Lo que mueve a los muertos Chapter 5 #3
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Chapter 5 #3

Decidí no mencionar las liebres de bruja, por temor a que creyese que me estaba burlando de él.

Al fin, su hijo intervino.

—Por aquí, no tanto. Pero según vas subiendo hacia la casona, se vuelven más raras.

—¿Raras? —pregunté—. ¿En qué sentido?

—No corren —dijo el hijo—. Y si se mueven, van despacio. Una vez me acerqué a una hasta tenerla delante y, cuando por fin se movió, era como si no supiera usar las patas. Se cayó unas cuantas veces.

—Por lo que dices, estaría enferma —propuse. «Por favor, Dios, que no haya un brote de rabia aquí. Es lo que nos faltaba».

—No es rabia. Cuando tienen la rabia no se te quedan mirando.

—El granjero me apuntó con un dedo—. Y estas no te quitan ojo.

No es esa forma que tienen las liebres de mirarte y salir corriendo si te mueves.

Estas se te acercan y te observan. Mi señora vio una de esas por aquí.

Se acercó hasta la puerta de la lechería y se quedó ahí plantada, mirándola.

Supo que era una de las del lago por cómo se movía.

Me apoyé en los talones. Aquella súbita ráfaga verbal me había pillado de sopetón.

—Una vez seguí a una —añadió el hijo—. A veces conseguía andar bastante bien, pero de repente se tropezaba y se caía, y se ponía a patalear.

O se topaba con una zanja y tenía que pararse a pensar cómo pasar por encima.

A veces no saltaba, simplemente seguía andando hasta el otro lado. La seguí para ver adónde iba.

—¿Y a dónde iba? —pregunté.

—No sé —respondió el hijo—. Llegó al lago y se cayó dentro. No parecía saber cómo hacer para nadar. Se quedó ahí, tumbada en el fondo, y se ahogó en medio palmo de agua.

— oOo —

Eran unas ideas bastante rocambolescas, pero poco podía hacer al respecto. Si una enfermedad rara estaba aquejando a las liebres de la zona, eso era cosa de veterinarios, no de veteranos.

Estaba a medio camino de dormirme, casi a tres cuartos, cuando oí que crujía un tablón del suelo del pasillo.

Quizá ni me hubiera dado cuenta si un segundo tablón no hubiera crujido un instante más tarde, lo bastante cerca como para saber que quien hacía crujir los tablones, fuera quien fuera, se movía rematadamente lento.

Alguien recorría el pasillo a paso de tortuga. Me catapulté de nuevo a la vigilia y eché mano de mi pistola, que había dejado en la mesilla de noche.

Hay personas que duermen con un arma cargada bajo la almohada, y no tengo mucho que decir al respecto, salvo que no compartiría la cama con ellas.

A los diecinueve años, con unas cuantas batallas a mis espaldas y creyéndome una persona curtida y sofisticada, yo también dormía con la pistola bajo la almohada.

Aquello duró lo que tardó aquel chisme del demonio en dispararse solo, una noche, justo donde tenía la oreja.

Si hubiera estado durmiendo con la cabeza en la otra mitad de la almohada, seguramente ahora no estaría contando esta historia, pero pude escapar sin un rasguño.

La almohada estalló en una ventisca de plumas, y la bala se cargó la lámpara y se incrustó en la puerta del armario.

Tuve la presencia de ánimo justa para agarrar mi equipaje antes de que la propietaria, tras gritarme durante cinco minutos sin parar, me pusiera de patitas en la calle.

Una pena —para ella— que la explosión me hubiera dejado como una tapia, por lo que me perdí los matices de su diatriba, pero sus aspavientos no daban lugar a equívoco.

Es probable que mi tinnitus se remonte a ese episodio de mi vida, por lo cual no puedo culpar de él a nadie más que a mí.

Entreabrí la puerta y miré a ambos lados. No vi a nadie, aunque, por un instante, creí vislumbrar una forma blanca que desaparecía al doblar una esquina con paso vacilante.

Como ya he dicho, queridos lectores, tengo la sensibilidad psíquica de una piedra. No se me ocurrió que pudiera estar alucinando o viendo un fantasma. Alguien estaba recorriendo los pasillos por la noche y, quienquiera que fuera, era real y estaba vivo.

Dicho esto, he de reconocer que algo sí debía estar afectándome a los nervios.

Si no, ¿por qué había salido en pos de aquella figura con una pistola cargada en la mano?

Seguramente fuera un criado. Son los que están despiertos a todas horas, atizando fuegos y abrillantando los zapatos de todo el mundo.

Es verdad que hasta el momento solo había visto a uno, pero debía de haber más.

Entonces, ¿por qué di por sentado que se trataba de un intruso?

Me moví con todo el sigilo del que fui capaz, que no era mucho. Los tablones negros del suelo crujían y se combaban bajo mis pies. Para el caso, podía haber contratado a una fanfarria para que tocasen una marcha de acompañamiento. Cuando doblé la esquina, no había nadie.

El pasillo, flanqueado por puertas a ambos lados, terminaba en una escalera que llevaba a la planta inferior.

El intruso podía estar en cualquier parte.

Agucé el oído, tratando de percibir los crujidos del suelo, pero solo conseguí provocarme una ola de tinnitus que me envolvió por completo.

(Culpa mía. Al forzar el oído para escuchar, tenso la mandíbula y los músculos que no debo, y se me dispara todas las puñeteras veces.

Cosa que a estas alturas debería saber ya, pensaréis).

El pitido se disipó y así me quedé un rato, a oscuras, apuntando a la nada con la pistola, hasta que volví a la cama arrastrando los pies y sintiéndome idiota a más no poder.