Chapter 12 #2
No hubo respuesta. Agucé el oído, tratando de captar cualquier cosa: el frufrú de alguna tela enredada, el sonido de un cuerpo tirando de sí mismo, miembro a miembro.
Nada.
—No está aquí —dije.
—Tiene que estar —replicó Denton—. No me dirá que ha logrado subir todos esos escalones.
—¿Por qué no?
Hacía horas que había empezado a formarse una sospecha en lo más hondo de mi cerebro, una sospecha contra la que me estaba resistiendo. Si no la pronunciaba en voz alta, podía fingir que ni siquiera se me había ocurrido.
—¡Porque está muerta! Y lo otro es un hongo, no un… no un… —Buscó las palabras con desesperación—. ¡Es una seta con ínfulas! Tal vez pueda hacer que un cuerpo se menee un poco, ¡pero ya está! Seguro que la movió y se cayó rodando al suelo, nada más.
Levanté la lámpara para arrojar luz sobre los rincones de la estancia.
—Mire alrededor, Denton. ¿Usted la ve?
Denton se acercó a la losa y la rodeó a zancadas, claramente esperando encontrarse el cuerpo allí.
Me habría ofendido que pensase que la señorita Potter y yo podríamos haber pasado por alto un cadáver entero, pero tenía la sospecha de que Denton también estaba intentando evitar sus propios pensamientos.
Al no encontrar ningún cuerpo, volvió a rodear la losa y se acercó a la galería que se adentraba en las catacumbas. Después se detuvo. Estaba claro que se lo había pensado mejor.
—¿Tiene la completa certeza de que cerraron la puerta? —preguntó.
—Sí. Quizás se me olvidó atrancarla, pero la puerta la cerramos seguro. —Levanté la mano—. Lo sé, sé que las puertas son una cosa demasiado complicada como para que un hongo las entienda. Pero aquí estamos.
—Debe haber sido Roderick. O uno de los criados. Su hombre, Angus, si se lo contó…
—No ha sido Angus.
—Pues un criado.
Lo miré sin decir nada. Él gruñó y volvió a meterse en la galería con aire ofendido, lámpara en mano. Yo fui tras él. No quería que desapareciera solo en las profundidades de las catacumbas. «¿Y si Madeline está ahí dentro? ¿Esperando?».
Bajé la vista y paré en seco con un siseo.
—¿Qué pasa? —Denton se volvió. La llama reflejaba en sus ojos dos punzadas de color naranja.
—Fíjese en el suelo. ¡Mire el polvo!
El polvo de la galería llevaba años inalterado. Tal vez décadas. No recordaba cuánto tiempo había pasado desde la muerte del padre de Roderick. Formaba un grueso tapiz que cubría el suelo.
Unas huellas de pisadas dibujaban dos líneas que destacaban en un marcado relieve.
Alguien de pies pequeños había pasado por allí hacía poco, arrastrando el paso, trazando manchas alargadas; pero, cada pocos metros, se veía la huella inconfundible de los dedos de unos pies descalzos.
Después volvían por donde habían venido.
Denton tragó saliva con fuerza.
—Alguien ha pasado por aquí.
—Alguien. Sí. Y después volvió.
Di un paso atrás hacia la cripta principal.
La gratitud inundó por un momento el semblante de Denton.
Un instante después, volvimos a toda prisa por donde habíamos venido.
(No corrimos. Si corríamos, tendríamos que admitir que algo nos estaba haciendo correr.
Si corríamos, el niño que vive en el corazón de todos los soldados sabría que los monstruos podían atraparnos.
Así que no corrimos, pero nos faltó poco).
La puerta seguía abierta. El suelo estaba demasiado contaminado con todo tipo de pisadas como para ofrecer pistas sobre quiénes habían estado y adónde habían ido.
Me acerqué a la puerta de la cripta, tratando de pensar.
Era de madera maciza, con volutas ornamentadas de hierro, tan gótica como el resto de aquella maldita mansión.
Madeline era un poco más bajita que yo. Si había tocado la puerta…
—Denton.
—¿Qué?
