Lo que mueve a los muertos Chapter 8
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Chapter 8

E ncontré a Roderick antes que a Denton en el desayuno.

—¿Has visto a Maddy hoy? —pregunté—. Anoche también estuvo andando en sueños. Y parecía muy confundida. No me reconocía y no hablaba muy bien.

Decidí no mencionar aquella terrible sonrisa, o que su forma rígida de caminar me había recordado a la extraña liebre que se arrastraba.

—A veces le pasa —dijo Roderick con los ojos clavados en el plato.

—¿Y su doncella no puede impedirle que salga?

—Su doncella murió hace tres meses.

Me estremecí. No había doncella. Y, por supuesto, no tendrían el dinero para contratar a otra. Idiota de mí. Lo volví a intentar.

—Se le está cayendo el pelo. Es como si… estuviera mudando. Es terrible.

—Su pelo. Sí. —Roderick asintió con la cabeza. Al cabo de un momento, añadió—: Esa es otra. Los criados se esfuerzan por quitarlos, pero…

—Roderick… —El tono derrotado de su voz me exasperaba. ¿No se daba cuenta de que su hermana se estaba muriendo?—. ¡Tienes que hacer algo!

—¡Y qué hago! —Dio un puñetazo en la mesa con una ira repentina—. ¿Te crees que no lo sé? ¿Te crees que no le pondría remedio si pudiera? ¿Que no he pensado en llevármela a París… volar esta maldita casa por los aires… terraplenar ese condenado lago…?

Lo miré con desconcierto. Una parte de mí me decía que volar la casa por los aires no era la solución a los problemas de Madeline, pero la otra parte ya estaba calculando cuánta dinamita haría falta.

Roderick debió de descifrar mi expresión, pues se dejó caer sin fuerza en la silla. La ira lo había abandonado tan rápido como había llegado.

—No me tientes, Easton. Sé exactamente dónde tiraría la cerilla.

—Creo que Easton se refiere a que deberías llamar a otro médico —dijo Denton desde la puerta. Después me saludó con una inclinación de cabeza—. Buenos días, teniente.

—No es eso lo que quería decir, exactamente —opuse, aunque sí se me había pasado por la cabeza llamar a algún especialista de París.

—No veo por qué no —dijo Denton—. No creo que le haya impresionado con mi profundo conocimiento del caso.

No parecía sentirse particularmente ofendido.

—Usted sabe más que yo; eso, seguro. ¿Ha visto cómo se le cae el pelo?

—Sí. —Clavó los ojos en su taza de té—. No es sorprendente en un caso grave de enfermedad. Ahora pregúnteme cómo puede ser que siga teniendo pelo que perder.

Me detuve con el té a medio camino de los labios.

—No lo sé —continuó él, respondiendo a su propia pregunta—. Ni puñetera idea. Al ritmo al que se le cae, no debería crecerle más, pero así es.

—Y completamente blanco, además —dije.

—Sí. Lo único que se me ocurre es que, más que crecerle, sean los folículos y la piel los que retroceden, igual que les crece el pelo a los muer… —De pronto se calló y atacó su desayuno con un aire salvaje.

—Se acabó —intervino Roderick—. Se acabaron los médicos. Todo esto ya ha llegado demasiado lejos. No quiero que venga nadie a toquetear a Madeline como… como a un animal enjaulado.

La animación repentina de hacía un momento parecía haberlo abandonado. Se apoyó contra la mesa del buffet, meciéndose, como si estuviera agotado.

Me excusé con una inclinación de cabeza y me dirigí a los establos.

—Chico, todo esto es un desastre —le dije a Hob.

Sus orejas indicaron que estaba de acuerdo, especialmente teniendo en cuenta que nadie le estaba trayendo golosinas.

Hablando de lo cual, saqué una manzana de una alforja cercana.

Bajando la montaña había unos extensos campos de frutales donde había comprado varios sacos, y después me había olvidado de ellos. Era evidente que Hob no.

—Empiezo a preguntarme si tal vez sea cierto que hay algo en el agua. Algo letal.

Hob expresó que la falta de manzanas podía resultar no menos mortífera.

—Denton no lo sabe. No sé a quién más preguntarle.

El caballo capón del médico asomó el hocico por encima de la puerta de su caseta y, pese a que no me ofreció ningún consejo de utilidad, le di una manzana también. Con el crujido de la fruta triturada por dientes satisfechos a mi espalda, salí en busca de la biblioteca de los Usher.

Por supuesto, toda mansión tiene una. No sé qué esperaba hacer allí: no es que me encante leer, precisamente, y ya de primeras sabía que un manual de medicina superaría mi capacidad de comprensión, sobre todo en otro idioma.

Hablo ruraviano, francés e inglés bastante bien, y me defiendo en alemán (en gran medida porque los alemanes siempre cambian de inmediato a otro idioma, que siempre hablan mejor que tú, y te piden educadamente que practiques con ellos).

Pero leer es harina de otro costal, sobre todo cuando se trata de textos técnicos.

Con todo, tenía que intentarlo. Me rondaba la idea de que quizás las liebres tuvieran una enfermedad que también había afectado a Maddy.

Y, si no, tal vez se tratase de un parásito.

Los humanos pueden enfermar si comen cerdo poco hecho. ¿Por qué no una liebre?

