Chapter 8 #2
Sonaba ridículo cuando lo decía en voz alta. Estaba aferrándome a un clavo ardiendo y lo sabía. Pero Denton parecía dispuesto a aferrarse conmigo, lo cual le honraba.
—¿Cree que puede haber una conexión?
—Podría ser. Maddy nunca fue enfermiza. Pero como Roderick no se ha contagiado, he pensado que no puede tratarse simplemente de algún tipo de miasma del aire o del agua…
—Los criados habrían mencionado algo si supieran de alguna enfermedad similar en el pueblo.
—Claro, es verdad. —Suspiré. Aunque, hablando de los criados…—. La doncella de Madeline. ¿Sabe de qué murió?
—Se tiró del tejado. —Me lo quedé mirando—. Esta casa no es buena para nadie, mucho menos para personas de temperamento melancólico.
—Por los clavos de Cristo.
Denton se compadeció de mí, o tal vez simplemente fuera su forma de aferrarse al clavo, pues añadió:
—No es mala idea, en cualquier caso. Hay enfermedades que solo afectan a un número reducido de personas. La lepra, por ejemplo. La gran mayoría somos inmunes, salvo por los pobres diablos que no.
Asentí con entusiasmo.
—Así que Maddy podría ser propensa a esa enfermedad. El problema es que, si consigo cazar una liebre, no tengo forma de distinguir si le pasa algo, a menos que el problema sea algo escandaloso. ¿Usted podría?
—No soy veterinario —respondió—. Ni cocinero. Pero supongo que podría echarle un ojo a una, por si algo me salta a la vista.
Asentí con la cabeza.
—Pues mañana veré si puedo conseguirle una liebre.
— oOo —
Al final fue Hob quien localizó una, a cuenta de que casi la pisa.
La vio en el último momento, resopló y tiró hacia un lado, saltando sobre tres de sus patas.
Yo también me llevé un buen susto, sobre todo cuando la liebre se quedó ahí sentada, mirándonos a los dos con aquellos ojos vacíos y salvajes.
—Venga —dije a la liebre—. Anda un poco.
No me serviría de nada cazar una que no estuviera afectada por aquella enfermedad sin nombre.
La liebre no tuvo a bien hacerme caso. Desmonté de Hob y saqué el arma que usaba para caza menor (que no para vacas).
—Venga, lárgate.
La liebre se me quedó mirando. Dio un paso adelante, luego otro. ¿Iba a tener que darle al bicho con la bota, por el amor de Dios?
Antes de que la tocase, se dio la vuelta y empezó a reptar de aquella forma tan extraña. Se movía más rápido de lo que esperaba. Apunté, pero entonces la liebre se desvaneció en un soto achaparrado de árboles que, o estaban muertos, o fingían estarlo de forma muy convincente.
—Culpa mía por vacilar —murmuré—. Hob, quédate aquí.
Dejé las riendas en el suelo y fui tras la liebre.
Los árboles muertos no mejoraron cuando los analicé de cerca. Me adentré en el bosquecillo, buscando la liebre. Cuando al fin la encontré, estaba erguida y me observaba.
—Bueno —dije—. Sea lo que sea, está claro que lo tienes.
Le apunté con la escopeta, aunque seguramente me hubiera bastado con darle un golpetazo en la cabeza con la culata.
Un movimiento por el rabillo del ojo me distrajo.
Giré la cabeza. Había aparecido otra liebre.
Esta también se movía de aquella forma tan desagradable, casi arácnida.
De pronto me invadió la absurda imagen de una mano sin cuerpo que caminaba sobre sus dedos, o de una extremidad separada de su dueño.
Estaba claro que el sueño de Denton se había quedado alojado en mi cerebro.
Al volverme hacia la liebre original, descubrí que se le había unido una tercera. Las tres, erguidas sobre las patas traseras, me vigilaban.
Se me pusieron los pelos como escarpias.
Disparé a una de ellas. Quizás fuera la primera de todas, pero también podía ser que se hubieran cambiado de sitio. Ni un niño habría fallado a esa distancia. El soto se estremeció con el disparo y la liebre se desplomó.
Ninguna de las otras movió ni un músculo. Ni siquiera pestañearon.
El disparo me provocó una ola de tinnitus. Mientras esperaba a que se pasara el pitido, me di cuenta de que podía haber aún más liebres detrás de mí y ni las oiría acercarse.
Lo cual no quería decir nada, me dije. (Detesto como el tinnitus parece ahogar mis pensamientos también, como si me quedase gritando dentro de mi propio cráneo). Eran liebres, no lobos. Una liebre podía pegarte un buen mordisco si la agarrabas, pero no iría a por la yugular.
Todo eso lo sabía, y sin embargo todos mis instintos me decían que había algo a mi espalda. Algo peligroso. Algo que no era una liebre.
Yo me fío de mis instintos. Fue lo que me mantuvo con vida en la guerra. Me di la vuelta y descubrí otras dos liebres sentadas al borde del soto, vigilándome.
Pese a que empezaba a recobrar el oído, la escalofriante sensación de que había algo más ahí no desapareció. Me volví otra vez, y las tres liebres de antes ahora eran cuatro, como si hubiera brotado otra del suelo, cual seta.
—Bueno —dije. Di un paso decidido hacia delante y recogí a toda prisa la liebre muerta—. Se acab…
La liebre se movió en mi mano.
La lancé violentamente lejos de mí, pese a saber que era una convulsión, que muchos animales patalean después de muertos. Le había disparado en la cabeza, era imposible que estuviera viva. Era un espasmo muscular, nada más.
