado.

Le vi el ángulo abrupto de la tráquea. Las náuseas se me aferraban por dentro—.

Qué listo… fue Roderick. Él nunca entendió… al lago.

Denton, que ya había llegado junto a mí, no apartaba los ojos de la cama.

—Madeline, ¿Roderick está vivo?

—No lo he… matado. —Volvió a toser y, con el movimiento, se le resbaló la cabeza del hombro y rebotó al ritmo de la tos.

Tuve que apartar la vista. Cuando volví a mirar, vi que se había llevado la mano a la boca y tiraba de algo.

De entre sus labios salieron unos largos hilos blancos, que enrolló en la mano y luego dejó caer, despreocupada, sobre su regazo—.

Ya está —dijo con voz más firme—. Así está mejor.

Es que va me llenó los pulmones. Para salvarme, pero ahora hay demasiado.

Volvió a apoyarse la cabeza sobre el hombro.

—¿Va? —¿A quién se refería como si fuera una criatura?

—El lago. —Me sonrió—. Ha sido el lago desde el principio.

Denton dio un paso al frente.

—¿Puedo examinar a Roderick? —preguntó.

Era lo que había que hacer, por supuesto, pero yo necesitaba desesperadamente entender a qué se refería Madeline y por qué hablaba del lago como si se tratara de un niño.

—Sí.

Denton rodeó la cama con tanta precaución como si contuviera un proyectil sin detonar. Madeline lo ignoró. Me pregunté si sería muy rápida, y me sorprendí frotando el seguro de la pistola con el dedo. Me obligué a parar. Era una costumbre malísima. Angus me habría echado la bronca.

—Maddy —dije, con la esperanza de conservar su atención—. ¿Qué quieres decir con que ha sido el lago desde el principio?

—Lleva muchísimo tiempo intentando tender lazos —explicó con tono melancólico—.

Podía arraigarse en los animales. Así aprendió a usar sus sentidos.

No me puedo imaginar cómo debió de ser para va la primera vez.

Piénsalo: si no tuvieras sentido de la vista, ni noción del concepto, ¿cómo harías para llegar hasta él?

Con el oído fue más fácil. Va entendía lo que son las vibraciones, y al final oír consiste en eso.

Y el olfato ya lo conocía. —Se señaló los ojos—.

¿Pero cómo pensarías que este par de bolas de gelatina sirven para algo?

¡Y, aun así, al final el lago lo averiguó!

Tragué saliva. Detrás de Madeline, Denton levantó el pulgar en señal afirmativa. Roderick seguía con vida. Gracias al cielo.

—Me estás diciendo que el lago es inteligente —dije.

Madeline alzó la vista y me sonrió.

—Más que tú y que yo. Piensa en todo lo que ha conseguido aprender.

—Y… —Denton estaba tirando de la muñeca de Roderick, quizá tratando de sacarlo de la cama—. ¿El lago te habla? ¿Se comunica contigo de algún modo?

Parte de mí creía que se había vuelto loca. La otra parte señaló que estaba conversando con una muerta. «Las setas no piensan. Ya. Tampoco se mueven los muertos».

—Lo más difícil fue hablar —prosiguió Madeline.

Se arrancó otra bola de hifas de entre los labios—.

Primero tuve que enseñarle una especie de lengua de signos.

Va no entendía el habla para nada. —Soltó otra risita, ese sonido como de papel rasgado que me ponía los pelos de punta y que el ángulo imposible de su tráquea empeoraba aún más—.

Si lo piensas, en el fondo hablar es echar aire por la garganta y mover los labios alrededor.

¿Quién entendería algo así sin nacer con la capacidad ya incorporada? ¡Pero al final va lo entendió!

«“Mover aliento difícil” —pensé—. “Maddy, no. Maddy uno y yo uno…”. Dios mío, era el lago el que hablaba. Maddy le enseñó al hongo a hablar».

Había tenido todas las pistas delante de las narices, pero ¿cómo habría podido adivinar la verdad? ¿Cómo demonios habría podido saber que, cuando Maddy se puso a nombrar la pared y la vela, cuando empezó a contar, era todo una lección de vocabulario?

¿Cómo habría podido saber que trataría al hongo como a un niño pequeño?

Denton había conseguido sacar a Roderick de la cama. El último descendiente varón de los Usher estaba bastante atontado y se apoyaba en Denton como un borracho, pero al menos se movía. Lo oí balbucear una pregunta y a Denton mandarle callar.

