Chapter 12
—S é que le han roto el cuello —dije—. Ha sido Roderick, supongo.
Denton inhaló de golpe.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó.
—Bajé a la cripta y miré.
—Ah. —Esbozó una mueca—. No fue un homicidio, si eso es lo que insinúa. Bueno, sí que lo fue, pero no es… quiero decir… —Se frotó la cara—. Necesito un trago.
—Yo le sirvo. Usted cuéntemelo todo.
Por una causa tan justa, me habría fundido la última botella de livrit, pero por fortuna Denton tenía su propio brandy. Sus dependencias no diferían mucho de las mías, aunque él no contaba con ningún hombre que lo ayudara.
—Roderick me pidió que viniera hace un mes —dijo, desplomándose en una butaca.
El golpe levantó una nube de polvo, y seguramente también esporas de moho, pero ¿qué más daba un poco más a estas alturas, eh?
—Por la catalepsia.
—No exactamente. —Dio un trago de brandy—. Era la locura lo que le preocupaba.
—¿Qué locura?
Denton gimió, se levantó y rebuscó entre sus pertenencias. Al final dio con un sobre maltrecho.
—Tome. No tiene sentido jugar a las adivinanzas. Léala y acabamos antes.
Reconocí la caligrafía enmarañada de Roderick en cuanto desplegué la carta. No había perdido el tiempo con encabezados.
Denton:
Necesito tu ayuda. Algo le pasa a Madeline, algo terrible, peor que la catalepsia que la atormenta desde hace unos años.
Desde el día que estuvo a punto de ahogarse, ha caído bajo el influjo de un extraño delirio en el que habla de formas completamente ajenas a ella.
Una mañana puede estar como si nada y, de repente, cae la tarde y me la encuentro hablando con los criados como si fuera una niña pequeña.
Señala las cosas, pregunta cómo se llaman y parece asombrada por todo.
Pone una voz extrañísima. Cuando le pregunto qué le pasa, vuelve de inmediato a ser la misma de siempre, pero actúa de forma muy peculiar y taimada, y me dice que simplemente se ha quedado atolondrada un momento.
Su comportamiento está asustando a los criados. Y lo peor de todo es que ya había oído a alguien hablar así, pero era Alice, su doncella, quien hablaba de ese modo. A veces las oía en la habitación de Madeline. Por entonces creía que era Alice poniendo voces para hacerla reír.
Creerás que desvarío, Denton, pero cuando oigo esa voz con la que habla, empiezo a pensar en historias de posesiones demoníacas, no en enfermedades. Es algo terrible de presenciar.
Sé que eres un hombre racional, y yo me esfuerzo por serlo, pese a que esta finca espantosa me ha castigado los nervios. Por favor, te lo ruego, si tienes un ápice de piedad por mí o por mi hermana, ven y ayúdame.
La firma era de Roderick. Leí la carta dos veces, recordando la extraña forma de hablar de Madeline de aquella noche, cuando me la había encontrado sonámbula, esa forma de contar. «Maddy, no», había dicho.
Si no era Maddy, ¿quién era?
—Usted no cree en las posesiones, claro —dije, levantando la vista.
—«Hay más cosas en el cielo y la tierra, Horacio…». Pero no, justo en eso no creo. —Hizo una pausa antes de musitar—: O no creía.
—¿Y ahora?
Denton negó con la cabeza.
—Ya no sé lo que creo. Cuando hablé con Madeline, estaba igual que siempre. Hasta que dejó de estarlo.
—Explíquese.
—No puedo. No de forma racional. Parecía sufrir una especie de alteración mental, y de repente hablaba distinto.
Yo no había visto nada igual. —Denton miró al techo—.
Arrastraba las palabras y mostraba afasia, que es un diagnóstico más o menos igual de útil que la catalepsia.
Si nos pasa a casi todos cuando estamos borrachos, por Dios.
Yo soy un cirujano de tres al cuarto, Easton, lo mío es amputar brazos y piernas.
No soy alienista. —Frunció el ceño—. Ya le dije que casi se ahoga, ¿no?
—Asentí, y él continuó—: Roderick pensaba, y empiezo a estar de acuerdo, que de «casi» no tuvo nada.
Me dijo que Madeline llevaba horas en el agua cuando la encontró.
Miré a Denton fijamente, intentando encontrar sentido a aquellas y fracasando.
—¿Qué?
—Yo pensaba Roderick había perdido la cabeza —dijo Denton, sin rodeos—. Aunque, claro, el tiempo suele ralentizarse cuando pasamos miedo. Roderick la sacó del agua y pensó que ya era tarde. Así que la bajó a la cripta y allí se pasó media noche, llorando sobre ella.
Tragué saliva.
—¿Y?
—Y Madeline despertó. Y empezó a hablarle con esa voz que a Roderick le perturbaba tanto.
—¿Cómo puede ser? ¿Pudo haberse ahogado de verdad?
No sabía por qué se lo preguntaba, después de haber visto cómo se retorcía la liebre, pero una liebre no es lo mismo que un humano, ¿o sí?
Denton negó con la cabeza.
—Los ahogamientos son un tema curioso —admitió—.
A veces la gente revive, mucho después de darlos por muertos, sobre todo si el agua estaba fría.
Sea como sea, eso es lo que le dije a Roderick cuando insistió en que Madeline había pasado bastante más de unos minutos en el agua.
