Lo que mueve a los muertos Chapter 9
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Chapter 9

L o irónico es que aquella noche me quedé roque al instante.

Quizás fuera porque todas las tensiones volvían a estar a flor de piel.

Dormirse rápido a la primera oportunidad es lo tercero que se aprende en el ejército.

(Lo primero es a cerrar la boca y dejar que los sargentos se ceben con quienes no lo consiguen.

Lo segundo es a mear siempre que haya ocasión).

Me desperté solo una vez, cuando me pareció oír un grito. Era la voz de un hombre, grave y ronca. Me incorporé en la cama como un resorte, buscando la pistola, pero no oí nada más.

«Nervios de guerra», me dije. Después del día que había tenido, quizás fuera de esperar.

Agucé el oído, y justo estaba pensando en levantarme y salir a husmear cuando oí a Angus roncar en la habitación contigua.

Hace tiempo que me acostumbré a los ruidos que hace Angus, claro está, pero sus ronquidos son bastante legendarios, y era muy posible que uno se hubiera colado en mis pesadillas y me hubiera despertado.

Dejé la pistola de nuevo en la mesilla de noche y me volví a dormir.

La segunda vez me despertó la música.

Era una composición magnífica, llena de capas, a medias entre fúnebre y jubilosa, cuyas notas se enlazaban y entretejían como aves en un vuelo nupcial.

Al instante supe que era Roderick. Nadie salvo él tocaba un instrumento en aquella casa, y dudo que muchas personas toquen así en este mundo.

Las notas que Roderick arrancaba a aquel piano sobrepasaban mi escasa capacidad de comprensión hasta tal punto que apenas puedo explicároslas.

Era como beber un buen vino añejo a sabiendas de que contenía unas complejidades que nunca serías capaz de saborear, profundidades ocultas que jamás comprenderías.

La música de Roderick era pura genialidad, y yo sabía lo justo para ser consciente de que ni siquiera podía apreciar hasta qué punto se me escapaba su sentido.

Seguí la música hasta el invernadero, me apoyé en el quicio de la puerta y me quedé ahí, empapándome de ella.

Cuando al fin terminó con una estela de notas que sonaban más como una flauta que como un piano, rompí a aplaudir.

—¡Bravo! ¡Bravo!

Roderick pegó un alarido y se levantó del taburete de un salto, aferrándose el pecho. Me maldije por haberle alterado los nervios otra vez.

—¡Perdón! Perdóname, viejo amigo, no pretendía asustarte. Es que no quería interrumpirte.

—No, no pasa nada. —Se dejó caer de nuevo en el taburete—. Quiero decir, sí pasa, pero no es culpa tuya. Maldita sea.

Avancé un poco.

—¿Va todo bien?

—Madeline ha muerto —dijo.

Me lo quedé mirando. Reconocía todas las palabras que había dicho, y las había dicho en mi idioma, pero aun así las analicé una y otra vez, tratando de reordenarlas por si me daba otro resultado, algo que simplemente se le pareciera mucho.

Maddy no podía haber muerto. Hacía dos días estaba viva.

Había hablado con ella en el pasillo. Habíamos cantado canciones alrededor del piano.

—¿Estás… seguro?

Era una estupidez de pregunta. Claro que estaba seguro.

Quería a su hermana hasta el punto de exiliarse con ella en aquella desdichada escombrera.

Pero cuando alguien muere es cuando está permitido preguntar estupideces y decir toda clase de cosas imperdonables por las que te perdonarán de inmediato.

—Estoy seguro —respondió—. Denton lo comprobó. Tuvo uno de esos ataques. Dejó de respirar.

Agachó la mirada y pulsó una tecla del piano, dubitativo, como si se le hubiera olvidado cómo tocar.

—Roderick, lo siento.

Entré en la habitación y le di unas palmadas en la espalda, e hice todas esas cosas que hacen los soldados entre ellos porque a la mayoría se nos ha olvidado cómo se llora.

—Fue horrible —dijo con voz queda—. Yo nunca quise…

—Ya lo sé.

—Sabía que tendría que hacerlo, pero…

—Ya lo sé, Roderick. Ya lo sé.

Se enderezó y me dio la espalda antes de encorvarse de nuevo.

—Hace nada la estaba oyendo vagar por los pasillos y ahora… ahora…

Sacudió la cabeza con violencia.

Exhalé un largo suspiro. Maddy estaba muerta, y había sido inevitable, y, a pesar de todo, no tenía ni pies ni cabeza.

—No sufrió —dijo Denton desde la puerta—. O, mejor dicho, ya no sufre.

Una parte de mí quería preguntarle si tal vez podía haberse equivocado, si la catalepsia podía crear la ilusión de la muerte. La otra sabía que Denton era médico y yo, soldado, y que la muerte que yo conocía no era en absoluto sutil. Al final, pregunté:

—¿Puedo verla? ¿A Madeline?

Denton y Roderick se miraron. Al cabo de un momento, Roderick dijo:

—Está en la cripta.

—No veo por qué no —dijo Denton con firmeza.

—Sí —replicó Roderick—. Sí, por supuesto. Voy a por una lámpara.

