Lo que mueve a los muertos Chapter 6
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Chapter 6

D ormí hasta tarde al día siguiente. Descuartizar una vaca no es cosa de broma.

Salí a cabalgar con Hob, y Denton se unió al paseo con su caballo capón, que era como un mueble abarrotado con un par de orejas.

Tuve el placer de presentarle a la formidable señorita Potter, que estaba tomando la esporada de una seta.

—Ah —dijo esta, apoyándose en su paraguas, que llevaba plegado—. Conque doctor, ¿eh?

—En medicina, no micología, sintiéndolo mucho —contesté.

Denton tuvo el decoro de esbozar una expresión abochornada. La señorita Potter, generosa, lo perdonó tanto por aquel defecto como por su desafortunada procedencia, el país donde aseguraban sin ningún rubor la existencia de setas subacuáticas.

—¿Ha venido a atender a la hermana de Usher? —preguntó.

Si Denton se sorprendió ante la velocidad a la que corrían los rumores por las landas, no dio muestras de ello.

—Aunque para lo que hago… —respondió—. No está en mis manos, sino en las de Dios. Y tal vez ni eso.

Si su profano comentario le resultó chocante, la señorita Potter no dio señales.

Asintió con gesto grave y cambió de tema.

Para hablar de hongos, todo hay que decirlo, pero fue un cambio que acepté de buen grado.

Denton también solicitó una demostración del efecto de la escarlata maloliente, y esta vez yo me aparté bien lejos y sujeté a los caballos.

Ni unos actores de comedia habrían podido mejorar la escena: la señorita Potter, resoluta; Denton, trastabillando hacia atrás y tapándose la cara con la manga como si le hubieran echado ácido encima. La disfruté muchísimo.

Fue al acercar los caballos hacia ellos, pasado el tiempo necesario para que se disipara el olor, cuando vi otra liebre erguida entre la hierba.

La miré. Me miró. Parecía completamente normal, dentro de lo que cabe; es decir, con un par de ojos naranjas bien abiertos y aspecto de estar medio muerta de hambre. Si sufría algún tipo de extraña enfermedad, no saltaba a la vista.

—A ver, tú: ¿eres una bruja? —pregunté al animal, medio en broma.

No esperaba una respuesta y no la obtuve. La liebre, erguida y con las patas delanteras contra el pecho, se limitó a mirarme.

—Venga, largo —dije, tratando de ahuyentarla con la mano—. Antes de que se me olvide lo que le dije a Angus de no cazar liebres.

No se movió.

Di un pisotón. Siguió sin moverse.

Las liebres de marzo están todas locas, eso ya se sabe, pero no era marzo, y esa locura tiende a ser mucho más activa: saltan y se dan mamporros y brincan en todas direcciones.

Esta estaba tan quieta que, de no ser por la brisa que le agitaba el pelaje, habría pensado que estaba muerta.

Ni siquiera sacudió las orejas. No la había visto ni pestañear.

Fue al dar unos pasos hacia ella cuando al fin se movió, pero no lo hizo como ningún cuadrúpedo que hubiera visto nunca.

Extendió una pata delantera y pareció tirar de sí misma hacia delante antes de extender la otra.

Luego movió una pata trasera para llegar a la altura del resto del cuerpo; después, la otra.

Me recordaba a un hombre escalando un risco vertical, pero por el suelo.

Después se dio la vuelta y, tras volver a sentarse sobre las patas traseras, se me quedó mirando otra vez.

—¿Es que has perdido el juicio, liebre? —pregunté.

Aquellos ojos fijos no contenían respuesta alguna.

Antes de que tuviera tiempo de hacer algo completamente impulsivo, como pegarle un tiro —y la idea empezaba a rondarme por la cabeza—, la señorita Potter y Denton reaparecieron.

—¿Hablándole al aire, Easton? —preguntó Denton.

—A una liebre —dije, y señalé; pero, cuando volví la vista, ya no estaba.

— oOo —

El carnicero cumplió su palabra, y los primeros cortes de ternera honraron la mesa aquella misma noche.

Como Angus había predicho, estaba dura como el cuero para botas, pero la cocinera se las apañó para hacer un caldo, y vi con gran placer que Madeline comía más que con el pollo de las noches anteriores.

Al llegar, vi que Angus refunfuñaba. Parecía más malhumorado de lo normal, que ya es decir.

—¿No ha habido suerte con la pesca?

—Suerte he tenido, si es que se le puede llamar así —dijo. Los bigotes se le encresparon como un erizo enfadado—. Pesqué un pez bien hermoso. Pero al final de hermoso tenía poco.

—Angus, me he perdido.

—Pues que le salía un porrón de porquería —dijo—. Pensé que sería mierda de pez, y luego pensé que igual se le habían salido las tripas.

—Pero, hombre de Dios, ¿qué estás usando de anzuelo para destripar a los peces?

—Mi anzuelo estaba en la boca del pez —replicó Angus con mucha dignidad—, donde tiene que estar. Lancé el sedal perfectamente y lo recogí como es debido. Pero entonces destripé al bicho y vi que estaba lleno de porquería, como fieltro baboso, con un cordón que le colgaba del culo incluido.

