Chapter 7
E l siguiente fue un buen día. Lo digo porque contrasta totalmente con todos los demás.
La casa seguía siendo húmeda y oscura, y seguía cayéndose a pedazos a nuestro alrededor.
Maddy y Roderick seguían pareciendo un par de cadáveres de camino al ataúd, y Denton seguía sin saber si levantarse o no cada vez que yo entraba en la habitación.
Pero, a pesar de todo, fue un buen día. Roderick tocó el piano, y cantamos todos juntos y mal.
Maddy apenas sacaba un hilo de voz, y yo me sé lo justo del estribillo de «Galacia perdurará» para berrearlo, mientras otra persona se encargue de todo lo demás a partir de la primera estrofa.
Denton no se sabía la mayoría de nuestras canciones, y nosotros, ninguna de las suyas.
Pero nada de eso importaba demasiado. Cantó algo sobre el cuerpo de un tal John Brown, y yo pillé lo suficiente para vociferar «¡Gloria, gloria, aleluya! » en los momentos oportunos.
Roderick era un prodigio con el piano, eso sí. Cuando nos cansamos de tanto destrozar tonadas populares, se puso a tocar piezas dramáticas de los grandes compositores. (¿Mozart? ¿Beethoven? ¿A mí me lo preguntáis? Era música y sonaba a chan chan chan chaaan, ¿qué más queréis que os diga?).
Fue muy divertido. La gente se empeña en que hay que ser feliz y dichoso, pero divertirse te resuelve la papeleta igual de bien y, por lo general, es más barato.
Nos lo pasamos muy bien. Maddy se rio y dio palmas, y se le sonrosaron las mejillas.
Esperaba con todas mis fuerzas que la ternera estuviera surtiendo efecto, aunque la cocinera tuviera que usar fuego de mortero para ablandar aquel bicho.
Cuando Maddy se fue a la cama, descorché una botella de livrit.
Es una especialidad galaciana, lo cual quiere decir que es atroz de una forma única e inigualable.
Se parece mucho al vodka, aunque al vodka le daría vergüenza reconocer el parentesco, endulzado como está el livrit con moras de los pantanos, que crecen en las montañas de Galacia.
Si la cosa terminase ahí, la bebida sería bastante pasable, pero como eso no lo podemos permitir, le echamos liquen también.
La bebida resultante entra almibarada, termina en amargor y te quema las entrañas de principio a fin.
En realidad, a nadie le gusta, pero como es el sustento tradicional de las viudas, que son las que lo producen, todo el mundo lo bebe porque cómo vamos a permitir que las ancianitas se mueran de hambre, pudiendo pasarse los días escalando montes y rascando liquen de las rocas.
Todos los soldados galacianos que conozco llevan al menos una botella de livrit encima.
La práctica nos recuerda que somos parte de una gloriosa tradición por la cual nos dedicamos a gallardos actos al servicio de un país que no se encontraría el culo ni con un mapa.
Yo, como soy oficial, llevo tres, por si acaso me encuentro con algún soldado que ya se haya bebido su única botella, pobre de ka.
Brindamos por Galacia y por Ruravia, y Denton se atragantó con el primer trago, y Roderick y yo vitoreamos ante aquella reacción completamente normal al livrit.
Después brindamos por América y por las papilas gustativas que uno de sus hijos había perdido aquel día.
Luego brindamos por otras cosas, incluida la belleza de Maddy, los camaradas caídos y la estupidez que es tener ejércitos.
Y después nos dimos las buenas noches y nos fuimos a acostar, y aquel fue el último día remotamente normal en la casa Usher.
— oOo —
Acababa de sentarme en la cama para quitarme las botas cuando de repente oí el crujido de los tablones justo al otro lado de mi puerta.
¿Tan tarde era? Habíamos estado de parranda un buen rato, el suficiente como para que Maddy pudiera haber salido en otro ataque de sonambulismo.
Volví a calzarme y abrí la puerta de golpe.
—Ah —dije con un sobresalto—. Es usted.
Denton me miró con leve sorpresa.
—¿Esperaba a otra persona?
—Pensé que quizá fuera Madeline. —Me di cuenta, tarde, de que podía sonar a que estaba esperando que Maddy visitara mi habitación por la noche—. El otro día me la encontré caminando en sueños.
—No me diga. —Denton frunció el ceño—. No sabía que fuera sonámbula. Roderick mencionó algo de que deambulaba por los pasillos, pero creí…
—Lo sé —dije, cerrando la puerta detrás de mí—. Por su aspecto, nadie se esperaría que llegase muy lejos sin ayuda. Tuve miedo de que se desmayase o se cayera.
—¿La despertó?
—Sí. Sé que no hay que despertar a los sonámbulos, pero me lo agradeció. Dijo que había estado soñando.
—Este sitio cría pesadillas —soltó Denton con inesperada ferocidad—. Necesito tomar el aire.
