Chapter 11
—T eniente. ¡Teniente!
Los oídos me pitaban tan fuerte que veía a la señorita Potter mover los labios pero no oía sus palabras. Yo estaba de rodillas. El frío húmedo de la cripta se me estaba colando hasta los huesos, y el hombro me palpitaba de dolor.
Madeline no estaba. Su cuerpo había desaparecido.
Alguien debía haberlo movido de sitio. Sí, eso tenía que ser.
Usher, quizá, para encubrir su crimen. Llevaba tres días muerta, así que ya era un poco tarde para eso, pero era la única explicación.
Era de locos pensar que se había movido ella sola, que se había incorporado sobre aquella losa y se había retirado el sudario, como una manta. Los muertos no andan .
—Teniente.
Aquella palabra fue más audible. Tenía la fuerza de una orden, y sin querer me cuadré.
—Sí —dije, en voz demasiado alta, seguramente—. Discúlpeme. Debería haber un cuerpo aquí. Me he sobresaltado al ver que no está.
La señorita Potter me ayudó a levantarme.
—Teniente, creo que la pérdida de su amiga le ha trastocado un poco los nervios.
Aquello era una educada forma inglesa de decir que creía que estaba para encerrar, y no podía discutírselo. Al menos, el sudario no había desaparecido. Lo recogí y lo extendí sobre la losa, buscando los pelos blancos de la última vez.
Sentí un intenso alivio cuando encontré uno. Al menos aquello sí era real. Señalé una parte de la tela y dije:
—¿Esto de aquí son hifas?
Ella me miró con los ojos entornados. Quizás no le hiciera mucha gracia que estuviera involucrando su práctica micológica en mi arrebato de locura, pero, pese a todo, sacó su lupa y colocó la linterna sobre la losa para echar un vistazo.
Aguardé con el corazón en la boca, lanzando miradas hacia la puerta abierta.
Una vocecita en mi interior me decía que podría cerrarse en cualquier momento, que oiríamos a alguien atrancarla y nos quedaríamos atrapados allí abajo.
Di unos pasos cautelosos hacia la puerta, preguntándome si me daría tiempo a correr hasta allí si oía rechinar los goznes.
—Mm —musitó la señorita Potter.
—¿Qué ocurre?
Hizo un gesto de impaciencia.
—Deme tiempo.
—Perdón.
Proseguí con mis melodramáticas imaginaciones.
¿Sería Roderick Usher, decidido a ocultar su crimen?
O peor: ¿sería una figura vestida de blanco, animada por alguna suerte de funesto poder?
¿El mismo poder que había conseguido que una liebre a la que le faltaba media cabeza se levantase y me clavase la mirada?
Los muertos no andan. ¡Los muertos no andan!
Y si andaban… entonces… no sé. Qué espanto.
Había matado a muchísimas personas, había visto morir a otras tantas.
¿Y si ninguna de ellas descansaba en paz bajo tierra?
¿Y si deambulaban por el mundo? ¿Y si venían a por mí y tenía que darles explicaciones?
—Definitivamente, son hifas —dijo la señorita Potter, posando su lupa sobre la losa—.
Necesitaría una lente más potente para establecer con total seguridad si son septadas o aseptadas, y no puedo jurar que no se trate de las pseudohifas que se encuentran en las levaduras.
En cualquier caso, no son pelos humanos, ni hebras del tejido.
—¿Y si le dijera que estas hifas crecían en piel humana?
La señorita Potter hizo gala de su buena crianza con un movimiento de barbilla. Cualquier otra persona se habría encogido de hombros hasta las orejas.
—Los hongos saprófitos… Ah. Es decir, los que se alimentan de materia orgánica en descomposición, son extremadamente comunes. Desagradables a la vista, quizá, pero no suponen una amenaza para los seres vivos.
—Madeline estaba viva en aquel momento —dije, sosteniéndole la mirada—, y le crecían tantas por la piel que creí que el vello corporal se le había vuelto blanco.
Los ingleses, según mi experiencia, son capaces de montar un drama por el más mínimo inconveniente, pero, ante una revelación que pone su mundo patas arriba, ni se inmutan.
La señorita Potter se inmutó, pero solo un segundo. Parpadeó una vez, posó los ojos en su lupa y dijo:
—Entiendo.
—¿Podría ser lo que la hizo enfermar? —pregunté.
—Si el hongo estaba tan extendido como para enviar filamentos a través de su piel… Sí. Sin duda. —La flema de la señorita Potter era magnífica de ver—. ¿Pero qué ha sido de su cuerpo?
Los muertos no andan . Pensé que lo más seguro era que Roderick hubiera movido el cuerpo para seguir ocultando su crimen. Y Denton, que debía saber que algo le pasaba a Roderick, lo habría ayudado a encubrirlo todo, desconociendo la causa. Quizás, si la conociera, pudiera tratarla.
—No sé. Pero debo decírselo a Denton.
—Desde luego que sí —respondió la señorita Potter—.
Debe decírselo a todo el mundo. Si este hongo es capaz de extenderse por un huésped vivo, hay que ponerle freno de inmediato.
—Metió la mano en la bolsa, sacó una petaca de plata y se mojó las manos con el contenido.
Olí el ardor del alcohol desde donde estaba—.
Deme las manos, teniente. Ha tocado el sudario.
—Toqué a Madeline —dije con tono sombrío—. Varias veces. Las hifas se me pegaron a las manos al tocarla.
