Chapter 9 #2
Al día siguiente me sentía como la mierda, por supuesto.
Era la idea. Solo con pensar en comer sentía náuseas, pero si no comía, sería mucho peor.
Tras echarme agua en la cara, me apoyé con las manos en el lavamanos.
Miré el fondo. ¿Aquella agua venía del lago?
Por los clavos de Cristo. Al final iba a ser mejor seguir dándole al livrit.
Una de las pocas cosas que aprendí de los británicos que sirvieron conmigo es que, cuando te sientes como un despojo, ayuda ir bien vestido. Angus entró, me miró, gruñó y me pasó mis botas, que estaban recién abrillantadas.
—No lo digas —murmuré.
Él me apretó el hombro brevemente, pero no articuló palabra. Me calcé las botas y fui a desayunar.
Estaba a punto de agarrar el picaporte cuando oí a Roderick decir:
—Anoche la oí golpeando la puerta.
Denton murmuró algo que no entendí.
—La puerta de la cripta —insistió Roderick—. Intentando salir. Pero es imposible, ¿verdad? Está muerta. Está muerta de verdad, ¿a que sí?
—Por supuesto que lo está —dije, abriendo la puerta—. Tienes los nervios a flor de piel, y con razón.
Miré a Denton en busca de confirmación.
—Sí —dijo—. Desde luego. Solo son los nervios.
—Sí —dijo Roderick—. Claro. Debes pensar que estoy loco, Easton.
—En absoluto. Névrose de guerre . Todos lo tenemos. Lo extraordinario sería que no estuvieras pasado de rosca.
Empezó a retorcerse las manos otra vez. Tenía los nudillos tan enrojecidos que empezarían a sangrarle en cualquier momento.
—Por el amor de Dios, déjalo ya, hombre —dije con tono cansado—. Eres como lady Macbeth. «¡Fuera, mancha maldita!».
Roderick dejó escapar un gemido, como el de un perro al que dan un puntapié, y se me quedó mirando con los ojos como platos. Me sentí culpable de inmediato.
—Perdóname, Roderick. Es que… todo esto me supera. —Me recliné en la silla—. ¿Por qué no nos marchamos de aquí y nos vamos a París? Te vendrá bien.
—¡No! —gimió, casi gritando—. No, yo… —Tragó saliva. Le temblaba la garganta—. No, no puedo. No hasta que esté… no hasta… —Con un hilo de voz, concluyó—: Todavía no.
Y huyó de la mesa.
—Piénsatelo —dije mientras se alejaba. Después miré a Denton—. Ojalá me ayudara a convencerlo.
—Todavía no quiere irse —respondió él—. Pero usted seguramente debería. Este no es lugar para gente decente.
—¿Cuándo cree que Roderick estará dispuesto a viajar?
—No en un tiempo —dijo—. No hasta que esté… eh… convencido de que su hermana está descansando en paz debidamente.
Apoyé los codos sobre la mesa y hundí la cara en las manos.
—Qué tontería —dije—. Los muertos muertos están. Todo eso les importa un pito.
—¿En Galacia no temen a los fantasmas? —preguntó.
Oí el leve filo de una sonrisa en su voz, y también lo que le estaba costando esa sonrisa.
—No, somos tan supersticiosos como todo el mundo —admití—.
Alguien ha de velar el cuerpo durante tres días para asegurarse de que ningún espíritu errante lo posea.
Pero no creo que a los muertos les importen esas cosas.
—Dejé caer las manos—. A ver, doctor. ¿A cuántas personas ha visto morir?
¿Y ha visto usted que alguna vuelva para quejarse de su sepultura?
—No, ni una —admitió—. Con todo, yo no intentaría que Roderick se marchase todavía. No hasta que esté seguro.
—¿Seguro de qué?
—De que los muertos no andan —dijo Denton. Después cerró la boca y se negó a decir nada más.
— oOo —
Los muertos no andan.
Aquella frase me martilleaba el cerebro como el fragmento de una canción, retumbando en mis oídos en un bucle interminable.
Hasta moví la mandíbula con toda la intención para provocarme un ataque de tinnitus, pero, cuando hubo pasado, las palabras seguían ahí.
Los muertos no andan. Los muertos no andan .
Pero es que es verdad que no andan. Había errado el tiro con la liebre.
Sin duda ya estaba muerta a esas alturas, desangrada en alguna parte, o tal vez hubiese aparecido un zorro para rematar el trabajo.
O una comadreja, o un halcón. No sabía cuáles eran los depredadores de la zona, pero imaginaba que serían los mismos que en Galacia.
Un perro suelto, un gato del pueblo. No había gatos en la casa Usher.
«Se suele tener un gato para las ratas —pensé—, pero ratas tampoco hay. ¿Por qué? ¿Tan pobre es Roderick que su despensa no tienta ni a una rata?».
Podía ser. Aunque se me ocurrió que no había visto animales alrededor de aquella casa llena de ojos, salvo por los caballos de los establos y las liebres de mirada loca del yermo… lo cual me hizo pensar en las liebres otra vez.
Los muertos no andan.
Salí a cabalgar con Hob, pese a que caía una ligera llovizna. El sonido de sus cascos adquirió un golpeteo rítmico que casaba demasiado bien con la frase. Tocotó, tocotó. Los muer-tos no an-dan. Los muer-tos no an-dan. Tocotó, tocotó.