—Volvió a hundirse en la butaca—. Y yo seguí convencido de que Madeline simplemente estaba un poco aturdida después del susto, y que lo de Roderick había sido el pánico, que le hizo pensar que su hermana pasó más tiempo en el agua del que había estado en realidad.
—Y fue después de aquello cuando empezó a manifestar esta… alteración.
Denton asintió de nuevo.
—Yo pensaba que el ahogamiento no tenía mucho que ver. Me parecía más probable que fuera a causa del suicidio de su doncella. Estaban muy unidas. Tal vez estaba intentando que los juegos a los que jugaban juntas no se perdieran en el olvido.
—¿Y ahora?
Denton resopló.
—Ahora es evidente, ¿no? Es ese hongo. Está provocando ese estado alterado de algún modo. Primero a la doncella, y después a Madeline. Tal vez sea una especie de efecto alucinógeno, o quizás una simple intoxicación.
—¿Por qué matarla? —Si algo demostraba el punto al que había llegado era que pudiera preguntar algo así sin particulares muestras de repulsa.
—Roderick dice que no tenía intención de matarla, pero que aquella cosa se había hecho con el control de su cuerpo.
—O sea, que el hongo vino del lago, se introdujo en su cuerpo, y era su influencia lo que hacía que se comportase así…
—Eso parece —respondió Denton con semblante lóbrego. Tras una pausa, añadió con voz monótona—: Cuando la mató, no sabía qué hacer. No entendía lo que estaba pasando, pero Roderick decía que era algo maligno y que estaba devorando a Maddy, y… que Dios me perdone, pero creo que no se equivocaba.
Pensé en la sonrisa de Maddy de aquella noche, aquel rictus con la mirada perdida, y en cómo retrocedí. Quizá «maligno» no fuera la palabra exacta, pero no me extrañaba que Roderick hubiera llegado a esa conclusión.
—Así que lo encubrió.
—Sí. Sé que hice mal, pero… —Alzó las manos y volvió a dejarlas caer—. Él también se está muriendo. No creo que dure mucho más en este estado.
—Vale —dije—. Vale.
Intenté formular las palabras que aquel momento exigía, pero opté por terminarme el brandy.
Me habría gustado agarrarme una borrachera descomunal, montarme en un caballo y huir al galope, tan rápido como le permitieran los cascos, pero Hob se había ido, y Angus con él.
Tanto Denton como yo sabíamos la verdad, pero decirla en voz alta la volvería real y…
Dios santo, habría dado cualquier cosa por que no lo fuera.
Dejé el vaso en la mesa y respiré hondo.
—Ahora Madeline es como la liebre —continué con voz sombría—. Por eso no está en la losa. Esa cosa la está moviendo de aquí para allá.
No sé cuánto tiempo pasamos sentados, bebiendo para armarnos de valor. Demasiado, seguramente. Sin embargo, tarde o temprano hay que hacer algo o resignarse a no hacer nada en absoluto.
—Tenemos que encontrar su cuerpo —dije, levantándome de la silla.
—Tiene que seguir en la cripta todavía —contestó Denton—. Digo yo que esa cosa no podrá llevarla muy lejos.
Me lo quedé mirando hasta que recordé que él no había visto las otras liebres, ni aquella forma que tenían de arrastrarse, como autómatas. La única que había visto era la de la mesa, que había conseguido cubrir unos pocos metros antes de que le parásemos los pies.
—Creo que tal vez sea capaz de bastante más —repliqué.
Denton cogió la botella y apuró el contenido.
—No podemos dejar que Roderick la vea así —dijo—. Tendremos que quemar el cuerpo.
Asentí con la cabeza y cogí una lámpara. Denton hizo lo propio. Yo todavía llevaba la pistola encima, pero ¿de qué serviría pegarle un tiro al cadáver de Maddy? Con la liebre no había podido.
Las escaleras de la cripta estaban frías y oscuras, y Denton y yo bajamos dando respingos ante el menor sobresalto. El mínimo movimiento de las lámparas agitaba las sombras, y cuando alguna se agrandaba y se cernía sobre nosotros, ambos reculábamos del susto.
—Cualquiera diría que somos soldados, y no un par de mocosos —murmuré.
Denton farfulló algo que no entendí bien.
Quedaban unos peldaños cuando paré en seco. Denton estuvo a punto de chocarse con mi espalda. Sostuve la lámpara en alto. La luz reveló la puerta de la cripta.
La puerta sin atrancar.
La puerta que ahora estaba entornada.
— oOo —
—¿Por qué se detiene? —susurró Denton.
—La puerta está abierta.
—¿La cerró cuando vino antes?
—Pensaba que sí. —Pero no la atranqué. ¿Para qué bloquear la puerta de una cripta vacía?—. ¿Quizás haya entrado Roderick?
—Roderick no debería ser capaz de levantarse ni para usar el orinal —dijo Denton. Hizo una pausa y, de mala gana, añadió—: Aunque, claro, no he hecho más que equivocarme desde que llegué, así que mi opinión médica y la carabina de Ambrosio, lo mismo.
No tenía ni puñetera idea de quién era Ambrosio, pero no me pareció el momento de preguntar. Bajé los últimos peldaños y empujé la puerta.
La losa seguía vacía.
—¿Maddy? —dije levantando la voz.
El eco recorrió la estancia como una bandada de pájaros. Oí mi voz perderse por la galería hasta el fondo de la cripta, en las catacumbas donde generaciones de Usher yacían descomponiéndose.