Apunté en silencio. Junto a la argolla de hierro, exactamente donde tocaría el brazo de alguien que hubiera apoyado su peso contra la puerta, había una cruz de metal. En el borde había enganchados una docena de finos pelos blancos.
— oOo —
Esperaba que Denton me llevase la contraria, que dijera que debía haber sido el sudario al rozarse con la puerta. Pero no: se quedó mirando fijamente los pelos blancos un buen rato, después exhaló de golpe y cuadró los hombros.
—Entiendo.
—Se metió en las catacumbas ella sola. Y después volvió a salir.
Y había manipulado la puerta sin ayuda de nadie.
Él asintió una vez sin despegar los ojos de la puerta.
—Denton —dije—, creo que debemos plantearnos la posibilidad de que Madeline esté… —pugné por encontrar la palabra; al final elegí—: consciente.
—Es imposible —repuso Denton en un tono casi despreocupado—. Pero eso no ha impedido nada de lo que ha ocurrido hasta ahora, ¿verdad?
—¿Por qué es imposible?
—Porque está muerta. Y las setas no tienen conciencia.
—Pongamos que no está muerta. No, escúcheme. Usted dijo que la gente a veces se ahoga y luego revive un buen rato después, cuando ya deberían estar muertos, ¿no?
—Horas después, teniente. No días.
—Pongamos que el hongo la mantuvo con vida. El hongo vive en el agua, ¿verdad? Con lo que puede sobrevivir a un ahogamiento. ¿Y si hizo que su huésped sobreviviera también de algún modo?
Denton al fin me miró, abrió la boca y la volvió a cerrar. Prácticamente podía verlo pensar.
—La falta de oxígeno mata el cerebro —dijo lentamente—.
Si este hongo tuviera alguna forma de suministrar oxígeno…
absorberlo y pasárselo al cerebro… Bien, de acuerdo.
La idea es un despropósito y no debería creérmela ni por un segundo, pero si el hongo ya está alojado en el bulbo raquídeo… ¿por qué no?
—Madeline despierta, unos días después de que le hayan roto el cuello —dije—. Se levanta y se adentra en las catacumbas. La señorita Potter y yo bajamos y nos volvemos a ir, y ella vuelve a la cripta y descubre que la puerta está desatrancada. La abre y sale.
Señalé a lo alto de las escaleras.
—Lo cual significa que está en algún lugar de la casa.
Denton sonaba divertido, pero reconocí en su tono el humor de un hombre que ve los cañones colocándose en posición. ¡Ja! Claro que el enemigo tiene cañones, ¿por qué no iba a tenerlos? Ah, ¿y se nos han acabado las balas, dices? ¡Ja, ja!
—Sí.
—¿Dónde cree que irá?
—¿Dónde cree usted? —Comencé a subir las escaleras—. ¿Dónde iría usted si alguien le hubiera partido el cuello? Va a por Roderick.
Esta vez sí corrimos. Subimos las escaleras a trompicones y Denton me guio hasta las habitaciones de Roderick. Nuestras lámparas se agitaban y poblaban los pasillos de gigantes de sombra. Como no tuviéramos cuidado, se nos derramaría el aceite y acabaríamos prendiendo fuego a aquella maldita casa.
El pasillo superior ya estaba iluminado, pero no por velas, sino por una luz pálida y débil que se colaba por la ventana del fondo. Por Dios, ya amanecía. ¿Cuánto tiempo habíamos pasado bebiendo y tratando de encontrarle explicación a todo? ¿Cuánto tiempo habíamos pasado en la cripta?
¿Cuánto tiempo llevaba Madeline a solas con su hermano indefenso?
La puerta del cuarto de Roderick se abría hacia fuera, y ahora estaba entornada.
Denton y yo intercambiamos miradas frenéticas y nos atascamos intentando entrar por la puerta al mismo tiempo.
Yo me moví un poco más rápido, así que fui quien irrumpió en la habitación de Roderick, con la pistola en una mano y la lámpara en la otra, y se encontró con Madeline.
Sentada en la cama de Roderick.