Chapter 10
E s de lo más desagradable sentarse a desayunar cuando estás intentando determinar cuál de los comensales es un asesino.
Yo me tomaba mi té y rehuía todas las miradas con la cabeza como un hervidero de pensamientos.
Denton era la opción obvia. Era médico. Era imposible que hubiera examinado a Maddy y no se hubiera dado cuenta de que tenía el cuello roto.
Pero, al mismo tiempo, siendo médico, debería haber tenido mil y una maneras de matar a alguien sin recurrir a un método de asesinato tan rudimentario.
Aun así, no bastaba para descartarlo. A veces los hombres actúan por pánico.
Tal vez había sido un crimen pasional, espoleado por un deseo por Madeline no correspondido.
No había visto indicios de nada parecido, pero no sería la primera vez que un hombre ocultaba algo así. Tenía que ser Denton.
¿No?
Y entonces, en cuanto conseguía convencerme de la culpabilidad de Denton, miraba a Roderick por el rabillo del ojo.
Si había un hombre destrozado por su cargo de conciencia, ese era Roderick Usher.
Daba un respingo ante el menor ruido, volviendo la cabeza constantemente como si esperase que alguien se le fuera a acercar por la espalda.
Cuando uno de los criados trajo más té, pegó un gritito y se le cayó el tenedor con estrépito al suelo.
Y luego estaba su reacción cuando lo llamé lady Macbeth.
Aun si ignorásemos todo aquello, debía haber ayudado a tender a su hermana sobre la losa.
Era imposible que no se hubiera dado cuenta de que tenía el cuello roto.
No. La respuesta más lógica era que los dos estaban en el ajo y, fuera quien fuera el asesino, el otro lo había ayudado a ocultar el crimen.
¿De verdad era capaz Roderick de encubrir el asesinato de su hermana? ¿Y por qué asesinarla, para empezar? Si ya estaba casi muerta. ¿Qué sacaba con acelerar su muerte?
Descubrí que podía creerme que Denton encubriese a Roderick, pero no al contrario.
Había visto a Usher bajo fuego enemigo, en las trincheras.
Sabía el tipo de hombre que era. Tenía coraje de sobra, pero poco cinismo, y había querido muchísimo a su hermana.
No se me ocurría ningún motivo por el que Denton pudiera influir tanto en él como para obligarlo a ocultar algo así.
Era del todo improbable que el médico estuviera chantajeando a Usher, quien no poseía nada que mereciera la pena quitarle, y los pecados de Usher, fueran cuales fueran, no serían de los que pueden forzar a un hombre a quedarse de brazos cruzados mientras le parten el cuello a su hermana como a… como a…
«Como a una liebre», pensé, y volví a ver el ojo de la liebre de bruja clavado en mí. Ensarté los huevos con el tenedor y las púas rechinaron contra el plato. Roderick pegó un alarido.
—Perdón —dijo, cubriéndose la cara—. Perdóname. Son estos condenados nervios. Oigo… creo que oigo…
—No pasa nada —dije de forma mecánica. Alejé la silla de la mesa. Se me había quitado el hambre—. Creo que voy a salir a cabalgar.
— oOo —
No había escampado nada. La llovizna persistía, y el cielo se estaba poniendo de un desagradable tono gris verdoso. Apenas había cruzado el paso elevado cuando vi un movimiento en la hierba y descubrí una liebre que me miraba.
La maldije y espoleé a Hob. No se lo merecía, y brincó unas cuantas veces para comunicármelo.
Aunque no miré atrás, notaba la liebre a mi espalda, como un centinela del enemigo vigilando para ver si me adentraba por descuido en territorio en disputa.
Se me ocurrió que, en cuanto me perdiera de vista, se iría reptando para advertir de mi presencia a las otras liebres.
Las liebres no hacen eso, por supuesto. No son como los conejos, que sí apostan centinelas alrededor de sus conejeras para avisarse mutuamente del peligro.
Aunque, claro, vete a saber lo que harían esos bichos del demonio.
Tal vez yo tenía razón y se tratase de una enfermedad, una que volvía a las liebres tan paranoicas como a Roderick.
De repente algo encajó en mi cabeza. Volví a hallarme en aquella cabaña del monte, con el pastor, que seguía erre que erre con las enfermedades de las ovejas. «La hidrofobia —concedió—. Sí, les da. Pero no igual que a los perros, ¿eh? A los perros los vuelve malos. A las ovejas las deja tontas».