Estaba maldiciendo mi propia idiotez cuando la liebre muerta empezó a alejarse a cuatro patas.
No intentó escapar. Por algún motivo, eso fue lo más horrible de todo.
Reptó hasta volver a su sitio en el corro de liebres y, una vez allí, se incorporó.
A pesar de que le faltaba medio cráneo. Giró la cabeza para apuntarme con el ojo que le quedaba y recogió las patas delanteras contra el pecho, como todas las demás.
No sé qué era lo que me miraba a través de aquel ojo, pero no era una liebre.
Perdí todo el valor y eché a correr.
— oOo —
Quizás me habría ido mejor si fuera una persona menos escéptica. En aquel momento, solo podía pensar en que era imposible que hubiera visto lo que creía haber visto. Los muertos no se levantan y andan.
Pero, a veces, los casi muertos, sí. He visto hombres con auténticas averías hacerse cien metros corriendo para abalanzarse sobre el enemigo.
He visto hombres seguir combatiendo con balas incrustadas en el cráneo, a veces durante días.
Qué demonios, si Partridge, que estaba bajo mi mando, creía que solo se había llevado un coscorrón hasta que un médico encontró el balazo casi una semana después.
Por suerte, tuvo sentido común y no se la intentó sacar.
Hasta donde yo sabía, seguía con vida, aunque se quejaba de que desde entonces había perdido el sentido del gusto.
Quizás la liebre fuera como Partridge. Quizás no le había dado bien.
Quizás cuando creí que le faltaba parte de la cabeza solo era el efecto de la piel sanguinolenta que le colgaba de una forma especialmente grotesca.
Las liebres eran del mismo tono pardo que los juncos, ¿no?
Quizás mis ojos me estuvieran jugando una mala pasada.
Y sabía Dios que últimamente estaba de los nervios y saltaba con cualquier cosa.
No, no podía fiarme de mis propios ojos.
Reestructuré lo ocurrido en mi cabeza, tratando de convertirlo en una cómica historia centrada en mi ridiculez, y procedí a relatársela a Denton a tal efecto.
—Y esos puñeteros bichos se me quedaron mirando y me dio un ataque de nervios y salí huyendo de un puñado de animales que no me llegaban ni a lo alto de las botas.
¿Se lo puede creer? Yo, con la pechera llena de medallas al valor bajo el fuego enemigo, graznando como un pato a la fuga porque la pifié con el disparo y aquel bicho se puso a patalear cuando lo tenía en la mano.
—Me obligué a esbozar una sonrisa abochornada—.
Entre esto y lo de la vaca, no es que esté rindiendo en artillería, que digamos.
Pese a mis esfuerzos por contarle una historia divertida, Denton no parecía divertido en absoluto. Se agarró las rodillas con las manos, y una arruga se le formó entre las cejas.
—Es muy perturbador.
—Para el orgullo de Galacia, desde luego.
—Eso no. —Frunció el ceño—. Roderick dice que no es usted muy proclive a imaginarse cosas.
—Eso quiero pensar, aunque, a juzgar por lo de esta tarde, cualquiera lo diría. —Me encogí de hombros—. Bueno, usted sabe tan bien como yo que a veces se pierden los papeles cuando uno menos se lo espera.
—No le falta razón —admitió Denton—. «Corazón de soldado», lo llamamos después de acabar la guerra.
Una vez me dio una especie de ataque porque habían colocado banderas a lo largo de toda la calle, y el viento empezó a soplar y a agitarlas.
Aquel ruido no era en absoluto como el fuego de los cañones, pero a la vez sí lo era, ¿sabe a lo que me refiero?
Asentí con la cabeza. Vaya si lo sabía.
—Y de repente, una de las banderas se soltó y salió volando hacia mí. —Rio con un resoplido—. Terminé en el hueco de una escalera a dos calles de allí.
Su voz contenía esa ligera nota de humor con la que todos salimos de la guerra, porque, si no fingimos reírnos de la situación, podríamos vernos obligados a admitir lo rotos que estamos.
Es como cuando estamos en un bar y nos contamos historias del dolor más horroroso que hemos sentido en la vida.
Reírse y fanfarronear transforma el dolor en otra cosa, en una forma de que te inviten a un trago.
—¿Ve? Eso mismo. —Hice un gesto afectado con la mano—.
« Névrose de guerre », que lo llaman los franceses.
Con ese nombre, cualquiera diría que no es un puñetero pastelito.
Aunque reconozco que me siento mal por haber fallado el tiro.
Debería haberme quedado para rematarla. Espero que un zorro o un halcón o algún otro bicho se la lleve más pronto que tarde.
El humor de Denton se evaporó. Agarró la bebida que tenía junto a él y le dio un buen trago.
—Quizás no falló —dijo, sin mirarme.
—Claro que sí. Si se levantó y se fue.
No le conté que la liebre se había incorporado y se me había quedado mirando. Eso ya distaba mucho de ser simple névrose de guerre .
Denton no dijo nada.
—Los muertos no andan —insistí. Me di cuenta de que el enfado me estaba haciendo levantar la voz—. Usted debería saberlo mejor que nadie.
Denton se me quedó mirando un rato largo, larguísimo, buscando algo en mi expresión. No debió de encontrarlo, pues apartó la mirada y dijo:
—No me haga caso. Estoy empezando a imaginarme cosas, igual que Roderick. A estas alturas, ya no sé qué es lo que sé.
Me marché con aire ofendido. Aquella noche cené en mi habitación. Angus me miró mientras yo colocaba la silla con la espalda contra la pared y no dijo ni una palabra.