La señorita Potter levantó la vista y me miró a los ojos.
—Pues esperemos que esto sea efectivo incluso a posteriori.
Acto seguido, me echó un buen chorro de whisky en las manos mientras yo me las frotaba. Las gotas del líquido golpetearon el suelo de la cripta. ¿Estaban las liebres infectadas también? ¿Cómo se podía saber? ¿Quién iba a fijarse en un puñado de pelos blancos de más en el pelaje de una liebre?
Los peces. «Como fieltro baboso», había dicho Angus. Entonces, ¿el hongo provenía del lago, después de todo? ¿Había pasado de los peces a las liebres, quizás cuando las liebres bajaban al agua a beber?
¿Lo había tocado Angus también?
¿Y dónde demonios estaba el cuerpo de Madeline?
— oOo —
—Denton —grité, irrumpiendo en el estudio—. ¡Madeline no está!
El médico se me quedó mirando un rato largo. Después suavizó la expresión y alargó la mano para tocarme el brazo.
—Lo sé —dijo con delicadeza—. Lo sé. Pero al menos ya no sufre, y…
—¡No, pedazo de zoquete! —gruñí, apartándole la mano. Maldita sea la lengua inglesa; tropecientas palabras para «andar», y luego usan la misma para tres cosas diferentes—. ¡Ya sé que está muerta! ¡Lo que digo es que ha desaparecido el cuerpo!
Denton pestañeó.
—¿Qué?
—Que no está en la cripta. La losa está vacía. No podemos habeas el corpus . ¿Le llega algo de lo que estoy diciendo?
(Quizás estuviera siendo más irreverente de lo que la situación exigía, pero uno de mis defectos es que cuando me frustro recurro al sarcasmo).
—¿Lo dice en serio?
La señorita Potter carraspeó educadamente detrás de mí.
—Puedo asegurarle, joven, que lo que dice es cierto.
—¿Señorita Potter? ¿Qué hace…? —Saltaba a la vista que Denton había empezado a cuestionar su presencia en la casa, pero decidió dejarlo para cuando no hubiera asuntos más urgentes que tratar—. No. Más tarde. Esto es espantoso.
—¿Cree que Roderick la habrá movido de sitio? —pregunté.
Esperaba que apartase la mirada, atormentado por la culpa, pero me miró de lleno a los ojos.
—Puede ser.
—Usted sabe que le pasa algo —dije con voz queda—. Sabe lo que hizo…
Denton me interrumpió cortando el aire con un gesto brusco de la mano.
—No es el momento.
—Bueno, pues vayamos a buscar a Roderick y…
—Está durmiendo —contestó Denton.
—Pues lo despertamos y…
—Le he dado un somnífero —dijo Denton—. No despertará hasta dentro de unas horas. No, no me mire así, teniente. Dice que no pega ojo, que oye a su hermana caminando por la cripta. No creo que haya conseguido dormir una hora seguida desde que Madeline murió.
—Eso es lo que estoy intentando decirle. Esta extraña dolencia que sufre Roderick… es la misma que tenía Madeline.
Denton pestañeó otra vez.
—¿Qué?
—¡No es una enfermedad! ¡Es un hongo! Me… Señorita Potter, por piedad, cuénteselo usted.
La señorita Potter se llevó a Denton aparte y le habló, en lo que doy por hecho que era inglés, acerca de los hongos saprófitos y las hifas.
Yo me quedé mirando a la pared, preguntándome si Roderick habría movido el cuerpo de Maddy porque se sentía culpable o si, por el contrario, creía que sacándola de la cripta dejaría de oírla caminar.
¡Por los clavos de Cristo! Ahora que sabíamos de qué se trataba, ¿había alguna forma de curarlo?
—Es posible —decía Denton—. Muy posible. A mí no se me habría ocurrido, pero un médico que se precie nunca dirá que lo ha visto todo en esta vida. Aunque no sé cómo podemos demostrarlo. Al fin y al cabo, quizás el sudario estuviera mohoso.
—Se demostraría haciéndole una autopsia al cuerpo de Maddy —dije, tajante.
—Un cuerpo con el que no contamos, según me ha dicho usted. ¡Y no pienso abrirle la piel a Roderick en busca de esas hifas, eso desde luego!
Rechiné los dientes.
—Entonces tendrá que ser una liebre. Y esta vez no erraré el tiro.
— oOo —
Fue Angus quien proporcionó la liebre. Había decidido tragarme mi orgullo y acudir a él en busca de ayuda.
—¿Pa comer? ¡Ni harto vino! —dijo, pero cuando le expliqué que la íbamos a diseccionar, ladeó la cabeza y añadió—: ¿La necesitas muy fresca?
—¿Eh?
—Hay una al final del paso elevao, no llega a treinta metros. Se cayó en el lago, tiene pinta. La he visto cuando volvía del pueblo esta mañana.
Salimos en su busca con paso decidido. Y, en efecto, ahí estaba, desplomada boca abajo, con la mitad del cuerpo fuera del agua y la otra mitad dentro. Era como si se hubiera paseado hasta el lago y se hubiera quedado dormida.
Aunque llevaba los guantes de montar puestos, volví para buscar un palo largo entre la pila de leña y pesqué la liebre sin tocar el agua. Angus me miró con las cejas arqueadas, pero se abstuvo de comentar.