¿Y si existía una enfermedad con dos variantes? Una sería la de Madeline. Pero Roderick también había ido a peor, ¿no? El miedo, la hipersensibilidad a los sonidos… ¿Podían ser síntomas no de estrés, sino de una patología?
Hob redujo el paso y me sacó de mis pensamientos. Levanté la vista y vi otra liebre, a la orilla del camino, totalmente tiesa. Mi caballo la rodeó, dejando un buen margen al pasar, y yo no intenté refrenarlo. Por un momento casi tuve miedo de que aquel ser saliera disparado y le mordiera las patas.
Vi dos liebres más antes de distinguir una silueta mucho más bienvenida: la de la señorita Potter sentada en su pequeño taburete, con el paraguas abierto encima, aplicando el pincel con sumo cuidado a la ilustración de una seta.
De repente temí por ella, temí que las liebres también la estuvieran vigilando.
Vigilando y preparándose para… ¿qué? ¿Morder?
¿Atacar? ¿Propagar su enfermedad de algún modo?
La señorita Potter se inclinó sobre su caballete, sin duda para contemplar unos boletus u algún otro hongo de entre el sinnúmero que infestaba la tierra de los Usher.
Hongos.
Otra pieza encajó de repente. ¡Hongos! Levanté la cabeza bruscamente.
Ni siquiera el arranque de tinnitus que sucedió al movimiento pudo ahogar aquella idea.
Hongos. ¡Pues claro! El moho que cubría el papel pintado, el que infestaba los libros de la biblioteca, las setas que brotaban de la tierra, la sustancia que Angus encontró en el pez…
¿Qué había dicho la señorita Potter en nuestro primer encuentro? «Ignoro cuánto sabe usted de hongos, pero este lugar es extraordinario. ¡Tantas formas inusuales!».
¿Podía tratarse de un hongo, en vez de una enfermedad? Y, lo que era peor, ¿sería un hongo único, propio de aquella región? ¿Por eso Denton no era capaz de identificarlo?
—Usted dijo que hay hongos que infectan a los seres vivos —dije, resbalando de la silla—. Habló de peces. ¿Y a los humanos?
—Desde luego —dijo la señorita Potter, como si lleváramos un rato conversando y no acabase de llegar hasta ella galopando como si el diablo en persona nos pisara los talones.
Hob, que se debe a su público, actuó como si nuestra gran frenada con derrape hubiera sido idea suya e hizo una cabriola delante de la señorita Potter para indicarle que debería estar impresionada—.
La tiña es un hongo. Las aftas, que afectan a las criaturas de corta edad, las causa un hongo que se halla en muchas especies. Hay más, aunque algunos son raros.
—¿Hay alguno que sea letal?
Me acerqué con Hob de las riendas. Él alzó los ojos al cielo, claramente pensando que ya valía de tanto andar y correr y pararse y volver a andar, y que su jinete debería decidirse de una maldita vez.
La señorita Potter se dio unos golpecitos con el dedo en los labios.
—Sí, aunque creo que no los identifican como tales con la debida frecuencia.
Hay personas que han vuelto de sus viajes a la India con unos bultitos en la cara y el cuello, y se sospecha que es un hongo.
Ya ha matado a unos cuantos hombres. Y hay ciertos tipos de moho que se forman en las casas y que antes se creía que contribuían a las miasmas.
Ahora, por supuesto, tenemos gérmenes, y las miasmas ya no están en boga, pero no descartaría que el moho pudiera debilitar los pulmones para facilitar que los gérmenes se arraiguen.
—Se encogió de hombros—. En resumen: sí, creo que es probable que algunos de los hongos que afectan a los humanos sean letales.
A los peces los matan, desde luego. Y luego están los que cazan lombrices, que no es lo mismo que una infección, pero…
—Un momento. —Alcé una mano—. ¿Acaba de decir que hay un hongo que caza lombrices?
—Y que lo diga. Causó mucho revuelo en las reuniones de la Sociedad el año pasado. Un alemán, un tal Zopf, descubrió un hongo que se centra activamente en los nemátodos.
Si algo daba fe de lo trastornados que tenía los nervios era el hecho de que no obtuve ni por asomo el debido deleite de oír a la señorita Potter pronunciar la palabra «nemátodo» con un acento tan británico que casi oí el «Dios salve a la reina» de fondo.
Solo podía imaginarme jaurías de setas trotando por los páramos a la caza de su presa.
Debería haber sido gracioso. Me dije con firmeza que era gracioso.
—¿Los caza? ¿Cómo?
