Chapter 7 #2
—¿El lago? —Denton se asomó más por la balaustrada y miró hacia abajo—.
Puede ser. O puede que lo que refleja sea tan deprimente que no ayuda.
No sé. Me recuerda a unos manantiales que hay en Estados Unidos.
Los minerales le dan al agua unos colores fantásticos, pero si te la bebes, te quedas en el sitio.
—Se enderezó—. Aunque supongo que este nos habría matado ya, dado que imagino que es de donde sacan el agua de la casa.
Se me arrugó el gesto. No se me había ocurrido. Si lo que estaba envenenando a Madeline provenía del lago, ya corría por las venas de todos. Sentí un ligero mareo, aunque sabía que era mi imaginación.
—El otro día me pareció ver luces dentro del lago.
—¿Luces?
Denton me miró, sorprendido. Me arrepentí de haber dicho nada. Estaba claro que el livrit me había soltado la lengua.
—Como si reflejara las estrellas. Pero estaba nublado y no había estrellas por ninguna parte.
No sé. Y, cuando me las quedé mirando, me pareció que empezaban a pulsar.
Me recordaron a las luces que se ven a veces en el mar.
—Aunque estaba quitándole importancia, oírlo en voz alta me pareció una absoluta locura.
Debería haber hablado con la señorita Potter antes que nada, hacerme con un puñado de palabros científicos a modo de talismán—.
La mujer que está merodeando por la zona pintando setas cree que hay algún tipo de alga en el agua.
—Vaya. —Denton miró el agua—. Supongo que no me sorprende. Qué demonios, podría crecer cualquier cosa en ese lago, que no me sorprendería.
Me acerqué y me asomé por la barandilla también. El lago estaba oscuro, quieto y silencioso.
—Madeline casi se ahoga en ese lago hace unos meses —dijo Denton con aire ausente.
—¡¿Qué?!
—¿Roderick no se lo ha contado? —Por un momento, él también pareció arrepentirse de haber hablado.
Después se encogió de hombros—. Ella dice que no se acuerda.
Le dio uno de sus ataques y se cayó al agua.
Roderick estaba seguro de que se había ahogado cuando la sacó, pero fíjese cómo es la vida, que al final quizás la salvase su catalepsia.
Se ve que no le entró agua en los pulmones.
—Por los clavos de Cristo.
Recordé la figura blanca de Madeline a la orilla del lago. ¿Por qué seguía visitando aquel sitio sola? Debería hablarlo con ella. Aunque era imposible que no fuera consciente de los peligros.
Me sumí tanto en mis pensamientos que estuve a punto de perderme un parpadeo verdoso en las profundidades.
—¡Mire! ¡Allí! ¿Lo ha visto?
—He visto algo… ¡ahí está otra vez! Diantre. —Denton se asomó tanto por encima de la balaustrada que por un momento me vi teniendo que agarrarlo y tirar de él—. Vaya.
Los dos nos quedamos mirando el agua un buen rato, pero no hubo más luces. Al final, nos despedimos y nos retiramos a nuestras respectivas camas. No sé qué tal le iría a Denton, pero a mí aún me quedaba mucho para conciliar el sueño.
— oOo —
Era de madrugada cuando oí los tablones crujir otra vez. Diablos, si funcionaban mejor que una campana. Esta vez los pasos eran lentos y vacilantes, y supe que no era Denton.
Pese a todo, había logrado dormir unas horas, y me avergüenza reconocer que por un momento pensé en ignorar los sonidos y volver a dormirme sin más.
El livrit pega con la fuerza de una mula enajenada, por muy acostumbrado que estés.
Pero el código de caballería me exigía levantarme, porque esas pisadas leves y titubeantes solo podían ser de Maddy.
Había dejado el pasillo atrás para cuando me puse el batín, pero no importaba. Podía hacerme una idea bastante clara de adónde iba. La alcancé por la mitad de las escaleras.
Avanzaba con un andar rígido y extraño, que detenía y retomaba en los momentos más inesperados.
Me recordó a algo, pero no sabía a qué. Lo más importante, en cualquier caso, era que al andar así bajaba las escaleras muy despacio, y se me hizo un nudo en el estómago al pensar en lo fácil que era que se cayese.
—Madeline, estás caminando en sueños otra vez.
Ella se dio la vuelta y posó en mí una mirada brillante, aunque perdida.
—¿Quiééééén? —dijo en una exhalación.
—Soy yo. Easton. ¿Te acuerdas de mí?
Madeline movió la cabeza de lado a lado. No era como si dijera que no, exactamente. Se le movía todo el cuello. Me recordó a la manera que tiene Hob de sacudir la cabeza para espantar a las moscas.
—Deee…’asiadaaasss… —dijo, y volvió a oscilar de aquel modo tan peculiar.
«¿De asiadas?».
De pronto lo entendí. «Demasiadas». Movía los labios como si los tuviera rígidos, y el sonido de la «m» apenas era perceptible, al tiempo que prolongaba los demás. Demasiadas. ¿Demasiadas qué?
—¿Quiééén? —Alargó una mano hacia mí y me apuntó con el dedo.
¿Demasiadas palabras? Traté de simplificar el mensaje.
