Lo que mueve a los muertos Chapter 5 #2
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Chapter 5 #2

—Sin duda. Pero lo más probable es que le hiciera falta un microscopio para observarlos.

—¿Y no tendrá usted uno por ahí, señorita Potter? Entre sus pinturas, ¿tal vez?

La señorita Potter volvió a sonreír, aunque fue un gesto fugaz.

—Me temo que están por encima de mis posibilidades.

He de contentarme con una lupa. —Volvió a golpear el suelo con la sombrilla, como se haría con un bastón—.

Debe usted pensar que estoy un poco loca, obsesionándome así con el reino de los hongos, pero es un mundo fascinante.

Y vital. Las levaduras son los cimientos de nuestra civilización.

—No me parece que esté usted loca en absoluto —dije, lo cual era verdad—.

Disfruto mucho a través de las pasiones de los demás.

Uno de los ratos más agradables que he pasado en mi vida fue escuchando la disertación de un pastor entrado en años acerca de la inferioridad de otras razas de oveja, y esto que me cuenta tiene un atractivo mucho más amplio.

—Todo un halago.

Ocultó una risita tras una mano enguantada.

Ojalá me hubiera atrevido a imitar aquel discurso del «¡Gusanos y meaos en los dobleces del pellejo!

», pero no tenía intención de ahuyentar para siempre a la formidable señorita Potter.

En lugar de eso, dirigí la vista hacia el lago y vi una pálida figura blanca que emergía de una puertecita cerca de la orilla.

¿Madeline? Tenía que ser ella, a menos que alguna de las criadas vistiera de blanco.

La figura se acercó poco a poco hasta el agua y no se detuvo hasta llegar a la orilla. No podía distinguir si estaba tocando el lago o no. Sentí el impulso de subirme a Hob y salir al galope para impedirlo. En su estado, mojarse los pies no podía hacerle ningún bien.

Esa agua no podía hacerle ningún bien a nadie, fuera cual fuera su estado de salud. ¿Pero qué podía hacer yo?

«Anemia», había dicho Denton. El tratamiento para la anemia, hasta donde yo sabía, era un buen filete. De eso había muy poco en la casa Usher.

La catalepsia no sabía cómo solucionarla, pero la carne roja sí la podía conseguir. Lo difícil sería colarla en la despensa.

Me despedí de la señorita Potter, no sin antes elogiar su pintura. Ella rechazó el cumplido con aire experimentado.

—Soy una pintora del montón. Debería ver a mi sobrina Beatrix. Tiene el doble de talento y un verdadero ojo de artista. Y le interesa mucho la micología, lo cual es de agradecer.

Me monté en mi caballo y volví cabalgando a la casa en busca de Angus para poner mi plan en marcha.

— oOo —

—Les diremos que le has disparado tú —dije aquella tarde mientras nos acercábamos a la casa.

—¡Y un jamón! —protestó Angus—. Me llevaría un balazo por ti, igual que hice por tu padre, pero antes muerto que permitir que me dejes de mal tirador delante de un pijo.

—No es un pijo, es Roderick. Tuvimos cagalera todos juntos en la misma trinchera.

—Pero ahora es lord Usher, y me importa un cuerno cuánto cagamos juntos: esta no me la endiñas. —Mientras tomaba aire para replicar, Angus añadió—: Y encima el trato lo he cerrao yo, ¿no?

Suspiré. Se le empezaba a marcar el acento, y eso nunca era buena señal.

—Bueno, bueno. Pero entra conmigo y haz que suene convincente.

Era un plan ridículo, aunque simple. Entré en la sala y me encontré a Roderick solo, sentado al piano, toqueteando las teclas con aire desganado.

—Roderick —dije—. Tengo que confesarte una cosa.

Roderick alzó la vista. Las pálidas cejas se le unieron en una expresión interrogante.

—¿Confesar? ¿A qué te refieres?

—Bueno. Ya sabes que Angus y yo hemos salido a cazar esta tarde.

Roderick asintió.

—Sí, a por aves.

—Pues… —Hice un poco de tiempo; después respiré hondo y añadí—: Roderick, le he dado a una puñetera vaca.

Roderick se me quedó mirando sin expresión.

—Mira que le dije que eso ciervo no era —terció Angus, con un acento más cerrado de lo habitual—. Pero pa qué va a hacerme caso ka a mí. ¡A mí, que le enseñé a disparar en mi regazo!

—¡Era una de esas pequeñas y marrones que tienen por aquí! —dije con una irritación que no tuve que fingir. Angus se estaba quedando a gusto—. Son del mismo color que los ciervos, y no era muy grande, y tenía la cabeza gacha…

—¡Cómo iba a ser un ciervo con esa cadera que era to hueso! ¿Y no te he enseñao que no hay que disparar hasta tenerlo a tiro del todo? Si fueras recluta, buena leche te daría en el cogote. ¡Mejor eso que cargarte a un hombre!

—Lo que tú digas, pero no me he cargado a ningún hombre —dije con tono glacial. Me volví hacia Roderick—. He pagado al dueño de la vaca el doble de lo que valía, pero lamento muchísimo si esto te da problemas con tu gente. De verdad creía que era un ciervo.

Angus masculló algo que solo su bigote oyó. Los labios de Roderick habían empezado a temblar. También se le agitaban los hombros.

—A lo que iba —continué, fulminando a Angus con la mirada—: que en un día más o menos llegará una entrega del carnicero.

