Chapter 6 #2
¿Con qué frecuencia se puede pensar en el vello de los brazos de una mujer?
No es algo sobre lo que se hable mucho. Supongo que para las mujeres que lo tengan especialmente grueso u oscuro será una preocupación, pero a mí esos temas se me hacían ajenos desde hacía décadas, y desde luego no era algo que mis hermanas mencionaran nunca.
Y, en el caso de las personas mayores, parece que simplemente desaparece.
El vello de Madeline era de un blanco luminoso, como su cabello, y tenía la misma calidad flotante, casi acuática. Su piel en comparación parecía rosa, y mi mano, de un bronceado imposible. Aquellos filamentos blancos se arremolinaban sobre mi piel como si se tratara de unas algas pálidas.
—Venga —dije, tratando de disimular mi horror—.
Vamos, te llevo de vuelta a tu cuarto. Hace demasiado frío como para pasearse por ahí.
—Bajé la vista y vi que Madeline estaba descalza.
Si hasta mis pantuflas no lograban mitigar el frío que irradiaba de la escalera de piedra, no podía ni imaginarme lo helados que debía tener los pies.
La habría levantado y llevado en brazos, pero temía hacerle más mal que bien—. Vamos, Maddy.
Ella exhaló algo que parecía casi una palabra, pero no pude descifrarla. Entonces puso los ojos en blanco, iluminados por la llama de la vela, y por un momento pensé que iba a desplomarse. Sin embargo, antes de poder atraparla con mi mano libre, se enderezó y dijo:
—¿Roderick?
—No, soy Easton.
—Ah… —Madeline pestañeó y me miró. Sus ojos parecían enormes a la luz de la vela—. Ah, sí. Claro. Hola, Alex. —Alzó una mano como una garra de pájaro y se la acercó a la cara.
—Estabas caminando en sueños.
—¿Ah, sí? —Miró alrededor—. Yo… Sí, claro, ha debido ser un sueño.
—¿Te llevo a tu cuarto?
Madeline miró al fondo de las escaleras.
—No hace falta.
—Por favor —dije—, hazlo por mi paz mental. Hace frío y, si no, voy a pasarme toda la noche en vela pensando que te has quedado congelada y que, cuando te encuentren por la mañana, parecerás uno de esos mármoles del Partenón.
Madeline rio un poco, como era mi intención.
—Espero que no sea como uno de esos sin cabeza.
—Si te caes por las escaleras y se te hace añicos la cabeza, no pienso cargar con la culpa. Vamos.
Enlacé un brazo con el suyo y tiré de ella con suavidad escaleras arriba.
Ella me siguió con desgana, sin dejar de mirar por encima del hombro a los escalones.
—De verdad, Alex, estoy bien. Siento haberte importunado.
La miré a los ojos; había algo peculiar y furtivo en su expresión.
Tiré de su brazo con un poco más de firmeza y lo aseguré con el mío, y de pronto me invadió la descabellada idea de que podría zafarse y echar a correr, pero conseguí acompañarla hasta la puerta de su cuarto con ella siguiéndome el paso.
—Deberían avisar a tu doncella de que eres sonámbula —dije al liberarla.
—Mi doncella… Sí…
Franqueó el vano de la puerta con aire vacilante y se adentró en la oscuridad. Yo también emprendí mi camino de regreso con los pies y el corazón más pesados que antes.
Descubrí que no lograba dormirme. De repente notaba el aire viciado, sofocante, pese al frío que hacía.
Las colgaduras que rodeaban la cama se me antojaban las láminas de una seta gigante, una seta que me escupía esporas invisibles sobre la cara.
Puaj. No me extrañaba que Maddy estuviera caminando en sueños.
Aparté la cortina del dosel y cogí mi batín. Quizás un poco de aire fresco me sentase bien. La señorita Potter me había obsequiado con el dato de que había esporas fúngicas flotando por todas partes, pero, mientras no las viera, podía fingir que no existían.
Abrí la puerta y me dirigí hacia el balcón del final del pasillo, el que daba al lago.
Este estaba cuajado de reflejos de estrellas.
Aquella agua extraña las teñía de una ligera tonalidad verde, y vi que parpadeaban un poco, seguramente por las ondas de la superficie.
Aunque nunca parecían formarse ondas en aquel espantoso lago cuando yo miraba.
Aparté los ojos del agua y los alcé al cielo con la esperanza de hallar un ancla en la familiaridad de las constelaciones.
No había estrellas.
Aseguraría que me quedé por lo menos medio minuto con los ojos clavados en el cielo mientras mi cerebro iba haciéndose a la idea poco a poco. Era una noche encapotada. El cielo estaba gris oscuro, y apenas empezaba a asomar un fragmento de la luna.
Volví a bajar la vista a un lago cuajado de estrellas.
— oOo —
Una vez, navegando en el Mediterráneo, vi el mar refulgir con un millar de motas de luz azul. Plancton, me dijo el primer oficial. Plancton bioluminiscente. Cuando se alejó, uno de los marineros me dijo: «No le haga caso, señor. Son los muertos, que llevan faroles en el fondo del mar».
Las luces del lago se parecían a las que vi en el mar aquella noche, aunque eran verdes, más que azules. Cientos de puntos luminosos sin una fuente perceptible. ¿Podía ser plancton luminoso? ¿Había de eso en los lagos? No tenía ni idea. Quizás la señorita Potter lo supiera.
Me agarré al borde de la balaustrada. Al observarlo, empecé a distinguir un patrón en las luces.
Aquel leve parpadeo, lejos de ser el movimiento del agua, era una secuencia: primero un punto se intensificaba y volvía a apagarse, y entonces el siguiente hacía lo propio.
El efecto era el de una luz que fuera saltando por un recorrido y, al llegar al final, volviera a empezar.
Las luces parecían trazar la silueta de múltiples láminas planas e irregulares suspendidas en el borde del agua.
Me incliné hacia delante, tratando de vislumbrar las profundidades, y por un momento sí me pareció ver algo, algo que reflejaba la luz no exactamente como el resto del agua, aunque la sustancia debía de ser transparente.
¿Paneles de vidrio? ¿O gelatina? ¿Sería aquello lo que hacía que partes de la superficie del agua parecieran mates a la luz del día?
La luna se asomó por detrás de las nubes, pero las luces no se apagaron. Al contrario; brillaron con más intensidad y agitación. «Algas», había dicho la señorita Potter con tono indiferente. ¿Existían las algas con hojas de gelatina y bordes luminosos?
Las luces del Mediterráneo me parecieron preciosas.
Tal vez, si hubiera visto estas otras a bordo de un barco, me lo habrían parecido también.
Pero en este lago oscuro y miserable, en esta tierra lúgubre y ruinosa, aquellos destellos solo contribuían al desagradable ambiente general.
Quizás incluso se tratase de la fuente del mal que aquejaba a Madeline, que había metido los pies en el lago, y sabe Dios qué clase de ponzoña exudaban aquellas cosas en el agua a su alrededor.
Me di la vuelta. A mi espalda, el lago siguió pulsando y danzando bajo la uña roída de la luna.