Chapter 11 #3
Un enfermizo fulgor verde cubría como un halo el extremo más próximo de la casa. Era tan débil que quizás no lo habríamos visto si el cielo hubiera estado más iluminado, pero contra la oscuridad destacaba en nítido relieve.
—¿Un incendio? —dijo Denton, aunque no parecía creerlo—. ¿Un incendio… químico?
Solo tuvimos que caminar un poco antes de que apareciera la orilla del lago, y eso respondió a nuestra pregunta, al tiempo que generó muchas nuevas.
El lago brillaba.
Era lo mismo que vi la otra vez, las luces que pulsaban y parecían perseguirse unas a otras a lo largo de los bordes de formas invisibles, pero mucho más brillante.
El fulgor teñía la ligera neblina que se había posado sobre el lago y la convertía en una nube de luz malsana.
Las propias aguas parecían latir como un corazón, pero mucho más rápido que el de un ser humano.
Me pregunté cómo sería en comparación con el de una liebre, y entonces miré alrededor.
No muy lejos, con llamas verdes reflejadas en los ojos, una liebre erguida nos observaba.
—Angus…
—La veo.
Los cuatro fuimos poco a poco bordeando el lago. El fulgor se intensificó. La liebre no nos siguió, y estaba demasiado oscuro como para ver si había otras. Yo estaba tan alerta que me hormigueaba la piel.
Al fin nos detuvimos ante el paso elevado que conducía a la casa.
—Bien, pues —dijo la señorita Potter, contemplando el agua rutilante—. Puedo asegurarles que esto no está recogido en los anales de la micología.
—¿Qué hacemos para destruir un hongo? —le pregunté—. ¡Rápido! ¿Cómo puede morir algo así?
Ella apartó con esfuerzo la vista del lago y se me quedó mirando sin expresión.
—¿Algún producto antihongos? —sugirió al fin—. Hay maderas con propiedades antifúngicas… algunos polvos… ¿Peróxido de hidrógeno, tal vez?
—¿No sabe?
—¡Yo dibujo setas, teniente! ¡Normalmente intento que no se mueran!
Hundí la cabeza en las manos.
—En el ejército tratábamos los hongos de los pies con alcohol —dijo Denton—. Les mandábamos sumergir los pies en él.
—Eso podría funcionar, desde luego, ¿pero de cuánto alcohol dispone? —preguntó la señorita Potter—. ¿Puede anegar el lago entero?
—Yo tengo una botella de livrit —dije—. Y supongo que todavía existirá la bodega, aunque quizás ya esté un poco desvalijada.
La expresión de la señorita Potter indicaba que lo de la bodega no funcionaría.
—Bueno, no importa —dije, mirando las luces pulsantes—.
No importa. Algo haremos. Algo haré. Angus…
—Me volví hacia él—. Angus, quiero que te lleves a la señorita Potter lejos de aquí.
Ve con Hob. Si puedes conseguir un carro, déjalo en el establo, y si alguno de nosotros sobrevive…
Dios mío. Puede que nuestros dos caballos estén infectados.
—Yo me encargo —dijo Angus.
No tenía ninguna duda de que lo haría. Toda su carrera profesional había consistido en resolver problemas logísticos mucho más complicados que los que daban un par de caballos.
—¡Teniente! —empezó la señorita Potter, irguiéndose cuan alta era, que era más que yo, y me fulminó con la mirada—. ¡Le aseguro que no soy ninguna flor de estufa a la que haya que escoltar hasta un lugar seguro por si me desmayo!
—Señorita Potter —respondí—, ni se me ocurriría insinuarlo.
Pero usted es la única persona que tiene una mínima idea, científicamente hablando, del ser al que nos enfrentamos, y nuestra única esperanza para explicárselo a las autoridades de forma que no les parezca un completo disparate.
Y si es una infección, o una plaga, o… como quiera llamar a esto…
hay que avisar a las autoridades. Angus la acompañará para asegurarnos de que la toman en serio, porque…
bueno… —Me acerqué a ella y dije por lo bajo—.
Ya sabe cómo son los hombres cuando una mujer intenta explicarles lo que sea.
La señorita Potter relajó el semblante. Exhaló un hondo suspiro y recogió su paraguas.
—En eso no se equivoca, teniente. Muy bien, pues.
Echó una última mirada ceñuda al lago fulgurante. Después desapareció con Angus en el interior del establo, para reemerger unos instantes después. La señorita Potter iba a lomos de Hob, quien, pese a parecer un poco estupefacto, estaba haciendo gala de unos modales sin tacha.
—Cuidado, que llevas a una dama inglesa —le advertí—. Seguramente esté la decimoquinta en la línea de sucesión al trono. Sé educado.
—Más bien la centésimo quinta —dijo la señorita Potter—, un hecho que me reconforta enormemente. —Después, dándole una palmadita a Hob en el cuello, añadió—: Por favor, teniente, anote lo que ocurra en el lago con todo lujo de detalles. Cómo detesto perdérmelo.
—Haré unas observaciones que les volarán las pelucas a la Real Sociedad Micológica al completo —prometí—. Angus, cuidado con las liebres.
—Sí. Y tú, cuidado con tu pellejo, renacuajo. Estoy ya muy mayor para enseñar a otro oficial.
Se alejaron por la carretera, tan rápido como les permitía la oscuridad sin correr peligro. Los contemplé marcharse y después me volví hacia Denton.
—Y ahora, ¿qué? —dijo el médico, con los ojos fijos en el lago.
El espectáculo de luces empezaba a declinar, aunque a veces se encendían súbitos parpadeos de luz que se movían a la carrera por el agua oscura.
—Bueno —repliqué con tono sombrío—, ya se han ido. Ahora, hablemos.