Madeline empezó a darse la vuelta, y yo me apresuré a distraerla.

—¿Entonces va… el lago… aprendió a hablar porque le enseñaste tú?

Funcionó. Me dedicó una sonrisa radiante.

—Cuando comprendió que nos comunicábamos con el sonido, casi aprendió va por su cuenta. ¡Es tan inteligente! Mi doncella y yo… va tomaba el control de Alice y yo le enseñaba lo que podía. Pero entonces Alice se suicidó, la tonta de ella. Y entonces todo fue más difícil.

Un fugaz destello de emoción —pena, rabia o decepción; no supe distinguir cuál— le recorrió el rostro.

—¿Se suicidó?

—No lo entendía. —Madeline empezó a ponerse de pie.

Una mano avanzó sinuosa para aferrarse al poste de la cama, casi como si estuviera desconectada del resto de su cuerpo—.

No entendía lo que va estaba intentando hacer, y entonces el zoquete de su hermano se llevó su cuerpo y lo incineró, ¿te lo puedes creer?

¡Para que así ni siquiera pudiera volver!

«O sea, que el fuego lo detiene —pensé, y me cubrió una ola de alivio inenarrable. Si el hongo se arraigaba en mí, todo iría bien siempre y cuando Angus quemara mi cuerpo—. Puede que los muertos anden, pero yo no caminaré entre ellos».

—Pero tú sí lo entiendes, Easton. Puedes tomar el relevo y seguir enseñándole. Va no puede mantener mi cuerpo en marcha mucho más tiempo. Empiezo a desgastarme. Algunas cosas fallan con el tiempo.

Volvió a esbozar aquella sonrisa triste y dio un paso hacia mí.

Se movía como las liebres, y al fin lo entendí.

El control de Maddy sobre su cuerpo se detenía en el cuello. Por debajo de la fractura, el lago lo controlaba como si fuera una marioneta.

Incapaz de moverme, pasé demasiado tiempo contemplándola acercarse.

—Madeline —dije, midiendo las palabras—, esta cosa… sea lo que sea… es lo que te estaba matando. Te estaba devorando viva.

Me negaba a llamar «va» al hongo. Jamás. Era un horror y se había comido a mi amiga.

—Ya sé, ya sé —dijo Madeline. Puso los ojos en blanco, quitándole importancia—. Es verdad. Pero no lo hacía queriendo. De hecho, ralentizó el proceso tanto como pudo, pero no podía evitar alimentarse un poco. Aunque, claro, al final me morí.

Denton y yo intercambiamos miradas. Esperaba tener una cara inexpresiva. La de Denton no lo era.

—Sabes que estás muerta —dije.

La sonrisa de Madeline era beatífica.

—Easton —dijo, con la delicadeza que utilizaría con una criatura—. Llevo muerta al menos un mes.

El lago alargó una de sus manos y yo me eché hacia atrás.

Bajo las uñas le crecían cúmulos de hifas como bolas de algodón, de un blanco impactante contra la piel ennegrecida por los moratones.

Días antes me había alarmado la sensación de su piel al tacto.

Sabiendo lo que sabía ahora… «Por los clavos de Cristo.

Al menos el fuego funciona. Si puedo conseguir echarle encima el aceite de la lámpara…

No, con esto no me llega ni por asomo. Hizo falta muchísimo para quemar la liebre».

Dios mío, ¿por qué estarán los cuerpos tan llenos de agua?

Denton volvía con Roderick rodeando la cama, medio conduciéndolo, medio cargando con él a cuestas. Me aparté ligeramente a un lado, tratando de posicionarme entre Madeline y los otros dos.

—¿Cómo es posible? Si respirabas. Y tenías pulso.

—El lago mantuvo mi corazón con vida tanto como pudo.

Mi cuerpo sabía lo que tenía que hacer; va solo tuvo que darle órdenes.

Pero cuando Roderick me rompió el cuello, las órdenes dejaron de llegar.

—Se enderezó la cabeza otra vez—. No importa.

¿Qué era yo, cuando vivía? No era de ninguna utilidad para nadie, mucho menos para mí misma.

Una muñeca bonita a la que mi madre ponía vestidos y los hombres se dedicaban a mirar, y un día mi madre murió y vine aquí, donde no había hombres que me miraran. Y, al final, encontré un propósito.