—Easton. Eeeeas-ton.
Madeline pareció relajarse, como si al fin la hubiera entendido.
—Eeeaston.
—Sí. Exacto.
¿Sería la catalepsia? Según Denton, Maddy se quedaba tan paralizada que caía en coma, pero ¿era otro de los síntomas no poder mover los labios, ni quizá la parte superior del cuello?
¿Tampoco podía fijar la vista y reconocerme?
¿O quizá todo fuera un síntoma de su sonambulismo, parte de su sueño?
La tomé del brazo para que no se cayera.
Aunque apenas me atrevía a tocarle la piel, notaba aquel finísimo vello blanco cosquilleándome la palma de la mano.
—Uno —dijo—. Dos… trrreeesss… cuatro… cinco… seisss… —Hizo una pausa, como si estuviera pensando—. Siete… ocho… nnnue’e… diezzz. —Me miró—. ¿’Ieeen?
—Muy bien —dije, preguntándome qué puñetas estaba pasando.
Ella asintió con la cabeza, sacudiéndola arriba y abajo con la violencia de un caballo resistiéndose al freno.
—Di’íciiil —dijo—. Mo’er aliento di’íciiiil.
«Mover aliento difícil», traduje para mis adentros, tras un momento de desconcierto. ¿Estaba diciendo que le costaba respirar? ¿Estaba contando sus respiraciones?
Entonces sonrió, y fue terrible.
Los labios se le estiraron hacia las comisuras de la boca en una horrorosa parodia de contento. La boca se le ensanchó tanto que debía dolerle, y abrió la mandíbula hasta tal punto que parecía un grito. Por encima de aquella espantosa mueca, sus ojos estaban muertos como piedras.
Nunca se me ocurriría pensar que he visto todas las formas en que puede fallar la mente humana, aunque he visto soldados y civiles romperse de cien maneras distintas en la guerra. Pero una sonrisa como aquella no la había visto jamás.
Le solté el brazo y trastabillé hacia atrás, y al hacerlo sentí en los dedos una ligerísima sensación de algo arrancándose. Fue tan inesperado que me miré la mano y vi que estaba cubierta de aquel fino vello blanco de sus brazos. Dios santo, ¿le había arrancado el pelo de raíz al agarrarla?
No. Al mirarle con horror el antebrazo, vi que había dejado una huella de piel desnuda con la forma de mi mano.
Se distinguía cada uno de mis dedos, y la silueta de mi pulgar contra su muñeca, pero no le había hecho un moratón.
¿Tenía el vello tan poco arraigado en la piel que se liberaba solo con tocarlo?
Aquel nuevo horror sustituyó al anterior. Alcé la vista y vi que ya no esbozaba aquella espantosa sonrisa.
—Ay, Maddy… —dije con pesadumbre, tratando de sacudirme el pelo en los pantalones. Se me pegaba a las palmas sudorosas como pelos de gato.
Ella volvió a agitar la cabeza.
—‘Addy, no.
—¿Qué?
—Maddy, no —insistió.
Claramente estaba intentando pronunciar su nombre, aunque la «m» le había salido más como una «b». Se dio un golpetazo con la muñeca en el esternón y yo me encogí, pensando que incluso tan poca presión le dejaría marca.
—¿No?
¿Qué demonios estaba soñando?
Otro asentimiento oscilante.
—Una —dijo—. Maddy una. Yooo una. Maddy… Yo… dos.
—Dos —convine.
De pronto pareció quedarse sin fuerzas.
—Mo’er aliento di’íciiil —murmuró.
Yo no sabía si tratar de sujetarla o no tocarla más.
—Debes estar cansada —dije en tono comprensivo.
—Cansaaada —convino.
—Volvamos a tu habitación —propuse. Le toqué los hombros por donde la tela los cubría, evitando rozarle la piel desnuda por miedo a arrancarle más pelo—. Por aquí.
Maddy me permitió llevarla de vuelta a su cuarto. Iba señalando cosas al pasar junto a ellas y llamándolas por su nombre, como una niña que estuviese aprendiendo a hablar.
—‘Areeed. Escalera. Veeela. Eaaastonn.
Cuando abrí la puerta de su habitación, no había doncella para recibirnos. Maldición. La conduje hasta la cama, preguntándome cómo conseguiría que se echase sin que se asustara ni dejarle aún más moratones.
—A tumbar —dije, como si le hablara a un perro—. Venga, vamos a tumbarnos.
—Tu’baaarrnoss —accedió Maddy.
La cama estaba hecha un desastre. Las sábanas estaban llenas de pelo, como si fuera un gato mudando de pelaje. Por los clavos de Cristo. Nunca es buena señal que a alguien se le caiga el pelo. Tendría que decírselo a Denton.
Cuando conseguí acostar a Maddy, me di cuenta de que no tenía ni idea de dónde dormía Denton. Había un centenar de puertas en aquel mamotreto de casa. Podía salir a gritar por los pasillos, pero ¿qué iba a hacer Denton aquella noche que no pudiera hacer a la luz del día?
Ya estaba a medio camino de mi habitación cuando recordé dónde había visto los andares forzados de Maddy.
Eran los de la liebre.