Chapter 5
C onque allí estaba. Mi llegada, por el motivo que fuera, había pillado a Roderick por sorpresa.
Quizá no nos consideraba tan amigos como para acudir cuando me necesitara, o tal vez no creyese necesitarme.
Podía ser. Denton no sabía qué pensar de mí.
Madeline estaba… muriéndose, sí. Había mirado a demasiados soldados moribundos a la cara como para no darme cuenta.
Los hay que te sorprenden y salen adelante, pero hay cierta cualidad cerosa que adquiere la piel de una persona a la que no le queda mucho.
La piel de Madeline había empezado a adquirir esa textura.
Si al día siguiente al bajar al desayuno me hubieran dicho que había muerto durante la noche, no me habría sorprendido.
Habría sido triste, sí, pero no sorprendente.
Cuando algo me perturba, me gusta pasear.
Si me quedo en el sillón, me pueden la modorra y la estupidez, mientras que andar siempre me despierta algo en el cerebro.
Nunca me importó hacer guardia, ir de aquí para allá rifle en mano; así pensaba mejor.
Y, la verdad, también me perdía en ensoñaciones.
Sobre todo, fantaseaba con el fin de la guerra, con escenarios en los que toda mi gente salía viva e ilesa.
Solo cuando nos acorralaban y no podíamos salir a andar era cuando empezaba a costarme mantener esos sueños con vida.
No tenía particular interés en pasearme por los pasillos de la mansión de los Usher. El raído papel pintado, las motas de moho… Los ojos febriles de Madeline, sus ralos mechones blancos… No quería toparme con nada de eso. Así que me levanté bien temprano, ensillé a Hob y salí a cabalgar.
Hob me saludó con más entusiasmo del habitual. Quizá el caballo de Denton, en la casilla de al lado, fuera un pésimo conversador, o tal vez se debiera a lo tenebroso del establo. Aunque estaba limpio y más o menos seco, se respiraba la misma atmósfera lúgubre que en el resto de la mansión.
El aire de las landas era fresco y húmedo.
En circunstancias normales, tal vez me habría agobiado tanto silencio, pero, comparado con lo que había dejado atrás, aquel lugar me parecía libre y extenso.
Unos bancos de niebla se aferraban a la superficie del lago oscuro y se acumulaban en las hondonadas del suelo, pero Hob los atravesaba al galope como si hiciese jirones una pesadilla.
Por desgracia, mis pensamientos no eran tan fáciles de rasgar.
Los Usher no estaban bien, hasta el más torpe se daría cuenta.
Estaba claro que la casa era un sitio terrible para una enferma.
Las miasmas, como diría mi bisabuela. Por supuesto, era 1890 y ya nadie creía en esas cosas.
Ahora todo era gérmenes, gracias al doctor Koch.
Pero los gérmenes podían persistir en algunos sitios, ¿no?
¿Había suficiente desinfectante en el mundo para limpiar la casa Usher?
Y bien: ¿qué iba a hacer al respecto?
No podía secuestrar a los Usher y arrastrarlos de vuelta a París a punta de pistola.
Madeline no sobreviviría al viaje. Roderick seguramente sí, y le haría bien, pero Denton se opondría sin ninguna duda.
Y no se puede amenazar a alguien con dispararle para salvarle la vida.
Si lo intentase, el sarcasmo de Angus sería monumental.
Prender fuego a la casa Usher, aunque tentador, presentaba problemas prácticos similares. Hice una mueca. Hob, al notarme cambiar de postura, aminoró el paso y volvió una oreja inquisitiva hacia atrás.
—Lo siento, chico —dije—. Hoy no te estoy haciendo muy buena compañía.
Hob movió las orejas en el equivalente equino a encogerse de hombros.
Hay muchas cosas en este mundo que un caballo no entiende, pero he descubierto que hay algunos humanos a los que entienden tan bien que da miedo.
Las mulas sí entienden el mundo mucho mejor, mientras que, a los humanos, no tanto.
Aunque lo más seguro es que les dé igual lo que pensamos.
Daría por buena cualquiera de las dos teorías, la verdad.
Trotamos por el campo, sorteando las zonas donde crecían las escarlatas malolientes. Las setas iban disminuyendo a medida que dejábamos el lago atrás y volvieron a proliferar cuando conduje a Hob de vuelta a la mansión.
Allí donde hay setas, a veces también se encuentran formidables damas inglesas. Primero vi la sombrilla; después, a la señorita Potter sentada a su sombra. Con un cuaderno de bocetos en el regazo, miraba detenidamente un bulto marrón.
Me bajé del lomo de Hob y enrollé las riendas en la silla.
—Quédate aquí —dije.
Hob me hizo saber con la mirada que eso había sido innecesario, pues no existía ningún lugar en aquel yermo desolado al que tuviera especial interés en ir.
La señorita Potter daba toquecitos en el cuaderno con el pincel, que mojaba en una pequeña lata de pigmentos. Las páginas del cuaderno estaban onduladas por el efecto de las capas de acuarela.
—A menos que sea urgente, oficial, deme un momento y estaré con usted —dijo en voz alta—. La pintura está húmeda y no quiero que se seque antes de terminar este estudio.