—Tiene propiedades adhesivas —dijo la señorita Potter—. Segregan una red pegajosa de hifas y, cuando tienen atrapada a la lombriz, las células de la red germinan y se extienden por dentro del animal, devorándolo.
—¿Y eso lo mata?
—Sí, tarde o temprano.
La señorita Potter apartó la mirada con brusquedad. Me imaginé que no debía ser una experiencia agradable para la lombriz. Me humedecí los labios.
—¿Hifas?
—Filamentos multicelulares. Lo que diferencia a los mohos de las levaduras, en esencia.
Una idea empezaba a formarse en un rincón de mi mente. Y no me gustaba ni una pizca.
—¿Qué aspecto tienen esas hifas?
—Pueden adoptar muchas formas diferentes —dijo la señorita Potter—. Pero lo más habitual es que sean filamentos blancos.
—Filamentos. —Pensé en la descripción de Angus de aquel pez—. ¿Como fieltro baboso?
—¿Fieltro? Sin duda, si la mata es lo bastante espesa. —Me miró con una sonrisa apacible—. Pero, en menores cantidades, serían como unos pelos finos de color blanco.
— oOo —
—Teniente Easton, ¿se puede saber adónde vamos?
—A una cripta —dije—. Es… es muy difícil de explicar. Solo necesito que mire una cosa con la lupa.
—¿Es un hongo?
—Es el pelo de una muerta.
La señorita Potter frenó en seco en mitad del corredor. La había colado en la mansión a toda prisa —esperaba que sin advertir a nadie de nuestra presencia— y estaba intentando llevármela a la cripta. Habría sido más fácil si no se parase a cada rato a pedirme explicaciones.
—Doy por hecho que se refiere usted a la señorita Usher. Teniente, había llegado a tenerle por una persona con sentido común, pero todo esto me resulta de un gusto bastante cuestionable.
«De un gusto bastante cuestionable» me pareció un eufemismo tan espectacular que estallé en una carcajada. Mi risa sonó como un ladrido.
—Lo sé. Es absolutamente espantoso. Pero, señorita Potter, le juro por mi honor como soldado…
—He conocido demasiados soldados —replicó en un tono devastador.
Contra eso no tenía argumento posible. Francamente, el único motivo por el que lo había dicho era porque me parecía lo típico que le gustaría a una inglesa, como la leche en el té, la carne en los pasteles, las visitas que llegan y se van a la hora, etcétera.
Apoyé la mano en los jirones de papel pintado y respiré hondo.
—Señorita Potter —dije—: le juro por las tumbas de los soldados que he enterrado con mis propias manos que no pretendo hacerle daño ni a usted ni a nadie de esta casa.
Pero, si intento explicárselo, creerá que he enloquecido por completo.
Es más fácil mostrárselo directamente. Y si usted me dice que me equivoco, la acompañaré de vuelta al pueblo y se lo confesaré todo al señor de esta casa.
Eugenia Potter, tras mirarme con aquellos ojos como cuentas, asintió una sola vez.
—Muy bien. «¡Adelante, Macduff!».
El corazón se me subía a la garganta cada vez que pensaba en tropezarme con Denton, Usher o uno de los criados de camino a la cripta, pero por una vez lo vasto de aquella casa jugó en mi favor.
No vimos a nadie. Conduje a la señorita Potter por pasillos cada vez menos iluminados hasta que me di cuenta de que no tenía ni linterna ni velas.
Juré en galaciano entre dientes. La señorita Potter ladeó la cabeza y posó un ojo en mí con aire disgustado.
—No sé lo que significa esa palabra, teniente, pero tengo mis sospechas.
—Perdóneme, señorita Potter.
—Mm. Si me sostiene el paraguas, yo alumbraré.
Hundió la mano en su gigantesco bolso y de él sacó una linterna. Esta vez fui yo quien se la quedó mirando.
—¡Señorita Potter! ¿Es eso un farol para desvalijar casas?
—Lo que otros hagan con este diseño no es asunto mío —replicó finamente—. Las tapas son de lo más útiles para suministrar una iluminación direccional concreta cuando llevo tanto tiempo trabajando en una ilustración que el sol ha cambiado de posición.
Acto seguido encendió una vela dentro de la linterna y ajustó las tapas antes de entregármelo.
—Estimada señora —dije con fervor—: es usted prodigiosa.
—¡Mmfm!
Con ayuda de la linterna, fuimos descendiendo poco a poco las escaleras que daban a la cripta. Una vez allí, levanté la tranca y empujé la puerta. El haz de luz cayó sobre la losa vacía. El sudario yacía abandonado en el suelo. No había nada más.
Madeline no estaba.