Chapter 11 #2
Esta vez éramos cuatro los congregados alrededor de la mesa del desayuno, aunque lo que había dispuesto era considerablemente menos apetitoso.
Era la parte más luminosa de la casa, y no podíamos aspirar a más.
Habíamos traído lámparas y velas de nuestras habitaciones y las habíamos amontonado a lo largo de la mesa hasta inundarla de luz.
Denton había ido a buscar su maletín de médico, que ahora descansaba abierto sobre la mesa: una boca de cuero negro en la que relucían dientes de escalpelo.
—Señorita Potter —dijo Angus, tocándose la gorra—. Es un placer volver a verla.
Para mi sorpresa, la señorita Potter se sonrojó un poco.
—Señor Angus. No creía que fuera a verlo de nuevo tan pronto.
—Ah, ¿es que se conocen?
Ahora que lo pensaba, últimamente Angus no se había quejado de su falta de actividad, pero me había distraído con tantas cosas que ni me había dado cuenta.
—Sí, desde luego. El otro día el señor Angus tuvo la amabilidad de sostenerme el paraguas en el ángulo perfecto mientras yo pintaba un espécimen especialmente bello de Amanita phalloides .
Estaba intentando pensar en un chiste con phalloides que no me ganase un paraguazo de la señorita Potter cuando Denton carraspeó y nos convocó de vuelta a la realidad.
—Voy a realizar la primera incisión —dijo.
—¡Espere! —La señorita Potter buscó por la habitación, encontró una pila de servilletas de lino y las repartió apresuradamente—. Cúbranse la nariz y la boca. Si hay esporas y se trata en efecto de un hongo peligroso, no debemos inhalarlas.
Me até la servilleta alrededor de la cabeza. Denton farfulló que se sentía como si fuera a atracar una diligencia y volvió a coger el escalpelo. Observamos en silencio como la hoja dividía el pelo y la piel antes de hundirse más profundo.
Costaba distinguir si había hifas o no. Los ligamentos que conectan la piel con la carne también son pálidos y finos. Pero cuando Denton abrió el pecho con unas cizallas, fue evidente que a la liebre le pasaba algo. Algo horrible.
—Fieltro baboso —dijo Angus—. Como con ese puñet… Dispénseme, señorita. Como con ese dichoso pez.
Denton rozó la superficie de aquella maraña con la punta del escalpelo.
Era, en efecto, como si tuviera algo adherido a los órganos, algo viscoso y fibroso, aunque era de un color rojizo oscuro, y no el blanco puro de las hifas de los brazos de Madeline.
Aquella sustancia roja casi se parecía a esas algas que a veces se encuentran resecas sobre las rocas de la costa, formando una membrana que se pega por todas partes.
—Es una hembra —dijo Denton sin emoción.
«Y, si fuera humana, ¿le diagnosticarían catalepsia histérica y a correr?», pensé.
La señorita Potter sacó su lupa y se encorvó sobre el animal. Si encontrarse a un palmo de las vísceras la preocupaba, no dio indicios de ello.
—Es fúngico —confirmó.
—¿Bastaría para matarla? —pregunté.
—No hay forma de saberlo —dijo, plegando la lupa y guardándola de nuevo en el estuche—.
No sabemos nada acerca de este hongo, ni de su malignidad, ni de lo que tarda en alcanzar este grado de crecimiento.
Algunos mohos son capaces de extenderse a una velocidad asombrosa, y esta liebre podría llevar un tiempo muerta.
—Parece que se ahogó —comentó Angus de pronto.
—Si se ahogó, es de suponer que tendrá los pulmones llenos de agua —dijo Denton, pasando el escalpelo con un gesto casi distraído por encima del pulmón izquierdo.
El tejido se retrajo y de él brotó de golpe una masa hinchada, blanca y pegajosa. Era como si la cavidad torácica hubiera estado a reventar de algodón, tan apretujado que no había podido contenerlo más. Denton retrocedió de golpe con un juramento.
—Voy a jugármela —dije— y decir que esto no es lo que pasa cuando te ahogas.
—Santo cielo —soltó Denton, y acto seguido abrió el otro pulmón.
De él brotó otra explosión de aquel hongo lanudo. El médico cogió un tenedor de la mesa y empezó a hurgar. Sentí la bilis subiéndome por la garganta. He descuartizado un buen número de animales y no me dan asco las vísceras, pero esto era otra cosa.
Denton dejó el tenedor sobre la mesa, negando con la cabeza.
—Tiene los pulmones llenos de esta cosa. No puede ser. Los pulmones no son huecos, son como un panal, pero parece que esto se le ha metido y… se ha comido todo el interior, no sé cómo.
—Un medio de cultivo cálido y húmedo —dijo la señorita Potter—, es muy propicio para el crecimiento de muchísimos hongos.
—Sí, pero es imposible que sobreviviera…
El animal se movió.
Había tres veteranos alrededor de aquella mesa, soldados con cicatrices de guerra que habían servido a sus países con honor en más de una contienda. Los tres chillamos como niños pequeños y retrocedimos de puro horror.
La liebre pataleó dos veces, aparentemente impasible ante el hecho de tener las tripas al aire, y se las apañó para darse la vuelta.
Angus se abalanzó delante de la señorita Potter.
