Chapter 4 #2
Sonrió, aunque me dio la impresión de que, más que dirigirse a mí, su sonrisa me atravesaba y se posaba en algo mucho más lejano.
—Helado de limón. Lo recuerdo. Nos tomamos uno la última vez que te vi, antes de que jurases como ka.
La verdad es que no recordaba lo que habíamos comido aquel día, pero le dije que sí de todas formas.
—Tomaremos más.
—Ay, Easton. —Madeline me dio una palmadita en el brazo. Sentí su mano fría aun a través de la manga—. Qué gentil eres conmigo. Pero mi sitio está aquí. Estaría perdida si no pudiera bajar al lago a confesar mis pecados.
—¿Qué pecados podrías haber cometido tú? —pregunté, tratando de usar un tono alegre, sin mucho éxito—. Siempre has sido de moral intachable. Si ni siquiera me ayudaste a empujar a tu primo al río.
—¿Tú crees? —Volvió dirigir una mirada perdida hacia mí—. Quizás solo peque en sueños. —Esbozó otra sonrisa, que se transformó en un bostezo—. Perdóname, Easton. Estoy cansada. Debería ir a echarme un rato.
—Déjame acompañarte hasta tu puerta —dije, ofreciéndole mi brazo—. Tendrás que decirme dónde está en este laberinto de casa, pero te llevaré hasta allí.
Madeline se apoyó en mí. No pesaba nada. La acompañé hasta su habitación y, cuando cruzó la puerta, pareció flotar, como si la tierra ya no pudiera retenerla del todo.
— oOo —
Cuando al fin regresé a mis habitaciones, después de abrir tres puertas que parecían ser la buena pero no, me llevé una agradable sorpresa. Mi ordenanza, Angus, ya había llegado.
—¡Angus! —Lo agarré del antebrazo—. ¡Pero si ya estás aquí!
—Sí —dijo, taladrándome con la mirada—. Después de un viaje corto con caballos descansados por caminos desiertos en condiciones aceptables. Toda una prueba de aguante. Señor.
Sonreí, tenaz. Angus sirvió a mi padre antes que a mí, y ya entonces iba bien sobrado de ingenio, que no de años.
Cuando juré tras la muerte de mi padre en combate, Angus me echó un vistazo —allí estaba yo: verde a más no poder, con catorce años, los pechos vendados y la cabeza recién rapada— y al instante decidió encargarse de mí.
«Puede que el Señor vele por los tontos —dijo—, pero otro par de ojos nunca está de más».
Cuando vendí mi comisión, Angus vino conmigo. Para entonces ya se le habían encanecido por completo la barba y los bigotes, y era capaz de predecir el tiempo con total precisión a partir de sus diversos dolores y achaques, pero apostaría por él contra cualquier soldado más joven, incluyéndome a mí.
Hablaba con un marcado acento escocés cuando le daba por ahí, del que podía deshacerse al instante para hablar un galaciano totalmente neutro, y ni siquiera yo sabía cuál era su tierra natal.
Fuera cual fuera, nunca expresó ningún deseo de volver.
Se lo propuse una vez y le ofendió tanto que no lo volví a hacer.
—¿Debería sentirme insultado por la habitación que te han dado o están haciendo lo que pueden? —preguntó.
Recorrí la habitación con la mirada. De día no tenía mucha mejor pinta que a la luz de las velas.
El papel pintado seguía intacto en su mayor parte, y la chimenea funcionaba, pero una humedad insidiosa llenaba el aire.
La enorme cama con dosel se hundía en el medio y las cortinas estaban tan deshilachadas que parecían de gasa.
La puerta que daba a la habitación de Angus se atascaba de tan hinchada que estaba.
—Creo que hacen lo que pueden —respondí—. Y no te pases con el fuego, si no te importa. Creo que no pueden permitirse la leña.
—Conque así están las cosas, ¿eh? —Angus asintió con la cabeza. Me ayudó a quitarme la chaqueta y frunció el ceño a la habitación en general—. Qué casa tan mustia. No me gusta.
—Ya somos dos —dije con voz cansada—. Sabes que no soy muy de supersticiones, Angus, pero juro que aquí hay algo malvado.
—Bueno, pues yo sí lo soy —replicó Angus—, y sé que lo hay. Me escama. Los demonios bailan en los páramos por lares como este.