Sonaba bastante asqueroso, y se lo hice saber.

—Sí —respondió—. Algo les pasa a los puñeteros peces, está claro. Capturé otro y adivina qué tenía dentro.

—¿Fieltro baboso?

—Un porrón de él.

Se cruzó de brazos.

—Los peces ya son bichos babosos de por sí —empecé, pero transigí al ver que Angus me fulminaba con la mirada y el bigote.

Él sabría distinguir entre baba normal y baba inusual.

Recordé lo que había dicho la señorita Potter acerca de los hongos que atacaban a los peces de los acuarios—.

Podría ser un hongo. Puedo preguntarle a la señorita Potter, si quieres.

O puedes preguntárselo tú mismo. Que yo sepa, es la única inglesa que se está pateando la zona mirando setas.

—Nos hemos saludado de lejos con la mano —dijo Angus—. Pero la he dejado en paz, y ella a mí.

—¡Con la mano! Para una inglesa, eso es prácticamente como un caluroso apretón de manos. A mí solo se dignó a hablarme porque estaba a punto de pinchar una seta con un palo.

—El Señor vela por los tontos. En tu caso, parece ser que también envía a una inglesa de vez en cuando.

—Pensaba que el Señor te había enviado a ti.

—Para vigilarte a ti hacen falta dos pares de ojos, renacuajo.

De repente, se me ocurrió una cosa.

—No te habrás comido el pescado, ¿verdad?

—Por las sandalias de Cristo, por supuesto que no. ¿Me tomas por idiota?

A veces me falta tacto, pero para saber que a eso no había que contestar sí que me daba.

—Eso jamás —dije, y me retiré a mis aposentos.

Angus se quedó refunfuñando sobre las liebres de bruja y los peces atados a cordeles. (Pensé en relatarle mi encuentro con la liebre, pero ¿qué podía decir? ¿Que me miró raro? ¿Que se movía de una forma bastante horrible?).

Hacía mucho frío en la habitación, por lo que estaba aún a medio desvestir cuando de pronto oí un suave crujido en el entablado. Alguien estaba pasando por delante de mi puerta. Esta vez salí de un salto de la cama, mandando el sigilo a paseo, y abrí la puerta de par en par.

¡Ahí estaba! Una silueta blanca justo a punto de desaparecer.

Cogí una vela, salí corriendo tras ella y alcancé la esquina donde la había perdido la noche anterior.

Entonces la vi, pálida como un fantasma en la penumbra.

No entró por ninguna de las puertas, sino que siguió avanzando con decisión hacia las escaleras.

Una silueta vestida de blanco, pensé. No era una criada, a menos que Roderick hubiera dado al servicio un uniforme que parecía más bien una mortaja. Aunque no portaba vela, avanzaba arrastrando los pies y, pese a sus pasos vacilantes, bastante rápido, como si la oscuridad no fuese un impedimento.

No me prestó ninguna atención al acercarme. Cuando al fin la alcancé, ya estaba bajando las escaleras, y pude distinguir sus rasgos más allá de aquella blancura fantasmal. Pelo blanco, tela blanca y vaporosa, piel tan pálida que era casi transparente…

—¿Madeline? —pregunté.

Llevaba un camisón de mangas cortas y abullonadas.

En aquel momento, me di cuenta de todo el peso que había perdido.

La prenda le colgaba de los hombros y, aunque habría sido bastante recatada si la llevara una mujer más grande, a ella le caía muy por debajo de las clavículas.

Las aberturas para los brazos parecían dos enormes boquetes por los que se le veían las costillas.

Recé por que fuera el efecto de las sombras lo que hacía que sobresalieran tanto de la piel.

Arrastró otro pie hacia delante. Las manos le colgaban inertes a los costados. Tenía los ojos abiertos y los movía de un lado a otro, aunque me era imposible distinguir si los estaba centrando en algo. ¿Sería sonámbula?

—Madeline… —Miré alrededor, esperando que nadie más pasara por allí y la viera tan ligera de ropa. Sobre todo Denton, o incluso Angus—. Madeline, ¿me oyes?

No contestó. La sabiduría popular dicta que nunca hay que despertar a un sonámbulo, pero no creo ese principio contemple el caso de una mujer deambulando a oscuras por una casa con suelos en mal estado, un ala en ruinas y balcones que daban directamente a una caída de nueve metros a un lago.

—Maddy, despierta, por favor.

Entonces me miró, pero no pude distinguir si me veía. Enseñó los dientes y de su boca salió un sonido que era mitad siseo, mitad pregunta.

—¿Quiéééén…?

—Soy Easton —dije, aunque no estaba claro si me hablaba a mí o si la pregunta formaba parte de su sueño.

Avanzó otro paso, y yo la agarré del brazo, pero estuve a punto de soltarla: tenía la piel a la misma temperatura del aire, y si no hubiera estado tan obviamente viva, habría creído que tocaba un cadáver. Supongo que por eso hablé con más dureza de la que pretendía.

—¡Madeline!

Tropezó. La sujeté para evitar que se cayese. Noté su piel demasiado floja al tacto. Santo cielo, ¿le dejaría moratones?

Me miré la mano con la que le aferraba el brazo y me llevé otra conmoción.