Yo me eché hacia atrás en la silla, que volcó conmigo, lo cual resultó ser providencial: Denton había lanzado su escalpelo a un lado y, seguramente, me habría ensartado con él de no haber estado boca arriba en el suelo.
Cuando me incorporé, la liebre estaba reptando por la mesa, dejando una extensa mancha de color rosa sobre el mantel a su paso. Denton estaba temblando en una esquina; Angus parecía aturdido.
La señorita Potter blandió su paraguas y clavó la liebre a la mesa con él.
—Caballeros —dijo—, yo la sujetaré si alguno de ustedes tiene a bien matarla. Otra vez.
Con un movimiento casi mecánico, metí la mano en el maletín de Denton y saqué un cuchillo pesado que parecía pariente de una hachuela de carnicero. La liebre se retorcía y golpeteaba el mantel con las patas. El ácido sabor de la bilis me cubrió la lengua.
Con un sólido tajo de la hachuela dividí en dos el espinazo de la liebre, que dejó de moverse. Aun así, no paré hasta que el cuerpo quedó completamente separado de la cabeza, y tal vez ahí seguiría si Angus no me hubiera quitado el cuchillo de la mano.
—Ya está —dijo.
—No —replicó la señorita Potter—. Todavía se mueve la cabeza.
Miré la cabeza clavada bajo el paraguas y vi que boqueaba, enganchando el mantel entre unos dientes como cizallas. Al fin llegaron las arcadas; me di la vuelta y corrí a la letrina.
— oOo —
Cuando me hube vaciado hasta del recuerdo de comer, me obligué a volver al salón. Los demás habían echado el mantel sobre la liebre, que aún seguía retorciéndose, y la habían envuelto con la tela. Denton estaba recogiendo el maletín, blanco como la servilleta de lino que se apretaba contra la cara.
—El hongo estaba más concentrado en la parte superior de la columna vertebral —explicó en un tono distante y preciso—. Había envuelto esas vértebras por completo y se había introducido en el cráneo.
—Pero separar la columna mató el cuerpo —dije.
La imagen del cadáver de Madeline, su cuello torcido, invadió mi visión.
—No —exclamó, cerrando el maletín de golpe—. La liebre lleva días muerta. Esa cosa, sea lo que sea, la estaba moviendo como un títere. Lo único que hemos hecho ha sido cortar los hilos principales.
—Y no por mucho tiempo —dijo la señorita Potter.
Era la que más calmada parecía de los cuatro—.
El ritmo al que crecen algunos hongos, como he dicho, es extraordinario.
Sospecho que, si dejamos este espécimen en paz el tiempo suficiente, el hongo volverá a crecer, restaurará las conexiones y empezará a moverse otra vez.
—Por los clavos de Cristo. —Me llevé las manos a la cabeza. Los muertos no andan. Salvo cuando sí—. Entonces, Madeline…
—No —negó Denton, casi en un grito. Al cabo de un momento, añadió—: Vamos a deshacernos de esta cosa. No puedo… no puedo pensar en lo otro. Todavía no.
—Entonces, ¿la arrojamos al lago? —dije.
—No lo recomiendo, teniente. Si entra en contacto con el suministro de agua, podría infectar a cualquiera que la beba.
El bigote de Angus, y todo él en general, pareció desinflarse.
—Señorita Potter —dijo con voz queda—, en el lago ya está. Los peces también lo tienen. Toda el agua que bebemos viene del lago. Todos… los tres llevamos días bebiendo de esta agua y bañándonos en ella.
—Yo, semanas —dijo Denton.
La señorita Potter no hizo amago de alejarse horrorizada de nosotros, lo cual la honró. Asintió lentamente una sola vez y luego dijo:
—Entonces, caballeros, lamento decirles que quizá ya lo hayan contraído.
Denton asintió para sí. Yo me miré los brazos, imaginándome la piel bajo un tejido de pelillos blancos. Si me arremangaba, ¿encontraría largas hebras brotando de la superficie?
—Le prenderemos fuego —dije, agarrando el montón de tela. Me pareció notar un temblor en su interior—. Angus, trae aceite para lámparas.
El patio del establo estaba desierto; los caballos, resguardados en sus casillas.
(Dios santo, ¿se le habría metido aquella asquerosidad a Hob también?
¿Lo había matado al traerlo aquí?). Atravesamos el edificio para llegar al descuidado jardín, donde guardaban la pila de broza para quemar.
Era tan pequeña que daba pena. Ya habían rebuscado hasta la última ramita que pudiera servir para calentar la casa.
Eché el mantel y su contenido sobre los adoquines tiznados.
Angus vació una de las lámparas por encima de la tela; después se arrodilló y le prendió fuego.
Los cuatro formábamos un semicírculo alrededor, hombro con hombro, lo bastante cerca para sentir el calor de las llamas, reacios a marcharnos hasta que la bestia quedase reducida a cenizas.
De vez en cuando, Angus atizaba el fuego con un palo, y usamos el aceite para lámparas de Roderick sin miramientos para terminar el trabajo.
Así pues, tardamos un buen rato en acabar, y para entonces ya empezaba a anochecer. Al girarnos para volver a la casa, el grito de sorpresa de la señorita Potter nos dejó clavados en el sitio.
—¿Qué es esa luz?