—Aquí no hay páramos. Hay una especie de landas y un lago de montaña, y una inglesa loca que pinta setas.
Angus enarcó una ceja. Le describí a la formidable Eugenia Potter.
—¡Ah, una de las intrépidas damas de Inglaterra! —dijo, avivando el fuego y dando la vuelta a los ladrillos para calentarlos—. De las que escalan montañas y preparan té en la cumbre si hace falta. Nos habría ido de narices en la guerra si en vez de tropas nos hubieran mandado unas cuantas de esas.
—O sea, que no es un demonio de los páramos.
—Bueno, no la he visto en persona. Tal vez lo sea. —Angus se sorbió la nariz—. Conque setas, ¿eh?
—Sí, y asquerosas, además. Pinchó una con un palo para que la oliera. El olor era una mezcla entre tumba abierta y leche agria. ¡Y dijo que ni siquiera estaba madura del todo!
—Dicen que las setas brotan por donde pisa el diablo —dijo Angus con tono hosco—. Y por donde bailan las hadas.
—¿Crees que las confundirán alguna vez? ¿Que a veces el diablo se planta en medio de un baile de hadas, o se ve asaltado por una turba de doncellas élficas?
Angus me miró fijamente por debajo de sus cejas.
—Con las hadas no se bromea. Señor.
—Bueno, vale. Mientras pueda seguir bromeando sobre el diablo.
Angus gruñó, que era su forma de decir que, aunque no le parecía bien, tampoco le importaba lo bastante para impedírmelo.
—A los lugareños no les gusta la casa —dijo.
Aunque había pasado por el pueblo de camino a la mansión, no me había parado a pensar en él.
No parecía un mal pueblo. Ni bueno. Era un pueblo.
Era como cualquier otro pueblecito de Ruravia, lo que significa que también era como cualquier pueblecito de Galacia, aunque aquí en los postigos tallan flores y nosotros, nabos.
(Ese «nosotros» es en general. Yo no he tallado un nabo en mi vida).
—¿No les gusta la casa? ¿O los Usher?
—La casa. De hecho, diría que sienten lástima por la camada actual.
El tío abuelo de sir Roderick, o el pariente del que heredara esta escombrera, vendió los terrenos a los del pueblo antes de que llegasen los acreedores a por ellos, así que lo recuerdan con cariño.
«Nuestro Usher», lo llaman. Y a sir Roderick, «el joven Usher».
—¿Y a Madeline?
Angus posó en mí una mirada opaca.
—«Esa pobre chica de los Usher».
Suspiré. Angus arqueó una ceja.
—No tiene buen aspecto —dije, respondiendo a su invitación velada—. Ahora entiendo que Roderick creyese que se está muriendo. Y creo que tal vez sea así.
Angus es un alma compasiva, sobre todo con las mujeres.
—Pobre moza —dijo, y se notaba que lo sentía de verdad—. Este no es lugar para una dama delicada. Esto está embrujado, te lo digo yo, con páramo o sin él.
—¿Eso te han dicho los del pueblo?
—Ríete, pero sí. Les pregunté por la caza de por aquí, y me dijeron que no lo hiciera, que el campo está lleno de liebres de bruja.
—¿Liebres de bruja?
—Sí. Familiares de demonios. Si le disparas a una, al día siguiente aparece una bruja con una bala en el corazón.
—Ya es mala suerte. ¿Y están apareciendo muchas viejecitas con verrugas en la cara y heridas de bala por aquí? Me da que eso es asunto de la gendarmería.
—Bah. No me creas si no quieres. Pero dicen que las liebres están haciendo cosas raras. Se les ha olvidado correr. El tabernero me contó que una vez se acercó a una hasta tenerla delante, y la liebre se lo quedó mirando como si nunca hubiera visto un hombre humano en su vida.
—Digo yo que las brujas sí habrán visto alguno que otro, así que no sé si eso respalda tu teoría.
Angus se enderezó en un alarde de estatura, que era poca, y dignidad, que era considerable.
—No soy quién para hablar sobre las costumbres de las brujas. Pero no pienso cazar liebres aquí, eso ya te lo digo. Ni ciervos.
Arqueé una ceja. Con lo aficionado que es Angus a comerse todas las criaturas que pueblan la viña del Señor, me pareció todo un sacrificio.
—¿Y cómo piensas entretenerte, entonces?
Angus, aún con dignidad inquebrantable, respondió:
—Voy a pescar.