—Por favor, no hay prisa —contesté—. Nada es tan urgente como para interrumpirla mientras pinta.
Respondió con un distraído gesto de cabeza y volvió a enfrascarse en las acuarelas.
Con su permiso temporal para retirarme, me dirigí sin prisa hacia el lago. El agua seguía igual de oscura y no del todo espejada. Había partes que parecían mates, como si el lago en sí se estuviera descomponiendo también. La casa se agazapaba al otro lado.
Cogí una piedrecita y la lancé a una de las zonas mates. La piedra golpeó el agua y se hundió, y las ondas se detuvieron casi de inmediato.
Intenté hacer rebotar piedras en la superficie. La primera dio varios saltos y creó las ondas debidas, pero la segunda cayó sobre lo que parecía ser algo gelatinoso y desapareció en el agua.
—Matas de algas, creo —dijo la señorita Potter, que se había acercado hasta mí—. El lago está lleno de ellas. ¿Cómo está usted, oficial Easton?
—Teniente Easton, por favor —repliqué—. O Easton a secas, si lo prefiere.
—Teniente.
La señorita Potter inclinó la cabeza, y yo sonreí. La mayoría de las inglesas que conocía tendrían que pasar tres días acorraladas por el fuego enemigo antes de acceder a llamarme «Easton» a secas e, incluso entonces, volverían a usar el título en cuanto hubiera alguien más presente.
El lago se extendía a nuestros pies. Estaba muy quieto.
Lo habitual es que haya pequeñas ondas en una masa de agua de semejante tamaño, pero lo liso de aquel lago me perturbaba.
Incluso soplaba algo de brisa, que debería levantar un poco de oleaje sí o sí.
Me agitaba el pelo y hacía bailar los lazos del sombrero de la señorita Potter.
—¿Hay setas debajo del agua? —pregunté de pronto.
Me arrepentí de pronunciar aquellas palabras en cuanto salieron de mi boca. Era el tipo de pregunta que haría un niño. Pero la señorita Potter no la trató como tal.
—Es una pregunta compleja. La respuesta más simple es que probablemente no sepamos de ninguna.
—¿Probablemente?
Volví la vista hacia ella. Fruncía un poco el ceño.
—Probablemente. A las redes de micelio de los hongos no parece gustarles estar sumergidas del todo. Varias personas han conseguido cultivar setas en troncos sumergidos en acuarios, pero ahí se debería suponer que el hongo ya estaba presente en la madera antes de que la metieran en el agua. Aparte…
Su ceño mudó en un gesto que, en otra mujer, habría sido un labio curvado con desprecio.
—¿Aparte?
—Hay un… americano —dijo, pronunciando la palabra con aversión— que afirma haber visto setas de láminas en un río de su lejano oeste. Pero ningún observador reputado ha corroborado su afirmación.
Ha de ser un tormento que la veten a una de una organización solo por carecer de los genitales adecuados, cuando luego van y dejan que un americano de nula reputación se les una y se dedique a escribir sobre setas que crecen debajo del agua.
He conocido inglesas con opiniones similares acerca del ejército.
Una acabó mudándose a Galacia y haciéndose soldado de jura, bien por ka.
—¿Hay algún motivo por el que las setas no puedan crecer bajo el agua? ¿Aparte del micelio?
—Las esporas flotan —dijo la señorita Potter, sucinta—. Es muy posible que terminasen posándose en las orillas del lago, pero no podrían hundirse y crecer en el lecho. Sería como plantar un cocotero en el fondo del mar.
—Ah.
Dio un golpecito con la sombrilla en los cantos rodados de la orilla.
—De todas formas, las setas no son los únicos hongos que hay. Existen muchos, muchísimos tipos de hongos en el mundo. Vivimos envueltos en una nube de esporas, respirándolas dondequiera que vamos. Habitan el aire, el agua, la tierra e incluso nuestros propios cuerpos.
Sentí un mareo repentino. Debió notárseme en la cara, pues la señorita Potter esbozó una sonrisa poco habitual en ella.
—No sea tan impresionable, teniente. Para que haya cerveza y vino necesitamos levadura, y para el pan, también.
—Razón no le falta. Entonces, ¿hay hongos en el agua?
—Y tanto que los hay. Muchísimos. La mayoría los reconocemos al convertirse en parásitos de otro ser vivo, como los peces, por ejemplo.
Hay muchos hongos que son el tormento de los aficionados a los acuarios.
Les provocan tumores a los peces. No es mi campo, pero conozco tres o cuatro.
En la mayoría de los casos, les causan unas rugosidades en la piel, aunque también he visto hongos que les crecen en las aletas como si fueran bolas de algodón, y otros que les salen en la boca o los pulmones.
—Qué angustiante.
—Supongo que para los peces ha de serlo, desde luego. Aunque no sé si tienen la inteligencia necesaria para angustiarse. Quizá simplemente crean que el hongo es una parte de su cuerpo y les han crecido las aletas.
Sacudí la cabeza.
—¿Y hay hongos aquí, en el lago?