El problema, cómo no, era que lo que sabía de las entrañas de una liebre era lo que sabe un cazador, con lo que, si la clave resultaba ser algo más sutil que «hay un bicho enorme retorciéndose donde no debería estar retorciéndose nada», cazar una liebre y diseccionarla no me ayudaría a aclarar la cuestión. Por eso lo de la biblioteca.

Hileras de tomos encuadernados en cuero me observaban desde altos estantes. El fuego de la chimenea estaba apagado, y la humedad flotaba en el aire como una niebla fría y pegajosa.

Al alzar la vista y ver todos aquellos volúmenes, se me encogió el corazón. ¿Pero qué era lo que buscaba? ¿Un libro titulado La anatomía de la liebre europea para principiantes, con ilustraciones perfectamente anotadas , tal vez? ¿Es que se hacían libros así?

—Pues si no, deberían —refunfuñé—. Serían bastante más útiles que la mitad de los libros que se escriben hoy en día. ¿Cuántas obras sobre la vida de Lord Byron necesita el mundo, si se puede saber?

Extraje un libro al azar y lo abrí.

Intenté abrirlo, más bien.

Las hojas se habían hinchado y pegado unas a otras.

Metí una uña entre dos de ellas y logré separarlas con dificultad, pero solo conseguí desgarrar una por la mitad y dejar la mayor parte aún pegada a la página opuesta.

No era que el libro estuviera húmedo, era que llevaba tanto tiempo saturado de humedad que prácticamente se había convertido en papilla.

Gemí y saqué otro libro. Este tenía las páginas onduladas de todas las veces que se habían mojado, secado, mojado y secado otra vez. Aunque lo pude abrir, todo el papel estaba bordeado por una franja de moho tan oscura que casi podría haberse confundido con una banda decorativa.

—Por los clavos de Cristo —murmuré.

—Ah —dijo Roderick desde la puerta—. Has encontrado la gran biblioteca. El orgullo de generaciones de Usher. —Debió ver mi expresión, pues curvó los labios en una sonrisa carente de humor—. No te preocupes. Mi padre vendió todos los libros más valiosos en su día. No perdimos gran cosa.

—¿Están todos así? —pregunté, recorriendo con la mirada aquellas estanterías cargadas de palabras putrefactas.

—Todos, hasta el último libro. Los criados ponen algunos a secar para echarlos a la chimenea de vez en cuando. Si los calientas lo suficiente, acaban prendiendo.

Su mirada barrió las estanterías como si las estuviera imaginando en llamas.

No sabía qué decir. ¿Cómo se le da el pésame a un hombre por el estado ruinoso de su casa solariega? Pugné por encontrar algo gracioso que decir.

—Deberías haberte quedado en Galacia, Roderick. Allí podías ir a la biblioteca real y llevarte un libro prestado.

—Todos deberíamos habernos quedado en Galacia —dijo, sin molestarse en reconocer mi esfuerzo humorístico—. Mi madre tenía razón.

—Bah, podéis venir los dos y quedaros conmigo —dije—. Cierto es que solo poseo un viejo chamizo de caza, y que viviríamos muy apretados, pero es un sitio acogedor.

Roderick negó con la cabeza y repitió:

—Madeline no se irá de aquí. Y yo… —Miró alrededor. Era un hombre contemplando la cara de su enemigo—. Empiezo a creer que este lugar nos ha matado a todos, poco a poco. Quizás también para mí sea demasiado tarde.

—No es más que un edificio, Roderick.

—¿Tú crees? —Se dio la vuelta y murmuró—: Oigo la carcoma mordisqueando las vigas. Pido a Dios que se den prisa.

Aquella conversación no me dejó con un estado de ánimo muy esperanzado, que digamos. Al final, yo también salí de la biblioteca y fui en busca de Denton.

—Hola —dijo, levantando la vista del libro que estaba leyendo (que debía haber traído consigo, digo yo)—. Trae un aire particularmente centrado.

—¿Qué sabe de liebres? —pregunté.

Denton me miró perplejo.

—¿Mande?

—Liebres. Esos animales de orejas alargadas. Que van dando brincos. Y en primavera boxean.

—Conejos, querrá decir.

Dios, líbranos de los americanos.

—No. Son más grandes que los conejos. ¿No tienen liebres allá de donde es usted?

Tuvo que pensarlo.

—Eh… un momento, creo que en el norte, sí. Liebre de las nieves, la llaman. ¿Por qué?

—¿Podría ser que las liebres tuvieran una enfermedad que hubiera afectado a Madeline? ¿Algo que le hubieran podido contagiar de algún modo?

—No conozco ninguna.

—Pero ¿sería posible, en principio? ¿Que algo pudiera infectar tanto a liebres como a seres humanos?

—Por supuesto que es posible. La rabia afecta a ambas especies. Pero no estará insinuando que Madeline tiene la rabia, ¿verdad?

—No, no. —Me hundí en la butaca—. Las liebres de por aquí se comportan de forma extraña.

Todos los lugareños dicen que están poseídas.

No —añadí, alzando la mano para anticiparme a las protestas de Denton—, yo no me lo creo.

Le atribuimos al diablo muchos más méritos de los que se merece.

Pero vi una liebre el otro día, en las landas, que se movía muy raro, y los movimientos de Maddy cuando andaba en sueños me recordaron a ella…