— oOo —

La cripta se encontraba al final de un recorrido largo y sinuoso que descendía por unas angostas escaleras de piedra en la parte trasera de la mansión.

El frío húmedo dio paso a un aire gélido y, sin embargo, más seco a medida que alcanzábamos el nivel inferior, como si nos escabulléramos dentro de una madriguera, lejos de la atmósfera pegajosa que estrangulaba el resto de la casa.

—No sabía que la cripta estaba debajo de la propia casa —dije mientras caminábamos.

—Este suelo es difícil de excavar —contestó Roderick, lacónico—. Lo dinamitaron para construir las bodegas. Supongo que les pareció más fácil hacer la cripta también, de paso.

—Como una iglesia.

Roderick refunfuñó. Las escaleras, sin embargo, reforzaron mi opinión, talladas como estaban con ornamentos góticos. Los antiguos señores Usher no eran amigos del minimalismo.

La puerta en sí, otra de aquellas de arco apuntado, estaba construida en madera antiquísima y tenía candado y tranca.

Roderick entregó la lámpara a Denton y sacó la tranca de sus apoyos con una fuerza poco acorde con la frágil apariencia de sus brazos.

Después la dejó en el suelo y nos adentramos en la cripta.

Frío. Hacía frío. Una galería larga y toscamente excavada se extendía más allá, supuse que hacia las profundidades de la cripta, pero la cámara en la que nos encontrábamos contenía una única losa de piedra, tallada con cruces y una procesión de dolientes.

Madeline yacía bajo una mortaja, sin cara, sin facciones.

Roderick se le acercó y se cernió sobre su figura con aire protector y el cuerpo erizado.

Por un momento, pensé en acercarme más, contemplar el rostro de Maddy una última vez, pero Roderick se mostraba tan intimidante que me abstuve.

«¿De qué te serviría, en el fondo? —pensé—.

¿Acaso no has visto suficientes cadáveres ya?

Tal vez a otras personas les ayude, pero para ti solo será una cara más que te persiga en sueños».

Así que desistí, hinqué una rodilla en el suelo y me puse a rezar.

El padrenuestro, desenterrado de algún viejo recuerdo de misa.

Cuando hube terminado, Denton aguardó un breve momento y después, tocándome el brazo, me escoltó de vuelta a la puerta, lejos de la cripta y de la delgada forma blanca que descansaba sobre la losa.

Se me ocurrió, mientras subíamos las escaleras, que bajo aquella mortaja podía haber estado cualquiera. No había podido distinguir si era Maddy. Ni si era un ser humano siquiera.

— oOo —

Roderick estuvo tan tenso durante la cena que casi me desquició por completo. No hacía más que incorporarse de golpe y mirar por encima del hombro, como si un enemigo fuera a surgir de los paneles de la pared y atacarlo por la espalda.

—Tranquilidad, compañero —dije—. En una de estas vas a conseguir que me ponga a cubierto debajo de la mesa.

—Oigo las larvas —masculló—. Pronto empezarán a comérsela. A menos que no lo hagan.

Me dije que no era mi hermana y que no tenía ningún derecho a ofenderme.

Roderick dejó de saltar, solo para empezar a retorcerse las manos.

Tenía unas manos pálidas de dedos largos, aunque se frotaba tanto una con otra que empezaron a enrojecer.

Aquello me preocupaba, pero al menos no me daba ganas de ponerme a cubierto.

Denton se terminó la comida de su plato metódicamente, sin hablar.

Sus pensamientos eran un misterio para mí.

Terminé en la biblioteca después de cenar, con mi segunda botella de livrit por toda compañía.

Estaba malísimo, pero en aquel momento una resaca me parecía una gran idea.

Un dolor de cabeza siempre es preferible al dolor de corazón, y, además, cuando tienes que concentrarte en no vomitar, cuesta más pensar en cómo los amigos de tu infancia se están muriendo a tu alrededor.

No sabía por qué la muerte de Maddy me había afectado tanto. No había visto a los Usher más de unas pocas veces por temporada a lo largo de mi infancia. Mentiría si dijera que había pensado en ellos a menudo antes de recibir la carta de Maddy.

Quizás aquel miserable lugar había acabado por oprimirme tanto el espíritu que me había dejado vulnerable. Quizás simplemente se debiese a que era la primera persona de mi edad en morir por enfermedad y no entre los dientes afilados de la guerra.

Eché un trago de livrit directamente de la botella. Ya no me quemaba la garganta, pero el sabor almibarado me hacía daño en la articulación de la mandíbula. Aunque la estancia hedía a cuero mohoso y a la muerte de los libros, yo ya solo olía el livrit.

Angus acabó encontrándome. Le puso el corcho a la botella y me despegó de la silla.

—Venga, renacuajo —dijo—. Ya estoy muy viejo para llevarte en brazos. Un pie delante del otro.

Farfullé que me dejase en el suelo con mi bebida y mi dolor.

—Marchen, ¡ar! —ladró Angus, y ante aquello mi cerebro reptiliano tomó el control, me puso en la dirección correcta y marché.