Por los clavos de Cristo, iba a terminar abriendo la tercera botella de livrit como siguiera así.
La cena no ofreció consuelo alguno. Roderick seguía retorciéndose los dedos con aire ausente, hasta que se daba cuenta y paraba.
Denton estaba todavía más americano de lo habitual.
Se le marcaba tanto el acento que ya solo le faltaba cantar el himno nacional mientras le estrechaba la mano al mantel.
Los muertos no andan . Pero hay que quedarse tres días velándolos para asegurarse. Y Roderick había dicho que la oía llamando a la puerta de la cripta. No; eso era absurdo.
Me retiré a mis dependencias y me terminé lo que quedaba de la segunda botella de livrit bajo la censora mirada de Angus.
—No me pongas esa cara. Con lo que queda no le daría resaca ni a un mosquito.
—¿Cuánto tiempo vamos a quedarnos aquí? —preguntó Angus.
—No sé.
Me relamí el sabor almibarado de los labios. ¿Cuánto nos quedaríamos? ¿Hasta que Roderick accediese a marcharse, fuera cuando fuera aquello? ¿Le estaba ayudando, quedándome allí, o simplemente estaba comiéndome su comida y gastando leña que apenas podía permitirse?
—Tres días —dije bruscamente, y dejé la botella vacía sobre la mesa—. Tres días más. Y nos vamos.
— oOo —
A medianoche, bajé a la cripta.
No era un proceder razonable. Era consciente.
Pese a mis alardes de escepticismo, la idea de que algo terrible ocurriría si nadie velaba el cuerpo se había adueñado finalmente de mí.
Quizás ya hubiera ocurrido algo. Los muertos no andan, pero ¿y las personas con catalepsia?
Se oían historias de personas a las que habían enterrado vivas, de ataúdes cuyas tapas tenían marcas de arañazos al abrirlos.
Bajé a hurtadillas los lisos escalones de piedra con la vela en la mano, tratando de no hacer ruido.
La puerta de la cripta estaba atrancada, pero sin candado.
La tranca en sí era una cosa inmensa, tan gruesa como mi muñeca.
Parecía nueva, lo cual era extraño, con bordes pálidos donde la madera aún no se había desgastado.
Dejé la vela en el suelo y, conteniendo el aliento, levanté la tranca con cuidado. La madera arañó el metal que la sostenía. Hasta el más mínimo sonido hacía eco en las escaleras. «Al menos, si alguien baja después de mí, lo oiré —pensé—. O eso espero».
No tenía ni idea de lo que iba a decir si aparecía alguien.
Lo achacaría al duelo, imagino. Le contaría que necesitaba verla una última vez.
Recordaría a Roderick la superstición de vigilar a los muertos durante tres días.
No me preocupaba mucho. Cuando lloras una muerte, se te permite hacer cosas raras.
Y eso que estaba haciendo era raro de narices.
Maddy estaba muerta, eso no lo dudaba. De hecho, lo extraordinario era que todavía hubiera estado con vida el día que la vi.
No habría podido durar más de unos días. Eso lo sabía.
También sabía que tenía que verla. Toda la intuición que había ido refinando año tras año en el campo de batalla me estaba diciendo a gritos que algo olía a chamusquina. Podía sentirlo. Los muertos no andan .
Recogí la vela del suelo y abrí la puerta. Una oleada de tinnitus me invadió los oídos, y esperé a que pasara. La luz titilante se posaba sobre la forma amortajada de la losa, mientras aquella nota aguda y penetrante resonaba dentro de mi cráneo.
Cuando al fin se disipó, seguí avanzando. Me alcé ante el sudario que ocultaba la forma de Madeline Usher, acerqué la mano a la tela… y dudé.
Una parte de mí quería abandonar aquella absurda expedición.
¿Por qué había ido? ¿Por qué estaba merodeando por la mansión de Roderick como quien entra a robar, perturbando el descanso de su hermana?
Éramos viejos amigos, sí, pero estaba violando todas las leyes de la hospitalidad y la camaradería. No tenía ningún derecho.
Sin embargo, algo iba mal. Muy mal.
Retiré la mortaja y lo que vi me petrificó.
Era Maddy. No parecía haberse deteriorado en absoluto en los últimos dos días.
Quizás el aire frío de la cripta la estuviera conservando, aunque no me parecía que hiciera tanto frío como para eso.
Quizás simplemente su aspecto me había impresionado tanto antes de su muerte que la simple descomposición no podía empeorarlo.
El pelo se había quedado pegado a la mortaja y, al retirarla, se había desprendido, blanco y fino, sobre la superficie de piedra.
Pero no era por eso.
Le habían roto el cuello. La habían dispuesto primorosamente, con la mortaja cubriéndola de tal manera que ocultara el terrible ángulo de su garganta. Y aunque había muerto antes de que tuvieran tiempo de herirle la piel, unas marcas amoratadas con forma de dedos le recorrían la garganta.
Estuve tanto tiempo sin moverme que la cera de la vela empezó a rebosar del protector y me goteó en la mano. La súbita quemazón me devolvió a mis cabales, e incliné el candelero para que la cera no se derramase sobre la mortaja, la losa ni la piel de la muerta.
Acto seguido, recoloqué la mortaja con sumo cuidado, cogí mi vela y volví a subir las escaleras a hurtadillas, en silencio, como en una misión de reconocimiento. Me hallaba ahora en territorio enemigo, y mi vida y la de Angus podían pender de un hilo.