—¿Del carnicero? —dijo Roderick con una vocecita estrangulada.

Me encorvé. Angus intentó darme una colleja.

—¡Yo a ka le tengo enseñao que lo que se dispara se come! ¡No eres ningún señorito pa ir por ahí cazando animalicos por deporte, con perdón, lord Usher, y dejar al pobre bicho ahí tirao!

—Me hizo limpiarle las tripas a la vaca ahí mismo —dije a Roderick.

Aquello ya fue demasiado para mi viejo amigo, que dejó escapar una risotada y dio con la espalda contra el piano, agarrándose el pecho entre bocanadas de aire. Me crucé de brazos e intenté sin éxito reprimir una sonrisa.

—Angus… —dijo Roderick, cuando al fin paró de reír—. Angus, viejo granuja, no has cambiado ni un pelo. ¡Limpiarle las tripas a la vaca! —Y al repetirlo rompió a reír otra vez.

Con toda la dignidad que pude reunir, anuncié:

—Bueno. Voy a quitarme trozos de vaca de las botas. Y de los pantalones. Y de todas partes.

Salí con aire ofendido por la puerta, dejando a Roderick desplomado sobre el piano. Angus fue tras de mí, profiriendo comentarios poco elogiosos sobre mis técnicas de destripe, las cuales quiero que conste que son completamente adecuadas.

—Uf —dije cuando ya no podía oírnos—. Ha ido bien.

—Sí, le vendrá bien reírse un poco. Y a la señorita le sentará bien un buen filete de ternera. —El acento de Angus había vuelto a sus proporciones normales—. No ha sido un mal plan, renacuajo.

—Ha sido una tremenda estupidez —repliqué—, pero ha funcionado. No podía encargar que nos trajesen un bistec a la casa así, sin más.

—Qué pena que no pudieras conseguir una más joven —dijo Angus con cierta tristeza—. Esa ternera que nos han vendido va a estar dura como un zapato.

—Un zapato que masticaremos con el corazón contento.

—Ah, eso desde luego.

— oOo —

Tuve que soportar bastante pitorreo a la hora de la cena por parte de Roderick y Denton, cosa que toleré porque hacía reír a Madeline.

—Easton —dijo Roderick, señalando el pollo que había en la mesa—, esto que ves no es un ciervo. Considero importante que quede claro.

—Cristalino.

—Ni yo soy un ciervo tampoco.

—Claro que no. —Miré a Madeline con cara de sabelotodo—. Los ciervos son los que hacen mu.

Madeline soltó una risita. Seguía siendo una risa de papel, de inválida, pero era humor genuino, y en aquel momento aceptaría cualquier cosa.

Se retiró temprano, antes de que oscureciera apenas. Mi esperanza era que, cuando el carnicero nos mandase al fin la vaca sacrificial, Madeline comiera carne suficiente para recuperarse un poco. Yo también me retiré pronto, alegando agotamiento por el incidente con la vaca.

Sin embargo, dos horas después seguía sin conciliar el sueño. No dejaba de darle vueltas a algo que me había dicho el dueño de la res. Debería haber podido apartarlo de mi mente, pero se me había quedado pegado como una pestaña al borde del ojo, una molestia mínima y desesperante a la vez.

Fue cuando ya habíamos terminado de descuartizar al animal —pese a mis quejas, Angus me había ayudado con el destripe, pues las vacas son más grandes que los ciervos—, y los hijos menores del granjero estaban transportando las piezas a la carnicería.

A mi lado, el granjero y su hijo mayor, casi idéntico a su padre, los miraban trabajar.

—Muchacho —dijo el antiguo propietario de la vaca, y volvió a guardar silencio.

No me molesté en corregirle. Fastidia menos que te confundan con un hombre que con una mujer, por algún motivo.

Seguramente porque en el primer caso nadie intenta besarte la mano ni vetarte de la Real Sociedad Micológica.

Y conozco bien a tipos como él, que son la sal de la tierra y se desplazan en un marco temporal geológico similar. Aguardé.

—No te asusta el trabajo duro —añadió el granjero al fin, señalando con la cabeza los restos de la vaca.

Sonreí.

—Puede que me hospede en la mansión, pero de noble no tengo nada. Yo no puedo echarme en un diván a comer uvas peladas.

—Mm. —El granjero fijó en mí una mirada penetrante—. Tu hombre habla bien de ti. Angus.

Aunque era grato de oír, no creía que el granjero me hubiera llamado aparte para transmitirme los elogios de Angus. Esperé un poco más.

—Dice que hablasteis de cazar liebres.

—Lo pensé —admití—. Una vaca no fue lo primero que me vino a la mente, y le agradezco que estuviera dispuesto a vendernos una.

También agradecía que Angus hubiera localizado a aquel hombre, quien, según decía, no era aficionado al chismorreo y se aseguraría de que mi compra clandestina de ternera para la despensa de los Usher no llegase a oídos de Roderick.

El granjero le quitó importancia con la mano y volvió a callarse. Yo recorrí la campa con la mirada. Tenía un aspecto mucho más salubre que los terrenos que rodeaban la mansión. Oía el canto de los insectos en la hierba, y un pájaro revoloteó entre los arbustos de las lindes.

—Las liebres que hay por el lago no son muy listas.

Ladeé la cabeza.

—Angus me dijo que eso ha oído. Que se comportan de forma extraña.