—Le acompaño —dije. El livrit empezaba a disiparse y no tenía ninguna intención de dejarme sorprender por la sobriedad en la estrechez de mi cuarto. El balcón con vistas al lago tampoco me atraía demasiado, pero pensé que quizás Denton también vería las luces—. Yo tampoco estoy durmiendo muy bien.
Ya al aire libre, le pregunté:
—¿Qué quería usted decir con que este sitio cría pesadillas?
—Es Roderick —contestó Denton, apoyándose contra la baranda de piedra—. Se queja de que tiene sueños horribles que rezuman de las paredes.
No sabía qué pensar sobre lo de las paredes, pero podía imaginarme el lago haciendo algo así perfectamente. Por muy inofensiva que pareciera el agua ahora, no podía olvidar el recuerdo de aquellas extrañas láminas transparentes, bordeadas de ondas de luz.
—¿Usted ha tenido pesadillas?
Normalmente no preguntaría algo así a alguien a quien conocía tan poco, pero hay ciertas cosas que dos exsoldados son capaces de hablar a oscuras después de unos tragos que jamás mencionarían a la luz del sol.
—Anoche tuve una —respondió Denton, sin mirarme.
El lago, oscuro y quieto, reflejaba las estrellas—.
Estaba en la guerra otra vez, en la tienda-quirófano, practicando amputaciones.
Era después de una batalla. Cómo destrozaban extremidades aquellas balas de rifle…
Teníamos que amputar docenas de ellas al día.
Uno de los camilleros se las llevaba de allí, pero teníamos que actuar tan rápido, antes de que los hombres se desangraran, que acababan apilándose fuera de la tienda.
En el sueño me quedaba mirando aquella pila, y había muchísimos miembros amputados, pero estaban vivos. Se movían.
—Dios santo —dije con horror.
—Seguían vivos, y entonces me daba cuenta de que no debería haberlos amputado y que, si se los devolvía a sus dueños, se los podía volver a poner.
Podía dejarlos como antes. Pero eran muchísimos, y había una muchedumbre de soldados suplicándome que los ayudase, y yo no sabía qué pierna o qué brazo iba con cada cual, y había muchísimos hombres, y no podía ayudar a ninguno…
Se le apagó la voz. Me recorrió un escalofrío.
—Lo siento —dije.
—Ya casi no tengo sueños de la guerra —replicó—. Ha pasado mucho tiempo. Más desde la mía que desde la suya, imagino. Pero no siempre soñará con la guerra. Si es algo que le preocupa.
Asentí con la cabeza. No iba a molestarme en negarlo, desde luego.
Se me había dado bien ser soldado. Mejor de lo que se me había dado cualquier otra cosa.
Y siempre había sido de la opinión de que, ya puestos a armar una maldita guerra sin sentido, era mejor dejarles lo de combatir a personas a las que se les diera bien.
Personas que sabían qué esperar, cuándo tocaba ponerse a cubierto y cuándo correr.
Personas que sabían lo que era ver a su camarada llevarse un balazo, personas capaces de detener una hemorragia en vez de quedarse como pasmarotes.
Pero ser competente en ciertas cosas tiene un precio.
La guerra es el escenario de la mayoría de mis sueños.
Suelo soñar con tres sitios: la casa en la que crecí, la casita de campo de mi abuela y la guerra, como si aquel también fuera un lugar en el que viví.
Ni siquiera diría que todas sean pesadillas.
A veces son sueños que simplemente suceden allí.
Denton sabía lo que era aquello. Quizá Roderick también.
No sé. Siempre había sido muy nervioso, y eso no tiene nada de malo.
Ser nervioso te da más papeletas para sobrevivir.
También te cansas antes y acabas desquiciando al resto de tu unidad, pero cada cual lo sobrelleva a su manera.
Estaba claro que Roderick no iba para militar de carrera, pero no importa.
No todo el mundo debería serlo. Lo ideal sería que nadie tuviera que serlo, pero ese es un problema de demasiada envergadura para los recursos con los que contaba en aquel momento.
Bajé la vista y contemplé el agua quieta. Esa noche no brillaba. Me pregunté si podría convencerme de que había sido un sueño. Este sitio cría pesadillas .
No. Sabía lo que había visto. No soy una persona especialmente fantasiosa.
(Una francesa me dijo una vez que no tenía ni una pizca de poesía en el alma.
Yo le recité una rima obscena y ella me tiró un limón a la cabeza.
París es una ciudad maravillosa). Si ya no era capaz de distinguir entre sueño y vigilia, no solo les pasaba algo a los Usher, sino también a mí.
—¿Qué opina de este lago? —pregunté a Denton de improviso.
—Es funesto —dijo él. Si le sorprendió que cambiara de tema, no lo dio a entender—. Uno se esperaría que un límpido lago de montaña creara un bello paisaje.
—Los de Galacia son muy bellos.
—Creo que solo he cruzado la frontera una vez. Es donde los nabos en los postigos, ¿no?
Mascullé algo en defensa de los nabos y fijé la vista en el agua.
—Es como si no reflejase bien.